Putas y Putos, pero Libres

Ya estoy cansado de la pedagogía que se ejerce desde el feminismo en relación a la prostitución. Leí el día 23 en eldiario.es un artículo en el que la autora parecía querer poner punto final al debate respondiendo ella a su vez a otro artículo escrito por un hombre (Peter Singer, en este caso).

He de decir, para empezar, que estoy en contra de cualquier abuso o explotación, sea del tipo que sea, y sea contra el individuo que sea.

Dicho esto, voy a rebatir, uno por uno, los argumentos que Beatriz Gimeno hace en su exposición, salvo aquellos, claro está, en que se manifieste en contra de la explotación sexual.

Dice ella, con mucha lógica, refiriéndose al deseo sexual insatisfecho que tienen muchos hombres por diversas razones: «Que sea un deseo fuerte no lo convierte en un derecho». Cierto, eso no convierte en un derecho el recurso a la prostitución para satisfacer ese deseo. Lo que lo convierte en un derecho es la implicación que tiene para la salud llevar una vida sexual satisfactoria. Tanto física como psicológicamente, la actividad sexual sana, incluso cuando no hay de por medio el menor sentimiento de afecto, sino mera diversión y placer, tiene unos conocidos efectos positivos sobre la salud. En la sociedad actual, muchos individuos necesitan, por tanto, recurrir a un servicio de pago para obtener ese complemento a su salud física y, sobre todo, psicológica, que de otro modo no logran encontrar.

A renglón seguido, esta señora afirma contundentemente que sólo los hombres pagan por tener sexo. Eso deja en el limbo de la actividad sexual a los gigolós, no sólo de lujo, que se ofrecen a mujeres insatisfechas o que buscan otras formas de sexo que su pareja sentimental no les ofrece. Semejante afirmación me parece de una ignorancia propia de mentes radicales o simples. Es cierto que son un número brutalmente inferior al de las mujeres que ejercen ese oficio, pero su existencia en masa no debería excluirles del debate acerca de la regulación de sus servicios, ni siquiera aun cuando esa existencia fuese meramente testimonial.

Pero no conforme con tan radical afirmación, la aumenta en el párrafo siguiente aduciendo que el hecho de que las mujeres tengan «deseos sexuales fuertes y ubicuos» no les «da derecho a comprar sexo, porque comprar sexo es, en realidad, un privilegio sexual masculino». Y se queda tan a gusto.

Y seguimos. Denuncia Beatriz que el artículo de Peter «continúa diciendo que el estado debe abstenerse de criminalizar las relaciones sexuales consentidas entre adultos» para, a continuación, responderle que «[regular la prostitución] significaría exactamente lo contrario de lo que el autor exige; significaría que el Estado se inmiscuiría en las relaciones sexuales entre adultos, sean por precio o no». De nuevo, aun aplicando una lógica aparentemente aplastante, cae en una falacia, puesto que no se pide la regulación de la prostitución para que el Estado se inmiscuya en las relaciones sexuales consentidas entre adultos, sino para proteger los derechos laborales de las y los trabajadorxs sexuales, incluso aunque para lograrlo haya que pagar el precio de permitir que el Estado supervise la legalidad de todo tipo de relación, por privada que sea, puesto que de no hacerlo no podría, por ejemplo, prohibir las violaciones ni los abusos sexuales entre adultos. Pero es más, el uso de la palabra “consentidas” ya está reconociendo un cierto derecho al Estado a que se analice una relación sexual cuando una de las partes denuncia la ilegalidad de la misma.

En el párrafo siguiente, nuestra querida Beatriz vuelve a caer en un doble error de simplismo. Niega que la legalización de la prostitución sirviera para evitar la corrupción policial. Afirma, sin citar datos ni fuentes, que en otros países, que tampoco detalla, donde la prostitución está regulada, también existe corrupción policial, se supone que asociada a la prostitución; sólo indica que dicha corrupción es «grande», en una expresión ambigua que no sirve para establecer comparaciones entre el nivel de corrupción asociado a la prostitución en unos y otros países.

Afirma también que en España, pese a que la prostitución no sea ilegal, las mujeres no están suficientemente unnamedprotegidas. Evidentemente. No se puede proteger a docenas de miles de personas que ejercen un trabajo que se desarrolla en un ámbito, por definición, meramente privado. Y aun en los locales especializados no hay protección suficiente como no la hay en ningún centro de trabajo por la falta de inspección laboral. Por legal que sea una actividad no es fácil proteger a quienes la desarrollan por cuenta ajena, y menos aún por cuenta propia, pero esa protección se convierte en casi imposible si esa actividad se desarrolla, no necesariamente de forma ilegal, sin meramente alegal.

