Hoy quiero hablar sobre una mujer

Hoy quiero hablar sobre una mujer.

Es la dueña de esa sonrisa que llega cada mañana al parque.

La misma que es consciente de las miradas de los vecinos.

La que se agacha ante la fuente y sonríe, sonríe, sonríe.

El agua es un alivio en sus manos, un perdón que se desliza por su cara.

Ella se asea en la fuente rodeada de niños crueles, curiosos, divertidos.

La llaman loca y ella sonríe.

La llaman loca y ella continúa lavando su rostro en esa fuente.

Sus manos acarician con agua y primor, ponen dignidad en sus cabellos desordenados.

Terminado el ritual ella se sienta en el banco, en su banco de siempre, en el mismo banco que sus vecinas abandonan por el único motivo de su presencia.

Ellas no sonríen, ellas fruncen el ceño, agarran a sus hijos del brazo y se los llevan al banco de al lado.

Hay un pozo sin fondo en esa mirada, un mar que se revuelve y duele.

Queda quieta mecida por sus pensamientos, mirada perdida, sonrisa cansada, triste, agotada.

Puede parecer que le duelen los desplantes, que está herida por la crueldad o por la curiosidad infantil.

No, ella es humana, su dolor es de otra naturaleza.

Queda quieta, manos en el regazo, cabeza ladeada; mira a la nada, a un punto concreto de la nada y suspira.

Ese suspiro es lo que queda en su pecho de lo que ha sido un llanto eterno, un llanto de años, ahora un llanto vacío.

En la caída de ojos al cerrar los párpados hay un punto de lucidez, un instante malvado de confesión insana.
es ese instante de consciencia en el que te ves desde fuera y te das cuenta de que tu cabeza no funciona.

Vuelve la sonrisa mientras rebusca en su bolso.

Hay poquitas cosas dentro.

Algo de comida robada, algo de comida regalada, algo de comida que sobró ayer…

Son las provisiones para la travesía del día.

Hay un peine, un espejito y una barra de labios roja.

Son las llaves que custodian su dignidad.

Los niños vuelven a reír cuando ella peina sus cabellos.

Los niños vuelven a reír cuando ella toma el espejo y el batón y pinta sus labios de ese rojo exagerado.

Se mira, sonríe; se ve guapa.

Hay algo más en su bolso, hay un papel.

No termina de sacarlo, lo guarda con primor.

Ni la luz del sol puede ver lo que hay en ese papel, solo ella.

Y así con esa imagen en sus dedos furtivos transcurre la mañana.

Pronto deja de ser una atracción de feria, desaparece ignorada por los vecinos.

Un momento la ves y al rato, cuando te quieres dar cuenta, ya no está.

Un niño pregunta a su madre.

¿Mamá, quién es esa loca?

La madre se encoge de hombros.

No sé. Responde.

Yo si sé quien es la loca, pero mataría por no tener que explicarlo.

Mataría por no tener que escupir en la cara de todas esas madres sin alma.

Levanto la cara, emerjo de mis recuerdos y en el instante de hacerlo maldigo mi estupidez.

Ahí está ese niño, delante de mí.

Mirándome, preguntándome con esa mirada terrible.

Trago saliva mientras trato de refugiarme en mis pensamientos de nuevo.

Demasiado tarde.

Tengo que quitarme esa mirada de encima como sea y a estas alturas del error, solo tengo una opción: la verdad.

Le digo al niño.

¿Quieres saber quién es esa señora?

El niño sabe que estoy acorralado, mira a su madre, se toma su tiempo para responder.

Sí, me dice al fin.

Muy bien, te lo voy a contar.

Esa señora era el alma de su casa, era la madre de tres hijos y la esposa de un buen hombre.

Un día como tantos y tantos otros, se levantó de la cama, preparó café para sus hijos y para su esposo.

Después se dispuso a despertarlos uno a uno, en perfecto orden de premura.

Y los despidió a todos en la puerta de su casa.

Sus cuatro hombres marchaban unos, los menores, al colegio y el hombre mayor al trabajo.

Papá daba un rodeo para llevarlos en el coche y luego él de allí iba a la fábrica.

Rutina familiar.

Ninguno volvió nunca a su casa.

Un accidente de coche se llevó a sus hombres, se llevó su alma, su espíritu y su mente.

Cuando terminó el día, la gente seguía con sus vidas, los mismos ruidos, las mismas luces; todo igual, pero ellos no volverían más.

Y desde entonces, no ha dejado de perder cosas queridas.

Posesiones, casa, ropas, recuerdos…

El niño comprende que no le estoy hablando a él, es infinitamente más listo que su madre.

Corre en persecución de una pelota huérfana a lo largo y ancho del parque.

La madre queda en el banco masticando una indignidad tan grande como la fuerza con que aquella señora loca defiende los restos de su amor propio.

Y esta señoras y señores, es una historia real de la que me he acordado no sé por qué y que creo que todos deben tener en cuenta cuando juzguen a una anciana loca.

Hay niveles de dolor que por fortuna desconocemos, esas personas nos recuerdan que hay pruebas duras en la vida y que hasta el último suspiro estamos expuestos a ese dolor.

Un abrazo.

elsopazax

Escritor autor de la novela SIN PULSO y bloguero a tiempo muy parcial. Emigrado a Brasil pero vigilando de cerca a mi buena gente.
1 Comment
  1. EVA JIMENEZ MINGUEZ

    buena leccion de vida pero triste

    12 Marzo, 2017 at 9:03 pm - Reply

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