Embelecos oficiales

Las malas lenguas, y perdóneseme la manera de señalar, dicen, con la bocaza bien abierta, que “el saber no ocupa lugar”, y, sin embargo, casi todo el ideal humano que grosso modo nos ha llegado hasta la fecha, salvo raras y muy contadas excepciones que todos conocemos de sobras, enhoramala viene siendo algo así como un consumado error de perspectiva, un incordio de aquí te espero, una especie de tasa vilmente perpetrada a traición, en fin, una mentira rayana en mandamiento general; dígolo, más que nada, porque el conocimiento humano, en su inmensa mayoría, casi siempre ha resultado ser lo más parecido a un puntillazo de orden no tan efímero cuan puntual, no tan inconsciente cuan voluntarioso, no tan prepotente como inquisitivo, sobre todo para con el indefenso e inocente y pusilánime devenir de todas las especies restantes, tanto animales como vegetales, de tal suerte que no hacen, por la cuenta que les trae, sino defenderse de la gran vorágine humana, voraz por antonomasia, audaz como la madre que la parió y el tolondro que la fecundó, cual si fuese un tirano en masa que, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, insiste en llevarlos por el amargo camino de la tortura vil: unos sacrificados sin solución de continuidad, otras se debaten a diario entre la vida o la muerte, toda vez sobrevenida bajo el caletre del muy acertado plomo enemigo, fuera la mirada que mata a distancia, ya sean pájaros, aves, bichos, mamíferos, bosques, ríos o piélagos infinitos, lo que ya es decir, en cuanto a calibre y envergadura se refiere. Luego no hay forma, pues, de que puedan vivir no ya sencilla, holgada o distraídamente, sino sobrevivir de manera normal, formal y moliente, dijérase tranquila, así como en paz y, tal la verdad, bella armonía, bajo el hado de la muy desenvuelta concordia: fuera cosa, misterio o gravamen a la que el Hombre, en su necedad infinita, jamás pudo acercarse; y por mor de eso mismo, nuestro ingente e insuperable conocimiento humano, mal que nos pese reconocerlo, por lo pronto clama al cielo, en cuanto arma de doble filo nunca ha dejado de ostentar un poder tan ofensivo, tan sicario y tan destructor, que incluso el animal más pintado de la selva Amazónica, tan pronto como tercia la cruda imagen de nuestra persona, a todas luces mancillada por el pergeño del gran cosmopolita, automáticamente se amilana y retrotrae y acojona –con perdón– de cuerpo entero: tal es el susto de orden monumental que instante le sobreviene, tras haber visto de cerca las puntiagudas orejas del lobo, la viva imagen de la muerte, el acechante cuyo de la muerte propiamente personificada en una bestia sin parangón alguno, una bestia infame que no sabe quiera dirigirse a sí misma, que asesina sin piedad a sus propios congéneres, que fomenta el odio entre Culturas, que levanta Estados absolutamente degenerados, verbigracia: el español, sin ir más lejos. No obstante, el asunto del dispar, pese a lo dicho, en realidad aún viene siendo mucho más grave todavía: principalmente porque la estulticia humana, que no es poca, ni tampoco liviana, con todo bien sopeso se antoja endémica, autóctona, oriunda, inherentemente humana, cual si fuese el funesto y muy generalizado estatus social de la raza, cabalmente impartida por la suprema e imperiosa voluntad de marras, siempre dispuesta a imponer, las veces de manera completamente irracional, sobre el grueso del mostrenco mecenazgo humano, su menesteroso credo, su menesteroso mandamiento, su menesterosa Ley de Vida (la auténtica transvaloración de todos los valores existentes, muy al contrario de lo preconizado por Nietzsche, en efecto empieza justamente aquí: en la Inmunidad, más aún: en mi opinión, no se puede cuestionar el bien y el mal, lo bueno y lo verdadero, la verdad y la mentira, la guerra y la paz, lo positivo y lo negativo, y, al trasunto de todo, votar, sin más, a favor de la vida dionisíaca, a favor de lo aristocrático, a favor de todo lo que deviene humanamente elevado, ¿a santo de qué?, ¿por qué la vida sí y la negación del alma no?: lo de Nietzsche, amén de gregarismo, es de párvulo, cuando no de juzgado de guardia… ¡Otro que tal baila al son de la voluntad humana! ¡Otro obediente esclavo! ¡Otro advenedizo más que sumar a la lista ingente! ¡Otro Catedrático más, a todas luces hipócrita, sentando cátedra para solaz de los fieles e infieles! ¡De ahí el antisemitismo alemán y tal y tal!).

