El augur fenoménico

La tísica, tarada y punto menos que desquiciada actitud humana, no obstante su gran interés y enorme magnificencia a todas luces metafísica, en mi opinión, no viene a ser más cosa que un agente de orden universal que, tras haber sido cuñado, registrado y bautizado al uso del lustroso y fondón diccionario científico, automáticamente queda inscrito y circunscrito en el sacrosanto orden del día y, en consecuencia, pasa a llamarse tal que así: voluntad de la especie o voluntad de vivir, si bien no atañe, cabe en modo alguno, la ridícula y segundona voluntad de poder cabalmente excogitada por maese Nietzsche (esta definición es totalmente superficial, secundaria, periférica, en fin, circunstancial); llegando a ser algo así como el reflejo de la Potencia que efectivamente mueve y dirige los hilos que a su vez sostienen el instintivo e inconsciente zangolotear de la existencia misma y, por extensión, la exigua vida de cualquier ser vivo, lo mismo racional que irracional o vegetativo. Mas cuando la famosa y empírica voluntad del señor Schopenhauer, es rigurosamente mirada con precisa intensidad y bajo el apremio de un meticuloso detenimiento, fuera echando mano de un microscopio de luengo alcance, enhorabuena son descubiertas al trasluz, muchas más peculiaridades de las que en un principio fueron a pensarse, colegirse o preconizarse a priori, tales, como, por ejemplo: que posee de nacimiento una considerable cantidad de defectos múltiples e intrínsecos, casi todos inherentes a su fantasmagórica mismidad de todo género; al tiempo que nos depara un enorme cúmulo de rasgos harto fundamentales, casi todos de orden vulgar, porte ordinario y dote francamente decrépita que, para colmar de pegas el colmo de lo (estáticamente) tullido, encima la definen toda de cuerpo entero, siempre en calidad de lustrosa querindonga al uso de un mundo idealmente sometido por mor de una ecuánime pulsión que comoquiera maneja todos y cada uno de los destinos inconscientemente depositados a discreción del futurible y eviterno presente de marras: vidas, materias y fases climatológicas incluidas: he aquí, pues, la secunda y sucinta vivisección de la metafísica voluntad que en depósito posee el engreído y muy onírico ser humano, ya sea la titánica pulsión del amor, ya sea la prolífica empero violenta semilla de la vida que a la sazón pretende incluso averiguar, en tanto en cuanto sea una voluntad rayana en trapisondista, el insondable misterio que exprofeso yace escondido entre el arcano interior de nuestro más irreductible cerebro, y la tanto más que aparente realidad, ahora bien: ¡Pero vamos a ver!, se dijeron una insigne pareja de ciegos: ¿Están ustedes, cual filósofos de pura cepa, completamente seguros de lo que están intentando hacer, decir y demostrar? ¿La inteligencia habla de hoy para mañana o qué carajo pasa aquí? ¿Acaso son los locos quienes se dirigen a los imbéciles, y los imbéciles a los tontos, y los tontos a los sordos, y los sordos al Mismísimo que, para más señas y según cuenta la leyenda, en efecto viene a ser alguien, quizá la misma voluntad, quizá la misma cosa en sí, que comoquiera hace ademán de oírlo todo, mas nunca se ha dignado decirnos nada, sea lo que fuere?

Dejémoslo aquí, pues, porque será peor menearlo (Cervantes).

