A medianoche

Th. Moore, en su “Letters and journal of Lord Byron”, de 1830, enhorabuena tiene escrita una frase francamente profunda que maese Schopenhauer, algo más tarde y muy a modo de cita, ulteriormente tomó prestada (sic) si bien para formar parte de su bellísimo librito, tan íntimo cuan personal, cabalmente intitulado: “El arte de conocerse a sí mismo”, la cual decía así: “Cuanto más observo a los hombres, menos los soporto; si pudiera decir lo mismo de las mujeres, todo estaría bien”.

Ahora bien: nosotros los inmunes, los individuos solitarios, los espíritus libres, los seres medio abúlicos, medio hiperbóreos, en cuanto leemos un contexto semejante, ex abrupto discrepamos de lo lindo, incluso muchísimo, pues, de hecho, para nada podemos ser partícipes del culto empero oculto pensamiento que aqueste gran particular efectivamente presume dijérase de un modo asaz institucionalizado, en todo rigor, civilizado a más no poder; quizá porque nosotros, antes al contrario preconizamos lo siguiente: “Cuanto más observo a las mujeres, menos las conozco; si pudiera decir lo mismo acerca de los hombres, todo estaría en orden y prácticamente listo para acatar sentencia”.RAYOS

Y, sin embargo, el primigenio Ideal Inmune, aún está por llegar, puesto que viene siendo otro pero que muy distinto y además harto diferente, de tal suerte que, a propósito de citas, el dictamen al uso, en principio no parece tener mucho fundamento que digamos, pero, bien mirado, bien leído, bien estudiado a fondo, desde luego no es así, antes al contrario conserva en su interior manifiesto un sí es no es bastante miga propiamente digna de ser fagocitada presto: “Cuanto más observo la Humanidad, tanto cuanto menos soporto el mostrenco peso de la raza; si pudiera decir lo mismo con respecto a la iracunda voluntad de la especie, todo estaría perdido y, en consecuencia, ya no tendría a nadie con quien tratar la inteligente rémora filosófica”. Es decir, y váyase en secunda enumeración de párrafos secuencialmente creados ad hoc: Que la muy paradigmática función de la vida, comoquiera anda repitiéndose de manera constante, quien dijo constante, ahora dice invariable, incesante, impertérrita (Noveno Libro), toda vez situada sobre la misma platea de siempre –sálvense ligeras y someras modificaciones de índole eventual que, en relación al conjunto, no tienen mayor importancia–; que la conspicua representación llevada a cabo por los señores Aristóteles, Platón, Kant, Schopenhauer, Larra, Nietzsche, Gasset, Baroja y maese Cela, al fin y al cabo no es sino la misma entonación periódica que, respectivamente hablando, tan sólo fue cambiando su intrínseca ubicación empírica, puesto que todos, y no se salva ni uno, al unísono con sus respectivos ideales, efectivamente representaron el mismo papelón de marras que, para más señas, difiere, y de qué manera, del usual, del preceptivo, del preponderante, del marcado por la sacrosanta voluntad de la especie; que el infructuoso devenir de la raza humana, comoquiera está escrito a priori y, por ende, nunca osa cambiar a mejor, tan sólo hace ademán hipócrita, dando a entender su buena voluntad de mejorar el mundo en ciernes, cuando en realidad no es así, puesto que la iniquidad, la maldad y la perversidad enhoramala siguen estando, empero, ahí, propiamente presentes, las más veces agazapadas, solapadas, encubiertas, dijérase a verlas venir y muy a la que cae; que la raza humana nunca parece aprender la lección empírica ni así la pongan contra la espada y la pared, es incluso más grave todavía, a saber: cualquiera que anduviera en su sano juicio, bien podría decir, al respecto de nuestro tiempo, en relación a nuestra época, lo siguiente, esto es: a mi parece que aún seguimos estando en somero proceso de franca recuperación, una vez que nos fue entregada la demencial herencia del mundo, principalmente constituida por dos auténticas guerras mundiales, unos cuantos dioses en liza, algunas enfermedades nuevas, quizá de laboratorio, mil especies animales desaparecidas, una contaminación incipiente, un egoísmo sin límite, una producción en masa, una capa de ozono quebrantada por mor de mil cohetes varios, un incesante quebrantamiento del suelo patrio, una ballena aquí, un elefante allá, una indispuesta propagación francamente inconsciente, etc., etc., etc. Todo y más aún desgraciadamente acontece al paso que Nietzsche se lamentaba porque no veía por ningún lado la categórica y aristocrática y suprema voluntad de poder, ¡arsá pilili!, ¡apaga y vámonos!, ¡adiós Madrid!, ¡si será ciego de nacimiento! Y, sin embargo, “El hombre inmune” (Séptimo Libro), nos dice: en cuanto el ser humano enhoramala fue depositado en la Tierra, tajo parejo dio comienzo el demencial periplo de la mostrenca voluntad de poder, lo mismo aristocrática, social, catecúmena, barriobajera, política que guerrera… De ahí la muy consecuente negación de la vida que maese Schopenhauer intentó explicar y que algunos paisanos suyos no comprendieron del todo bien; de ahí el prístino y original sentimiento cristiano por antonomasia que algún egoísta nato no comprendió demasiado bien; de ahí mi insólita sentencia: yo creo que Nietzsche fue un hombre con sentimientos inguinales, o séanse femeninos, reproductores, inquisitivos…

 

La Religión propiamente dicha para nada es aquello que Nietzsche destripó sobremanera, sino algo mucho más profundo todavía, a saber: el orgasmo de Sor Voluntad que, cual tabardillo, se sube directamente a la chilondra. Yo, en mi ignorancia infinita, lo llamaría, tal que así: humanidad, sin hache mayúscula. Y quien quiera entender que entienda.

 

”Retazos de alma en pena”, artículo nº. 99.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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