El desocupado y lánguido sitio en donde el eximio y conspicuo y riguroso saber cien por cien metódico, enhorabuena debiera haber existido, válgale residido y aun dominado, respectivamente, desde luego viene siendo ocupado por el incombustible instinto de la raza (Dionisio en persona tras haber contraído matrimonio con el Alma Máter del conjunto), zalamero y cobarde, de tal suerte que la razón no nació para luchar, no grita, no se arma de valor, no se impone nunca, ni siquiera hace ademán de rebelarse contra el despótico mandato de la mandamás madre superiora, Sor Voluntad, por lo tanto, la recién mencionada gachí, desde siempre ha venido ocupando, conforme a todo ello, su consentido y muy voluptuoso lugar preferente, postergando así la metafísica estrechez de cualesquiera clases de sabiduría en ciernes, tanto si deviene débil y ruin, como si peca de abúlica y clarividente, quédese, pues, en todo caso marginada, desplazada y relegada hasta nueva orden, nuca mejor dicho, pero, de momento, Vuecencia Teodicea, dese por castigada sin recreo y sin bocadillo, marche directamente confinada al rincón del aula y permanezca allí, aquende la muy estucada pared, hasta que amanezca en la gran nebulosa del mundo, vaya haciéndose a la idea al paso que adopta las gélidas dependencias del famoso y macilento cuarto oscuro en donde el sabio, el filósofo, el genio, el espíritu inmune, el hombre que todo lo conoce y todo lo quiere saber, entretanto vive muriendo (Cervantes): ¡Oh! ¡Cuantos kilos de humilde resignación imbuida! ¡Cuán prodigioso quintal de conocimientos varios! ¡Mil toneladas de razones y pensamientos quizá ofensivos, quizá distinguidos, tal vez separatistas, acaso antagónicos, quién sabe si dispares, pertrechados y solventes! ¡Qué cantidad de raciocinio! ¡Qué cantidad de lugares atávicos veo por doquier! ¿Dónde está el Paraíso completamente horro de extrema voluntad harta desmemoriada? ¡Sueño sobremanera en torno a los acogedores y confortables parajes que más tarde o más temprano serán categóricamente elegidos por y para consumado beneficio de la incólume virtud!

El saber, en la misma medida que crece y ensancha su ingente y tanto más que vasto horizonte inmediato, enhoramala queda transformado de una vez para siempre, cual si fuese una cosa harta desaconsejable e ilícita que tajo parejo ocupa su sitio, su orbe y su espacio propiamente personal e intransferible: de aquí se sigue el pensamiento de la voluntad que comoquiera sobrevuela en torno a la mollera de la sacrosanta especie humana: auriñaciense por castigo de Dios… “Esos traidorzuelos sentimientos” (Gracián); “La verdad no ocupa ningún lugar, al menos en lo referente a este bajo mundo”.

Son tan pocos los escritores con redaños que se atreven a confesar la verdad, una vez desvelada la mentira, descubierta la patraña y soltada la mala leche disponible, que me ahogo en el fondo de mi propia respiración: nada hay más vergonzoso que el acto de escribir bien, rematadamente bien, y, sin embargo, no decir ni pío.

—También podría ser que no todos los genios, escritores o filósofos, ex profeso conozcan la verdad de primera mano y así como así.

—Bien pudiera ser posible esa rémora, no lo niego.

—Por consiguiente, la burda evolución del conocimiento humano, no obstante pasaría a ser, cuando menos, perdonable y hasta comprensible, incluso inocente de toda culpa.

—Eso ya deviene discutible, en tanto en cuanto sea harina de otro costal; yo, por lo pronto, discrepo sobremanera, luego no termino de verlo del todo claro, quizá porque escuela, lo que se dice tener escuela, nunca ha faltado y siempre ha estado ahí, siquiera sea en minoría, pero, aun así, mucho más valor tiene un solo genio en liza, que un millón de tarambanas reunidos: aquello que dijo otrora el señor Gasset: “Desde 1840 a 1900, bien pudiera decirse que la Humanidad adoleció de filosofía”, no hay dios que se lo trague, aun siendo de los pocos filósofos que en virtud escribía la palabra Humanidad con hache mayúscula, como tiene que ser, puesto que Humanidad y humanidad ni de lejos significan lo mismo.

—Rectifico, pues.

”El sótano impertérrito”, artículo nº. 79.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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