La falta de conmiseración

El amor de mujer, en esencia, la intrínseca voluntad del ser humano –el amor como antesala del sexo–, en efecto viene a ser un sentimiento nato, cuando no una pulsión duradera, una actitud conservadora, incluso un anhelo verdaderamente prodigioso, de todo esto no cabe ninguna duda que así o asá pudiera desentonar al respecto de mi verborrea que, curiosamente, una vez escrita no parece ser jerigonza al uso de la juarda más convicta y confesa; y, sin embargo, el amor, bien mirado, más bien resulta ser efímero, así como épico y, tal la verdad, engañabobos, con su industria caballeresca y todo lo demás que, por lo general del caso, no suele ser poco ni tampoco liviano; también se conoce punto menos que traidor y usualmente falso, tan falso como el mismísimo papel moneda que a la sazón consigue hacernos la vida un poco más fácil y cómoda de sobrellevar, al tiempo que nos encadena en una especie de ergástula tan pronto empírica como universal; igualmente deviene arriesgado y enfermizo, egoísta y mentiroso, arcaico y usualmente promiscuo, tanto como en iguales méritos y parejas cantidades pueda ser el lascivo e indiferente amor masculino; siendo, las más veces, un sentimiento completamente irracional e inconsciente, así como instintivo y por supuesto pasional, propiamente digno de la voluptuosidad en ciernes que enhorabuena nació tal para cual destino de orden amoroso, fuera el remedo de una estafa pasional, el señuelo de una trampa en toda regla contemplada, incluso el engaño por antonomasia que a la postre suele hacer del hombre libre, algo así como un anodino esclavo del deseo, una marioneta, un títere de madera muerta inconscientemente encaminado sin remedio hacia el remoto punto en donde la extrema inutilidad quedose manifiesta, todo mientras subsiste y pervive al socaire de sujetos sin causa que, en desmedro de la valentía ya irreparablemente perdida para siempre, sin embargo devienen constreñidos de por vida, afligidos, resignados, solapados.

Pero hete aquí algún que otro licenciado de cátedra sumamente curioso, si acaso prestó la debida atención a mis concomitantes palabras, preguntándose a buen seguro por la razón de ser que, muy a modo de sótano impertérrito, en efecto subyace bajo los inconfesos cimientos de mi insolencia literaria, y apenas satisfecha aquella causa, quizás retorne con la sana intención de saber dónde diablos fue a parar el diligente dato que falta, tras haber sido omitido vilmente, toda vez censurado en virtud de la sutilidad, y, más concretamente, porque no venía al caso, antes al contrario hacía ademán de tratar el anverso del muy espinoso tema en cuestión; de tal suerte que los más avispados de lugar, con arreglo a ello me argüirán un par de cosas no tan cruciales como representativas, estas son: ¿Dónde está el otro ingrediente que falta?, ¿qué demonios viene a ser el amor masculino?, pues bien: a nuestro modo de ver el libidinoso castillo del amor, o sea el gran pitote padre que pesia a mí lo columbro cual si fuese un cisco de orden monumental, tan instintivo y poderoso cuan humano y traicionero: así y todo se diría que el amor masculino, en el hombre común no existe, no deviene, de suyo no está, ni siquiera aparece tal que así, ni tampoco como tal, ni tal cual, ni tras de sí, salvo aquello que grosso modo hace ademán de llamarse deseo, quien dijo deseo, ahora dice vitales ansias de coyunda, irresistibles ganas de practicar a toda hora el coito, ingobernable afán de lujuria, parcheo desmedido, anhelo de perseguir una y otra vez el maquillado rostro de la muy entronizada ilusión asaz cegadora, y, sin embargo, en cuanto la susodicha queda descubierta, ni que decir tiene la tremenda decepción repentinamente sobrevenida ad hoc, pues, de hecho, a partir de ese momento de extrema lucidez, el particular ya no se columbra aconsejable, ni siquiera feliz o acaso duradero, antes al contrario propende a presentarse de manera tan engañosa cuan atractiva, tan falsa cuan presuntuosa, tan irreal cuan imaginaria: es entonces cuando el pasmado hombre común, llámesele, con su permiso: zoquete (pedazo de pan grueso e irregular), gusano inmundo (Pascal), molondro, o, finalmente, grandísimo capullo de alhelí, enhoramala descubre para su desgracia, que el amor, su amor, su incombustible amor, su ingobernable e imparable pretensión polinizadora, al trasunto no era más que un sacrificio religioso, un rito espiritual y un despropósito de la fe, en términos metafísicos: un espejismo, una utopía, un sueño, un grandilocuente sueño que todos los hombres, por mala ventura, hemos soñado alguna vez: ¡La de razón que tenía Calderón! ¡Tanto más que el mismísimo Schopenhauer, al descubrirla y alabarla de todo punto!

 

Postdata: Es entonces cuando el necio de marras comete el mayor de los errores, a saber: tomarse al pie de la letra el famoso dicho popular que así reza: “Muerto el perro desapareció la rabia”, ignorando de suyo que la rabia susodicha no reside en ella, por muy perra parida que devenga, sino dentro de sí mismo, cabe sí, cabalmente en él, en su interior claramente manifiesto por doquier, incluso a flor de piel, es más todavía: cuando el necio de marras incurre en la locura, columbra la desesperación o preconiza la fatalidad, en realidad está siendo bendecido por la mismísima Providencia en persona, quiero decir: su fantasía efectivamente deviene trabucada por realidad, por pasmosa y palmaria e increíble realidad asaz dolorosa: cosa, misterio o gravamen nada fácil de conseguir en aquesta vida de ensueño que, por lo general del caso, adolece de conciencia: de ahí el término espejismo. Es decir, el amor, el verdadero amor, enhorabuena sobreviene después de, tras haber despertado de cuerpo entero, ¡catapum!, para más señas, cuando el Velo de Maya, cuando la tupida venda de maese Cupido, cuando el antifaz de Sor Voluntad, a las horas se desprende…, dejando al descubierto un nuevo amanecer infinito: de ahí el nacimiento de la tragedia, perdón, de la poesía romántica. Además, ella le dio todo lo que tiene en depósito, tal vez lo único que tiene, so melón de invierno: si aqueso no le gusta, no le parece bien o no termina de hacerle feliz, búsquese otra distracción al uso, a ser posible, de índole no política, no religiosa, no consumista, no contaminante, dijérase Natural, a lo sumo Estoica, también respetuosa con los animales y tal y tal…

La culpa, al trasunto de todo, no la tiene ella, que fue creada en origen por y para solventar el gran meollo generacional, sino Usted, grandísimo Televidente, grandísimo Beato, grandísimo Ignorante que, en su egoísmo infinito, no miró por los miles y miles de niños indefensos que mueren a diario, ora bombardeados, ora famélicos. Quizá confundió amor con egoísmo. Cualquiera sabe.

El sótano impertérrito”, artículo nº. 17.

© José Javier Martínez Rodríguez.

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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