En cuanto las fantasías religiosas propias de los niños tristones pasen a ser conceptos rigurosamente tomados en serio por los adultos (?), lo mismo hogaño que antaño, desde luego iremos mal encaminados (en caso de que no sea justamente eso lo que se pretende desde hace ya muchos siglos), cuando no, de mal en peor: a la vista está, así que no me extrañaría nada que los iluminados más refulgentes del mundo ideal, cabalmente divididos en sendos grupos señeros, a saber: ortodoxos y heterodoxos, en calidad de creyentes, vengan formando, al unísono con sus distintivas quimeras, en las tumultuosas filas de la gran estulticia gubernamental que muy a grosso modo nos castiga, nos margina y nos embrutece el inconmensurable deseo de libertad, verse a todos los efectos, horros ya de todo pensamiento impuro que al socaire de las peores patologías existentes, efectivamente se barrunte imaginativo a más no poder, así como incierto en gran medida y, tal la verdad, erróneo, a lo sumo embaucador y, por ende, alienante al máximo: “La devoción consiente muchas cosas que el buen juicio condenara de inmediato” (Quevedo). Por lo tanto, mucho antes de buscar el gran enigma del mundo, más bien habría que localizar la seriedad, la rigurosidad, la certeza, la equidad y la fiabilidad del muy ninguneado pensamiento humano que, a juzgar por la megalómana religiosidad de la gran mayoría de genios, solamente se ha dejado ver luego en cinco o seis ocasiones no más: los demás pensadores en lid, habida cuenta de homilías en liza, al trasunto no fueron más que preceptivos ayudantes de cámara, edecanes al uso, adláteres de la mística palaciega, y muchos de ellos, incluso asemejan ser auténticos bufones del rey que, a la limón, se pasaron la vida entera haciendo y diciendo sandeces antes bien preconizadas ad hoc, siempre a merced de la presbicia, y váyase por delante un colorido botón de muestra, en virtud del cual, el señor Galileo, nos quiso dar a entender que la naturaleza deviene escrita en caracteres de orden matemático, ¡toma ya!, ¡pues si que estamos buenos!; sí, y la novela del viento en caracteres meteorológicos… ¡Nos ha jodido mayo con los científicos de la técnica y el invento y la retorta y el crisol ahíto de mejunje y pócima! ¡Aquí, por lo visto, todo quisque se dedica a bautizar términos en ciernes, cual si fuese un científico de talle matemático, y con eso queda ya demostrada la mostrenca existencia de todo cuanto nos rodea, aun siendo una realidad a todas luces misteriosa e insondable, sibilina por definición, por mucho silogismo que el vecero y sesudo y testarudo ser humano quiera otorgarle en calidad de concienzudo maestro de escuela! ¡Todos inventando peliagudas palabras que más tarde adjudicar a las cosas y punto en boca!, al igual que ocurre en las matemáticas o en el campo de la ortografía, esto es: Lección 1: Todos los verbos acabados en vocal que contengan la letra jota (j), intercalada entre cualesquiera que sean sus sílabas, por lo pronto son verbos joteros, es decir, maños, oriundos de Zaragoza. Lección 2: La sinonimia y la antonimia, la monosemia y la polisemia, la homofonía y la homografía, aunque lo parezca, no son hermanas, ni tampoco primas hermanas, sino vecinas del mismo patio que ninguna ha fregado esta semana… ¡Cuándo podremos ver otro pensador, otro científico, otro genio, otro filósofo no utilitarista, no material, no positivista, no burgués, no religioso, gran descubridor de la verdad, gran inventor de la belleza, gran propugnador de la sinceridad, gran traedor de la luz que, habida cuenta de magos en liza, no sea maese Schopenhauer, pese a que también, al igual que esotro aquél, sometió el mundo de la representación al principio de razón manifiesta: fuera vano volver a caer en las garras del mayor y más craso error humano que, a modo de garlito, atrapa cualesquiera clases de especulación cognoscitiva!

Mientras la pudibunda República de las Letras siga tajo parejo consintiendo, permitiendo y, sobre todo, haciendo la vista gorda ante el matrimonial contubernio de los muy antagonistas conceptos: Religión, Ciencia y Filosofía, léase Dios, Técnica y Pensamiento: ni que decir tiene la profusa y permanente vigencia de manicomios cabalmente levantados ad hoc, erigidos ex profeso y construidos al efecto.

La voluntad humana, volviendo a retomar el metafísico hilo de la madeja tan pronto empírica como filosófica, también posee por fortuna numerosas virtudes en liza, de otro lado, sobradamente conocidas por cualquiera que así se precie, mas en comparación con las malas pulsiones que tajo parejo le son propias e inherentes y aun consubstanciales, en resultas no son nada, a lo sumo poca cosa, menos aún, cosa baladí que a la poste brilla siempre a desdoro. Pues de lo contrario, el mundo sí sería el país de Jauja, lo cual, a decir verdad, comoquiera viene quedando un sí es no es poco bastante lejos de la rudimentaria realidad que todo quisque conoce y todo quisque oculta entre luctuosas bambalinas de tercer orden; por lo tanto, nuestro pesimismo, al igual que el preclaro boato de Schopenhauer, más bien asemeja ser un optimismo renovado, redomado, esclarecido que diría Franco Volpi (q.e.p.d.), quien dijo renovado y redomado, asimismo dice, cabe en iguales méritos y parejas cantidades, escamado, escaldado y aun pasado por ingentes cantidades de lejía marca Conejo; con mayor razón todavía, por cuanto el providencial optimismo del que suele hablar el indígena pueblo llano, o sea la plebe de los sentidos que ya mencionara Platón con verdadera maestría, no obstante su existencial punto de vista, en efecto se encuentra más cerca de la ilusión, la fantasía y la divinidad, que próximo a la verdad de la cruda y acerba realidad empírica, cuyo pariente más cercano, ya fue adoptado otrora por el prolífico magín del mismísimo Julio Verne o, en su defecto, por el señor Stephen King, puesto que la extraordinaria y onírica dote de maese Lutero, al fin y al cabo es a saber: harina de muy otro costal, un costal que, para más señas, no obstante se halla, a todos los efectos, allende la imaginación, aquende la madurez cognoscitiva, es decir, y permítaseme explicar aquí los conceptos allende y aquende: que se ha pasado tres pueblos en cuanto a imaginación se refiere, y, en segundo término, que aún no ha llegado a la madurez intelectual cabalmente requerida de ordinario.

