Nos matan a todas


Me duele cada insulto, cada desprecio, cada golpe, cada violación y cada asesinato de una mujer como algo propio. Puede que no sienta dolor en el cuerpo como ellas,  pero se me parte el corazón, y me llora el alma.

Cada vez que una mujer es asesinada por terrorismo machista me inunda una vorágine de sentimientos mezclados que me desbordan por completo, indignación, impotencia, pena, dolor, ira, rabia, odio… Sobre todo odio.

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Odio contra el autor del asesinato, contra los cómplices necesarios que no han puesto medios suficientes para acabar con esta lacra, contra los que han recortado en prevención a la violencia de género, contra los que miran para otro lado, y sobre todo, contra los que niegan que el feminicidio existe, porque al negarlo, de alguna forma, se están oponiendo a que se combata desde las instituciones. Partidos residuales como VOX, alguno de medio pelo como Ciudadanos, y gran parte de los componentes del PP se despachan con declaraciones infames contra el movimiento feminista, que hoy por hoy, es la única arma que tenemos las mujeres para luchar contra la sociedad patriarcal, origen y principal causa de la violencia machista.

En España 79 mujeres han sido asesinadas en lo que va de año y se han recogido 70.000 denuncias por violencia de género, de las cuales solo el 0,14% son falsas según datos del Consejo General del Poder Judicial. Debemos tener en cuenta que se considera violencia de género la que se ejerce dentro del ámbito de la pareja o ex pareja, las víctimas de acoso, agresiones o violaciones (una cada ocho horas) no entran en esos números, por lo tanto es imposible conocer el verdadero alcance de este drama social.

La violencia contra la mujer es consecuencia de la discriminación que sufrimos a todos los efectos, y sería perfectamente evitable si hubiese voluntad para ello y se le dedicaran fondos suficientes, en nuestro país, la carencia de medios es especialmente significativa. El gobierno del PP ha abandonado a las víctimas a merced de los agresores, los recortes en servicios de prevención, asistencia, orientación y abogados son un gran obstáculo para ellas, que se sienten mucho más vulnerables y desprotegidas. Los recortes también han afectado a las políticas de igualdad lo que supone un serio riesgo de retroceso en los pocos logros conseguidos hasta ahora.

La LIVG que nació con el consenso de todo el arco parlamentario se ha visto cuestionada desde que Albert Rivera irrumpió en la política nacional, su primer intento de convertir una ley creada para proteger a las víctimas del maltrato, en una especie de batiburrrilo donde todo cabe, se ha visto frenado de momento, porque ni siquiera el PP, (después de que Ana Mato tuviese que dar marcha atrás en la misma idea), se ha atrevido a desenmascararse tanto. Aunque todos sabemos que en el fondo, les gustaría.

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Mi intención al escribir estas líneas es intentar conseguir que cierta parte de la ciudadanía, entienda la diferencia entre violencia machista y violencia intrafamiliar. Las feministas no pretendemos construir nuestra igualdad contra los hombres, ni privarles de su derecho a leyes que les protejan, pero tampoco estamos dispuestas a dar un solo paso atrás, nos ha costado demasiado conseguir que el machismo criminal se visualice y no vamos a aceptar ahora ningún tipo de totúm revolútum . El agravante penal por violencia de género es innegociable, por mucho que le desagrade a Rivera, a los cuñaos del nacional-catolicismo o a el Sursum Corda. Y voy a intentar explicar por qué.

A nosotras nos asesinan por el mero hecho de ser mujeres. No estamos hablando de casos aislados, la violencia del hombre contra la mujer se ejerce como estrategia, utilizan el maltrato psicológico o físico para anularnos y dominarnos, lo que buscan es la sumisión y el control de la víctima. Nos aíslan, nos humillan, nos someten, nos matan en vida. Se convierten en torturadores y en muchos casos llegan a destruirnos del todo. Pasas los días procurando no cometer ningún error que provoque la ira del verdugo, vives en un terror constante esperando la siguiente paliza, que puede ser la última. Y si en algún momento, decidimos que ya no podemos más , buscamos ayuda y conseguimos escapar de esa cárcel, muchos de ellos, se creen con el derecho de acabar con nuestras vidas. Porque les pertenecemos. Porque pueden.

Y estas condiciones, queridos amigos, no se dan cuando es una mujer la que asesina a su pareja, sencillamente porque el crimen no se comete desde una posición de superioridad, dominio o vejaciones continuadas en el tiempo. La mujer, por muy malvada que sea, no construye su identidad a partir de la posesión del macho, no agrede al hombre por el hecho de serlo. ¿Alguien conoce a muchas esposas que lleguen a su casa y propinen una paliza a su marido porque no le gusta la cena? ¿O porque se ha puesto una camiseta con escote? ¿O porque no sabe con quién ha pasado la tarde? ¿Alguien conoce a algún hombre que haya llegado a un hospital con las costillas rotas porque su mujer se las ha reventado a patadas? Igual si, pero seguro que la cifra es insignificante.

