El singular desasimiento

    El asco, la repugnancia y la aversión que la gran mayoría de espíritus distinguidos, al unísono con el pensamiento de los más grandes maestros, tajo parejo sienten para con la mostrenca raza humana, una raza que en principio presume de civilizada, pero, en realidad, no es sino un masa, una conjura, una alianza, una cofradía, una parroquia, una mesnada, una hueste, una claque al uso de la voluntad, exclusivamente instintiva y, por ende, más o menos inconsciente y descerebrada, así como brutal, bestial, salvaje, egoísta, indómita e incluso animal, cien por cien animal, tanto o incluso más animal todavía que la vaca de tierno mirar, mientras pace nostalgias amorosas, o el cerdo glotón y tumbaollas que se zampa hasta las crías de la gata en celo, o la grandísima perra parida, lo mismo el zorro que la zorrupia, o el zángano de colmena, o el asno de color gris panza de burro, no tan bello como el burrito bonachón de Juan Ramón…, llámesela, en iguales méritos y parejas cantidades: vulgar plebe inmunda, inquieta plaga infame, y ya, cabe en última instancia, corrompida caterva de consabido y muy pertrechado estatus o abolengo, ora gregario, ora bélico, ora social, ora castrense… ¡Millones y millones de asesinatos vilmente cometidos a discreción!, ¡y mis palabras aún le resultarán ofensivas!, ¡descontando, claro está, todas las especies de animales ya desaparecidas del todo!, en tanto en cuanto sea una animadversión muy dada a la opinión del uso estoico, tan inmune cuan abúlica, efectivamente será la filosófica piedra de toque, el honorable pistoletazo de salida, el preponderante papel de todas las personas distinguidas, el ulterior salto a la eternidad de la insalvable fama, siempre en pos de la nada más absoluta, siendo, al fin y al cabo, el paso definitivo hacia la muerte, toda ella angustiada, transida de dolor, ostentosamente preñada de amor…

El asco es la principal causa de suicidio, así como la más importante regla de medir voluntades: yo creo, y doy buena fe de ello, que las personas se suicidan por asco; cuando el asco llega hasta el hartazgo, ¡zas!, suicido al canto; de tal modo es así, que me están entrado incluso ganas de vomitar, perdón, de volver a leer “La náusea”, de Sartre.

Ya lo dijo el hombre inmune, ya: “Los estadios demenciales adolecen de memoria”, es decir: “La inconsciencia general no se acuerda de nada”, es otro decir: “La función indispensable de la sacrosanta Voluntad humana es generar locura”, porque si no, no se entiende el mostrenco devenir humano.

El mundo humano demasiado humano, efectivamente funciona a razón de una estirpe muy característica; ésta se siente ejemplar, desea mandar, imponer su doctrina, ser el prototipo elegido, cual si fuese el ejemplo a seguir o el espejo de toda virtud: cuando la susodicha enhorabuena descubra que su misma locura le impedía ver la mostrenca realidad de las cosas, no sé qué demonios será de ella.

 

    Vulgar añadido al uso.

Suicidarse uno mismo, y bien valga la sonora redundancia, comoquiera que se mire, es una tontería de marca mayor, máxime cuando nadie podrá vivir más allá de cien años largos que, a la sazón, pasan volando.

La memoria de todos los resentidos españoles, enhoramala anda sacando muertos de las cunetas: los chulos, claro está, no están muy de acuerdo que digamos, no están por la labor de ir a remover tierra inmunda; con la que está cayendo, hablando de suicidas varios, ya tienen bastante sustento por hoy. Y es que, ya lo dijo el hombre inmune, ya: “La demencia general adolece de memoria”. Esto creo que ya se dijo, pero, así y todo, no está de más recordar aquello que pasó ayer mismo. Dentro de cuarenta años hablaremos de Larra. De momento, puesto que el verano ya se nota, que no es poco, toda España amanece risueña, por de tanta algarabía, fiesta y jolgorio. Será que no se entera de nada: de ahí la inconsciencia susodicha que, para más señas, asemeja ser felicidad, cuando no, locura consentida, trastorno general o desbarajuste patrio, cualquiera sabe.

La Humanidad, esa inconsciente profunda, no obstante parece despertarse, y bien valga la hermosa dicacidad literaria en ciernes, lo mismo antaño que hogaño, con un solo propósito en mente, a saber: malrotar todo lo que esté a su alcance.

Nadie en su sano juicio podría postular de buen grado el gregarismo infinito de la Voluntad propiamente humana, a no ser que devenga cabalmente infectado de egoísmo: eso que algunos llaman inconsciencia, o más concretamente, Sor Voluntad. Es como si una frontera indeterminada mantuviera al ser humano metafísicamente dentro de los límites que la avilantez general genera por sí sola: no sé si llamarlo Amor, Religión, Moralidad o Política de masas más o menos encantadas por la gracia de Dios.

”El sótano impertérrito”, artículo nº. 27.

© José Javier Martínez Rodríguez.

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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