—¿No me diga que usted es un acérrimo lector de King?; mire, casi prefiero que no me conteste, mejor será, será lo mejor, puesto que me temo la peor de las respuestas y, en consecuencia, terminaremos liándola, pero que muy bien liada, tanto como una lacería de perros, ora verriondos, ora desatados, incluso armando la de San Quintín.

Entonces, mejor me callo y cierro la boca y practico el chitón.

—Será lo más prudente, ¿verdad que sí, Padre Anastasio?

—¿Qué tal vamos de fe, Martínez?

—Mejor le invito a comer, Padre Prudencio, hoy tengo arroz caldoso, con verduras y pechuga troceada, me sale de rechupete, incluso divino y váyase en su honor.

—Sin duda eres, estimado Rodríguez, el bribón más decente de todos con los que fue a topar la Iglesia, siempre junto a la imponente voluntad de la raza, ahí es nada lo dicho, sea en nombre de Dios… Y yo me pregunto: ¿Por qué no te casas, Martínez?, la verdad es que me encantaría casarte en mi recoleta iglesia, cualquier mujer del mundo, a buen seguro te haría feliz, todos sabemos lo que hay y, sobre todo, las virtudes que a despecho dejaron de haber, pero así y todo, tu sobriedad, tu genialidad y tu pétrea voluntad, en franquía sacarían muchísimo partido sumamente provechoso, fuera partiendo siempre desde la cruenta base del tormento, desde el sufrido plinto de la anuencia, desde el resignado altar del sacrificio y desde el globalizante púlpito del espíritu a todas luces divino, en tu caso, Martínez, diríase metafísico…

Trabemos plática interesante mientras paseamos a través del hermoso terruño patrio que por desgracia nos vio nacer; y, por lo demás, tenga muy en cuenta, Señor Padre, y váyase la bonhomía por delante, que no suelo hablar con nadie, ni aquí, ni tampoco en ningún otro villorrio de mala muerte, ya sabe usted que la asepsia me guía.

—¿Acaso tienes con quién hacerlo, Martínez, que no sea yo mismo?

—Yo seré un bribón, pero usted, desde luego es un presbítero, y perdóneme la expresión, tocapelotas, un tocapelotas de primera división, federado y todo.

—No desprecies al único amigo que tienes en cuerpo y alma.

—Reafirmo y aun apostillo lo dicho: tocapelotas, infla-leches y además cizaña, incluso un cínife de ochenta kilos que no hace sino aguijonear la respetable voluntad ajena, ¿no será usted una súcuba mujer al uso, después de tanto trocar la voluntad del personal?, peor aún: ¡ni que usted fuese a cumplir con la súcuba misión femenina! ¡También son ganas de incordiar y de alterar la paz de las personas de bien!

Déjate de disparates metafísicos y dime: ¿Desde cuándo somos amigos tú y yo, Martínez?

Desde que tenemos el mismo padre y quédese con la copla, Hermano Anastasio, ¡hala!, ¡ésa váyase de regalo!, ¡donde las dan, las toman!

¡Por Dios!, Martínez, ¡qué bestia eres y qué boca más salvaje tienes!, ¡no blasfemes de esa manera que no son golfas todas las mujeres, no te confundas ni generalices ni pidas peras al olmo!, ¡menudo otomano estás hecho!, presto debiera confesarte.

(No me refería a la mujer, sino a Dios, el único dios que existe, o séase Amor, don Amor, el dios del Amor: Dios es amor, la Religión es Amor, incluso la raza entera es Amor, la pobre infeliz e ilusa que comoquiera hace su vida una palmaria mentira altamente perjudicial tanto para el Planeta como para todas las especies que lo habitan: la madre de la gran bestia llamada Hombre. La raza humano no es una bendición, sino la condena de todos los animales habidos y por haber. Además, no tengo ganas de discutir con un hombre disfrazado de cura: ¿acaso hay una especie más retrograda y enfermiza?).

Eso, en todo caso será después de comer, con el café y un par de copitas con hielo; espero que venga más leído que la última vez que anduvimos discutiendo sobre filosofía, y, en cuanto a Pascal se refiere, hoy sí que traigo la mano caliente, bien caliente, incluso calentita, dijérase cargada de bote en bote, cual si fuese una acémila filosófica, totalmente lista para repartir hostias a discreción, tan pronto a Quevedo como a San Agustín o Santo Tomás de Aquino, hasta el mismísimo Malebranche se va a enterar de lo que vale un peine de cuatro púas reiteradamente incisivas.

Incorregible…, incorregible…, piensa, mi querido Tronchavigas, que yo comparto la excelsa opinión de Umberto Eco, de tal modo que, si tuviera todas las respuestas en mi poder, no estaría aquí, en este pueblo de mala muerte, sino dando clases de teología en París.

Muy agudo, ¡sí Señor!, así se habla en el combativo Reino de la inmunidad.

 

”El hombre inmune”, artículo nº. 31.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

esplinmartinez

esplinmartinez

Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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