Es cierto que hay mujeres abyectas, que maltratan, e incluso matan a sus hijos o a sus parejas, nadie puede negarlo. Pero intentar equiparar eso casos al terrorismo machista o incluir esos delitos en la LIVG es un sinsentido, si lo metemos todo dentro del mismo saco estamos minimizando el feminicidio y el machismo estructural que rige nuestra sociedad, y por ende ninguneando la lucha feminista, que al fin y al cabo, parece que es lo que quieren conseguir los igualitaristas. Cuando una mujer maltrata o asesina debe ser castigada con todo el peso de la ley, pero son casos que no pueden enmarcarse dentro de la violencia de género, porque no tienen un transfondo social ni ocurren de forma sistémica. Lo mismo que para los delitos causados por homofobia y xenofobia existen agravantes que los distinguen de las agresiones comunes, también es absolutamente necesario en casos de violencia machista.

Nos matan porque somos mujeres, y cada vez que matan a una, nos matan un poco a todas, y lo hacen porque hemos decidido levantarnos y reclamar nuestro lugar en la sociedad y en la pareja, porque exigimos una igualdad que no tenemos, porque queremos decidir nuestro destino, porque hemos dicho basta a la sumisión al macho y por escoger vivir en libertad. Pero también nos asesinan desde el Estado cada vez que retiran fondos para la lucha contra la violencia de género, y sobre todo, nos asesina toda esa gente que obvia el drama del terrorismo machista. Necesitamos medidas para acabar con esta barbarie, y si no empezamos por reconocer que existe, nunca llegaremos a una solución definitiva del problema.

El cinismo y la desvergüenza de los que se dicen a favor de la igualdad de género, pero luchan desde las instituciones por acabar con lo poco que hasta ahora se había conseguido, solo denota un machismo solapado y enfermizo, que por mucho que intenten controlar, se les escapa en cuanto se sienten en territorio amigo. Declaraciones que destilan odio, como las de David Pérez, o despedir a una mujer por estar de baja durante parte de su embarazo como hizo Albert Rivera, denotan que el androcentrismo sigue ahí, latente, y surge como una plaga en cuanto nos descuidamos. Por eso, el feminismo es imprescindible. Por eso yo soy feminista.

Cualquier mujer puede, de una u otra forma ser víctima de violencia, desde el ¨no vales para nada¨ hasta el asesinato hay cientos de formas de masacrarnos. Cada vez que agreden o asesinan a una mujer, simbólicamente, nos agreden o nos asesinan a todas, las que defendéis la supremacía del hombre o el falso igualitarismo estáis tan en peligro como todas las demás, porque el único requisito necesario para ser atacada, violada o asesinada es ser mujer. Por eso, la indiferencia o los ataques vertidos por compañeras de género pesan más, porque os guste o no, vosotras y vuestras hijas o nietas, sois víctimas potenciales.

Me duele cada insulto, cada desprecio, cada golpe, cada violación y cada asesinato de una mujer como algo propio. Puede que no sienta dolor en el cuerpo como ellas, pero se me parte el corazón y me llora el alma. Por eso no comprendo que haya mujeres que no apoyen nuestra causa, que no sientan esa infamia como suya, que no sean conscientes de que estando unidas, esta cruzada contra la opresión sería mucho más fácil. 

Pero no importa, las feministas vamos a seguir ahí, luchando por todas, incluso por las que no lo merecen.

Gracias a mi queridísima amiga @vmm7773 por sus infografías, dicen mucho más que mis palabras.

protestona1

Revolución no significa violencia, significa movilización de conciencias.
2 Comments
  1. Pobrecitas….que pena me dais

    7 Diciembre, 2016 at 5:19 am - Reply
  2. denmadrid

    A mí también. Me ofende cada vez que se usa ‘vagina’ como insulto o exclamación, cada vez que se usa ‘prostituta’ como excusa de la maldad de alguien, que ni ha sido prostituta ni madre. Son las primeras palabras que usan los maltratadores y machistas porque las creó el patriarcado para hundir a la mujer en la sumisión de la vergüenza social. Su significado no va a cambiar en la sociedad aunque vayamos de modernas, capaces de ‘cambiar’ todo. Lo usan los misóginos, los Rojos, los Pérez y habría que avergonzarlos A ELLOS cada vez que lo hacen, no a nuestras propias compañeras de idealismo inconsciente. El lenguaje crea pensamiento y es el caldo de cultivo de mayor violencia.

    3 Diciembre, 2016 at 12:23 am - Reply

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