De aquí acullá / El dicho de más

En este país, una multitud de gente más o menos acomodada, funcionarios en su mayoría, se conoce que viaja de continuo y, más concretamente hablando, en cuanto puede y surge la ocasión que, por lo visto, suele ser un sí es no es bastante a menudo, verbigracia: a destinos tan opuestos, remotos y variados como, por ejemplo: Nueva York, Florencia, París, Londres, Tokio, Japón, Malta, Turquía, Grecia, Méjico, Cuba, al tiempo que muchos matrimonios sin hijos comoquiera tienen costumbre de marchar, quizá en busca de emociones fuertes, hacia el mismísimo Caribe, mismamente allí en donde las playas parecen de ensueño o, en su defecto, de postal… Con la cantidad de rincones bonitos que tenemos en España… ¡Qué ganas de montar en avión y sentirse, entre carreras, taxis y maletas, alguien importante!

Los que no somos gregarios, postulando el gran consejo de Séneca, bien al contrario huimos presto de las muchedumbres, los barullos y las concurrencias, ora enfebrecidas, ora furibundos, ora encolerizadas, por cuanto son en todas partes una prueba irrefutable que aprueba siempre lo peor.

 

II

 

(Antes de nada quisiera señalar el curioso devenir de una chorrada que, aparte de ser verdad, a la postre peca de sincera; bien es verdad que a nadie pudiera importarle la susodicha, pero, aun así, pelillos a la mar, a saber: este artículo en concreto, cuando menos lleva tres o cuatro años dando auténticos palos de ciego, es decir, yendo de aquí acullá, y, al final, tras haber mareado lo suyo, enhorabuena fue depositado mismamente aquí; ya me siento mejor, qué alivio).

Según parece, no es menester viajar de aquí acullá, si bien para reparar in situ y todavía comprobar a la perfección, que el colosal mundo todo, de un tiempo a esta parte, es cosa grande que anduvo, anda y andará, lo que se dice generalmente poblado por la misma estirpe de siempre, por la inconsciente tropa de toda la vida, por la misma Civilización de marras que, para más señas, tan sólo hace méritos cuando se trata de enarbolar su más preciada bandera, tan pronto intrínseca e inherente, como característica y consustancial, a saber: la descomunal bandera del instinto, ora desbocado, ora irrefrenable, siempre a modo de actitud cabalmente impartida a todo trapo. ¡Menuda misión le fue encomendada!

Yo creo que Dios, en una jugarreta sin par, enhorabuena creó a los filósofos para que la susodicha se avergonzara de su muy instintiva actitud, y éstos, a su vez, ad hoc quedaran avergonzados de una vez para siempre, tanto monta…, ¡el muy Jodío –con perdón! Y, con respecto a los animales salvajes, vamos, ni te cuento la sorpresa que el Particular les tenía preparada en ciernes: fuera la mirada –el punto de mira– que mata a distancia –las malas lenguas del lugar dicen que, de vez en cuando, el tiro les sale por la culata, pero, yo, en mi fuero interno, no obstante creo que ese percance no se da con mucha frecuencia que digamos, o, al menos, con la frecuencia ideal o necesaria para que la Ley de la Compensación, en lo sucesivo quedara justamente estabilizada, siempre a modo de balanza, tan herrumbrosa cuan pretérita–.

 

”Retazos de alma en pena”, artículo nº. 66.

”Retazos de alma en pena”, artículo nº. 57.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

esplinmartinez

esplinmartinez

Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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