Y seguimos para bingo.

Asevera muy contundente Beatriz que «En otros países en los que se penaliza a los clientes, las mujeres pueden denunciar sin temor a represalias» ¿De verdad? ¿En serio? ¿Son ellas quienes denuncian a los clientes? No me digas. Entonces, ¿Para qué se ofrecen? A no ser que sean policías camufladas de prostitutas o que las denuncias les generen más ingresos que un servicio, no veo qué motivo tienen para aderezarse como fulanas y denunciar al primero que les proponga sexo. O igual denuncian a quienes les deben dinero. Y si se refiere a que denuncian abusos eso quiere decir que, efectivamente, aunque la prostitución no sea legal, como en España, la ley defiende a quien la ejerce frente a cualquier tipo de abuso. En cualquier caso, ella insiste: «En realidad, las mujeres no denuncian porque tienen miedo a ser expulsadas del país, porque suelen estar en situación irregular en el país, y esto no tiene nada que ver con la regulación de la prostitución que en ningún caso va a servir para regular la situación de las mujeres en situación irregular. Las mujeres denunciarían, independientemente de que la prostitución esté regulada o no, si supieran que van a estar protegidas por el estado». Y lo van a estar, sean ilegales o no. Al menos, en teoría debe ser así. Pero de nuevo, le recuerdo a Beatriz que es más fácil proteger a quien ejerce una actividad legal, incluso aunque lo haga desde una situación ilegal o al menos, alegal, como se ve en los casos en que un inmigrante ilegal, o incluso un individuo que está legalmente en España (incluidos los nativos), tiene un accidente laboral por estar realizando un trabajo de forma ilegal, es decir, sin contrato o sin estar dado de alta en la seguridad social, o, cuando menos, por trabajar sin las debidas condiciones de seguridad e higiene.

Finalmente (aunque no como término a su artículo), Beatriz nos lanza una pregunta: «¿Cómo mejora [la prostitución] la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres?». Pues bien, querida Beatriz, la prostitución no mejora nada per se, pero equipararla a un trabajo legal sí que mejora a la sociedad en su conjunto, y de paso, la igualdad entre hombres y mujeres, eso sí, a largo plazo.

[Tweet theme=”tweet-box-normal-blue”]La prostitución no mejora nada per se, pero equipararla a un trabajo legal sí que mejora a la sociedad[/Tweet]

Me cansa leer artículos de personas, hombres y mujeres, con una estrechez de miras notable. Cuando veo en televisión o en prensa artículos hablando de las condiciones de trabajo, los horarios, los descansos, la conciliación familiar, etc., siempre piensan en trabajos de oficina. Yo, que he tenido diversos tipos de empleo, desde oficinas hasta fábricas y refinerías, me siento insultado, como perteneciente a un tipo de trabajador paria en cuya felicidad nadie piensa. Esto viene a colación de que ocurre lo mismo con la prostitución; cierto que la gran masa de personas que la ejercen son mujeres explotadas, pero la protección a esas mujeres no les va a llegar ni manteniendo la situación actual, obviamente, ni mucho menos ilegalizando su actividad. Además, como decía, olvidan a las personas que ofrecen sus servicios voluntariamente desde su casa, a través de anuncios online o en prensa local. Es más, olvidan algo tan evidente como que si se multa a los clientes pero se permite la grabación de pornografía entre adultos, esos clientes podrían excusarse con el simple hecho de llevar un móvil con cámara, diciendo que no le ofrecían prostitución sino crear contenidos pornográficos, lo cual, si no se ha dado aún, es sin duda por la carencia de imaginación de quienes acuden a esos servicios.

Por añadidura, existen miles de hombres que se prostituyen con otros hombres, y que se encuentran, estos sí, en un limbo social, desprotegidos, por más que su actividad sea voluntaria y que no suelan ser víctimas de explotación sexual, según lo que nos muestran los medios.

Todos sabemos que los cambios en positivo, esto es, las mejoras que nuestras sociedades precisan, no pueden llegar por otra vía que la concienciación de los adultos y la educación de los menores en valores que contribuyan a dichos cambios. Como jamás podrán llegar es poniendo trabas a la mejora de la situación legal de aquellos individuos más expuestos.

Sinelo1968

Sinelo1968

Fan del conocimiento y de la belleza; y de la belleza del conocimiento, y del conocimiento de la belleza. Ya sabes de lo que carezco.
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