Un quintal de libros

Para satisfacción y gozo y mayor honra de mi causa que, a todos los efectos, deviene culta e intelectual, enhorabuena vengo a tener heredada, por parte de padre, y además perfectamente ordenada, así como guardada en ilustre depósito, una conspicua y seria y considerable biblioteca al uso personal, cabalmente compuesta por 600 libros más o menos, legajo arriba, novelón abajo; desde mi punto de vista, en efecto la columbro, de hito en hito, respetable, honorable y prócer, pero, bien mirado el contexto que allí justamente se da cita, sin embargo me parece un punto ingenua, así como exigua y, por lo demás, no demasiado variada que digamos, al menos fundamentalmente hablando, de tal suerte que muchas veces la encuentro dijérase simplona, uniforme, beocia en demasía y muy dada a la consabida parsimonia del mundo todo que, por lo general del caso, casi siempre suele andar vilmente escondida tras el velo de la archiconocida voluntad humana, cuya misión principal consiste en fomentar, a lo largo y ancho del Universo todo, el voluptuoso carácter del perpetuo, ¡qué digo perpetuo?, del eviterno amor de marras, el cual nunca osa poner mientes en nada de lo que hace, produce o practica luego en almoneda suma y a discreción y como si tal cosa fuera lo más normal del mundo: lo mismo que sucede en la raza, acontece en las novelas rosas y no digamos nada al respecto de la Poesía, puesto que la susodicha ya genera por sí sola una especie de tediosa sensación asaz desagradable, siendo, en mi opinión, el eterno, el eviterno, el sempiterno cuento de la lechera, constantemente repetido hasta la saciedad, hasta el hartazgo (cual si fuese un infusorio de la religión, en este caso amorosa), sálvense ligeras diferencias de género sin mayor importancia, tajo parejo postuladas de por medio; y por eso mismo, la Poesía en cuestión, las más veces consigue sacarnos de nuestras casillas, cuando no, de quicio; por no hablar aquí de la Narrativa Moderna, ora académica, ora ejemplar, ora catedrática, ora catecúmena: “Para mí nada hay más vergonzoso que el acto de escribir bien, rematadamente bien, y, sin embargo, no decir ni pío”; y, mientras tanto, los científicos de turno buscando vida alienígena allende la nebulosa de Orión, ¡con la que está cayendo aquende la atmósfera!: para mí que no saben distinguir un olivo de un almendro.

FUEGO.

La Humanidad es circo ambulante, teatro itinerante y función pensante… Adolece de seriedad, deviene renqueante, paso jacarandoso y vozarrón apabullante; nada, corre y vuela al unísono con su palpitar claudicante; es suspiro de traición, amante, pasión encubierta y ponzoña desternillante.

¡Humanidad, humanidad vergonzante!

 

”El sótano impertérrito”, artículo nº. 29.

© José Javier Martínez Rodríguez.

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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