Todos esclavos

Es el español hijo de una primavera robada, esclavo vendido a comerciantes sin oportunidad de escapar.

Es esta una época de renacimiento, de recuperar lo peor de la humanidad.

Aquellos amos terribles están aquí, entre nosotros de nuevo, nunca se fueron; solo esperaban recuperar las fuerzas para volver.

Sus intenciones son las mismas, sus armas son las mismas, su ferocidad es la misma.

Los sueños caminan despacio, se arrastran encadenados pierna con pierna.

Estrechas las fuerzas y ya solo con el coraje justo para poder sobrevivir, agotamos nuestro tiempo.

El tiempo no es un amigo fiel, corre en nuestra contra, corre a favor de aquellos que se hacen más fuertes cada día mientras hemos de aceptar compartir destino con esos hombres, mujeres y niños que mueren atados a sus cadenas, a nuestras mismas cadenas.

Los comerciantes vacían las mentes y después las alimentaban a la fuerza para vender esas voluntades en el mercado.

Nos golpean, nos encierran, nos azotan para someternos y frotan nuestras heridas con burla para hacer lección del dolor atroz.

Hombres comprados que nunca llegarán al destino prometido porque no hay destino.

Hombres que aceptan el precio del engaño, hombres que aceptan la ilusión de ser de los suyos, hombres que traicionan a los propios impresionados por el poder, aterrorizados por la sangre fría de unos tiranos poderosos y vacíos.

No podemos reprochar ese miedo, ni tampoco podemos condenar a los ignorantes por encontrar un camino equivocado, por caminarlo y por seguir un rumbo contrario.

Este es un mundo cruel para los amotinados.

Los comerciantes lo han hecho bien, se han unido, se han adoctrinado y se han mentalizado para el renacimiento.

Llegaron callando, vestidos como nosotros, hablando como nosotros.

Desembarcaron, se aprovisionaron con el oro que encontraron en los bolsillos de sus esclavos y cuando recuperaron las fuerzas, levantaron su dedo acusador y apuntaron hacia los trabajadores.

Les acusaron de pertenecer a los amotinados, les llamaron asesinos y convencieron a los dóciles de que los súbditos y los esclavos españoles son gentes de bien y que ese es el camino que debe ser tomado para que tanto ellos como sus familias puedan alcanzar el honor de ser declarados libres.
Y así es hoy el español, aprendió bien la lección de los dóciles.

Odia al que le defiende porque le recuerda su propia traición.

Odia al que lucha por todo, por todos, por él mismo porque le recuerda que él también podría luchar y que no tiene lo que tiene que tener.

Odia a la madre que amamanta a su hijo porque le recuerda el poco amor que los cobardes profesan por sus hijos.

Odia a los diferentes porque le recuerda que él también es diferente, que no pertenece a ese mundo.

Son los ojos del cobarde, la mirada dócil del domesticado revelación de un pensamiento muerto.

Tumba del desacato justo, de la confrontación legítima del explotado frente al explotador.

Es por eso que el cobarde, el ignorante adopta la forma del sicario, la doctrina del brazo armado del tirano.

Hay en la mirada del sicario una resolución amarga que conlleva el doloroso martirio de agotar la dignidad.

Abandono de todo lo que nos humaniza, olvido de lo que nos diferencia de las bestias.

No son para el sicario argumentos de peso la justicia, la humanidad, la empatía.

Ni siquiera la ley.

Y contra esto luchamos los amotinados.

No luchamos contra corruptos, tampoco luchamos contra los tiranos.

Luchamos contra la mentira, contra la traición.

Luchamos contra nuestros hermanos de hambre, contra nuestros compañeros de camino.

Y luchamos contra nuestras convicciones.

Las que nos avisan de que estamos equivocados y que nos empujan a continuar errando.

Esa es la lucha real, la que duele de verdad.

Es la que deberemos librar un día tras otro antes de afrontar la batalla final.

La batalla que nos lleva a Brasil, a Venezuela, a Paraguay, a Korea, a Rusia, al mundo entero.

Porque la lucha de los iguales es la lucha de todos, ya no hay distancias, ya no hay neutralidad posible.

Porque el liberalismo es asesinato, genocidio, hambre y guerra allí donde prolifera y una vez que hace raíces contamina en forma de círculos concéntricos a la humanidad entera.

Esa es la primera batalla, la de perder el miedo a llamar a las cosas por su nombre.

Estamos en guerra, la Tercera Guerra Mundial.

Europa, Asia, África, el planeta entero sangra y nosotros aun pensamos que podemos vencer a los asesinos por las buenas, con democracia y buenas razones.

Ellos saben que tenemos razones, nosotros lo sabemos también, esta certeza nos ha dado cero victorias.

Y muere gente, mucha gente, todos esclavos.

elsopazax

Escritor autor de la novela SIN PULSO y bloguero a tiempo muy parcial. Emigrado a Brasil pero vigilando de cerca a mi buena gente.
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