Del homo habilis al homo ego

La evolución no tiene por qué implicar una mejora en todos los aspectos. Se puede mejorar en algo, pero la especialización supone concentrar cualidades en una área concreta, descuidando otras o, cuando menos, aspectos genéricos que podrían afectar a varios campos.

Pongamos por caso nuestra propia evolución, retrocediendo hasta aquellos seres anfibios que se hallan en nuestra línea evolutiva más directa. Con seguridad que debió de haber un momento, o más bien un periodo, en que aquellos seres podían haberse apegado más al medio acuático, olvidando el terrestre; y sin embargo sus acciones les acercaron más a este último, haciendo que se adaptaran mejor a vivir sobre el suelo seco, pero a la vez convirtiendo en hostil su primigenio medio acuático.boards-378014_960_720

Los humanos primitivos debieron de tener el mismo comportamiento pragmático que muestran hoy la gran mayoría de especies conocidas. Los pocos casos en que esa actitud parece romperse tienen que ver, o con el cortejo (¡ay, locuras de amor!), o con su tiempo de ocio, como en el caso de algunos primates. No sé cuál de estos dos orígenes pudo tener la idea de engalanarse, o si tuvo algún otro (presumir de una pieza cazada, por ejemplo), pero creo probable que esa fuera una razón por la que, si no despertaron, sí al menos se agudizaron entre nuestra especie la envidia y/o los celos: esto es, el egoísmo. O incluso es posible que sólo diera origen a un mero sentimiento de superioridad de casta, de clase, o de grupo social.

Es bueno, nos dicen los psicólogos, que existan esos deseos de competencia y de autosuperación, así para el desarrollo social como para el personal, respectivamente, siempre y cuando no se hagan patológicos. Esa, me temo, es la cuestión.

Indudablemente el afán de superación y la curiosidad han sido dos de los verdaderos motores del progreso humano, científico y tecnológico, pero ese progreso ha tenido lo que podríamos llamar “efectos secundarios no deseados”. Por ejemplo, la constante competencia entre pueblos, naciones e individuos nos ha llevado a una relajación ética (o moral, para quien prefiera aplicar aquí ese término) que en épocas pasadas, con mucha menos población y comunicación, quedaba diluida entre la ignorancia y el secretismo, y sólo se daba a conocer en escasos testimonios escritos. Pero hoy día, con la abundancia y hasta el exceso tanto de éstos últimos como de las formas de comunicación, se nos ha revelado de una manera muy patente.

El más claro exponente de esa degradación lo constituye la evolución que ha sufrido la palabra “usura”.

Inicialmente, con ella se designaba al dinero recibido a modo de préstamo sin interés. Es decir, a lo que en la Antigüedad se le llamaba “usura”, hoy simplemente lo llamamos “préstamo”. Más tarde (ignoro en qué periodo histórico, pero seguramente en la Edad Media, como sugieren los propios Evangelios canónicos) se le llamó “usura” al interés cobrado por un préstamo; es decir, el mero hecho de cobrar intereses ya se consideraba usura. Finalmente, creo que en el siglo XVIII ó XIX, pasó a denominarse “usura”  al interés cobrado por un préstamo, solamente cuando dicho interés resulta excesivo:

«La práctica de solicitar como devolución del dinero prestado algo más que la cantidad prestada, antiguamente se creía que era un gran daño moral, y mayor cuanto más se tomaba. Ahora no se considera peor pagar por el uso de dinero que por el uso de una casa, o de un caballo, o de cualquier otra propiedad. Pero la persistente influencia de la opinión anterior, junto al hecho de que la naturaleza del dinero facilite al prestamista oprimir al prestatario, ha provocado que casi todas las naciones cristianas fijen por ley el índice de compensación por el uso de dinero. En los últimos años, no obstante, la opinión de que el dinero ha de prestarse y devolverse, o ha de comprarse y venderse, en los términos que cualesquiera partes acuerden, como cualquier otra propiedad, se ha asentado en todas partes».

(“American Cyclopedia”, texto incluido en “The 1913 Webster Unabridged Dictionary”, Project Gutenberg).

 

Insisto en destacar que la obra data de 1.913, es decir, una época lo bastante cercana como para que algunas personas que la vivieron casi pudieran vivir todavía, así como para que contemos con registros escritos de sobra para hacernos reflexionar sobre la evolución de este concepto en relación a sus implicaciones éticas y morales.

Esta sucesión y gradación de significados para la misma palabra en un mismo contexto muestra con una claridad de lente astronómica, a su vez, la degradación que paralelamente ha sufrido la ética, cuando con el tiempo hemos ido tolerando determinados comportamientos, acostumbrándonos más tarde a verlos como normales, para terminar asumiéndolos como incluso lógicos y adecuados al derecho. Personalmente, nunca he entendido, y creo que jamás lo comprenderé, qué sentido tiene que el prestatario deba compensar al prestamista por el valor futuro del dinero recibido en préstamo en el presente, si el prestatario lo va a disfrutar en el presente, y el prestamista sólo se va a ver privado de él en el presente. Esta misma degradación ética se observa también en la tolerancia que tenemos los gobernados respecto a las actitudes de tiránico abuso por parte de los gobernantes.

Me parece paradójico que en la época en que mayor cantidad de información fluye por el mundo, y sobre todo, cuando más generalizada es la difusión de la misma por todo el globo, y por tanto, cuando más numerosos abusos conocemos y cuanto más flagrantes son éstos, sea precisamente la misma época en que las movilizaciones sociales son menos apasionadas y más localizadas. Ningún ser humano bien pensante, inteligente y sensible puede contentarse con las falsas promesas y vanos documentos mojados en que se apoyan los dirigentes para conservar, no ya las mismas estructuras de poder, sino incluso su propio margen personal de poder.

Lo que estamos viendo hoy día con los refugiados no es meramente el presente de una nación: estamos contemplando el futuro de toda la humanidad, o al menos de aquella parte de la misma que tiene más difícil acceso a las cotas de poder necesarias para controlar los pilares en que éste se sustenta. Sé que puede parecer exagerado hablar así, pero conforme la tecnología vaya aumentando su grado de reemplazo de la mano de obra humana también se incrementarán (quizá con la excusa del terrorismo) tanto el grado de control de las acciones, actitudes y hasta de los pensamientos de todo individuo, como el grado de represión de las masas por parte de las fuerzas de seguridad, hasta que finalmente la gran mayoría de la población humana acabe formando parte de unas “granjas de obreros” con baja cualificación, o con ninguna, o cuyos conocimientos se limiten a aquellos empleos para los que se les educará desde la infancia.

En nuestra mano está decidir, aquí y ahora, hasta dónde vamos a tolerar que nuestro mundo siga deteriorándose, hasta dónde vamos a ser capaces de llevar nuestra propia degradación ética sin tomar ninguna medida para ponerle remedio.

En una posible crítica se me puede argumentar que son los poderes financieros los que sostienen el mundo y le hacen funcionar, pero esa forma de razonar demuestra una intolerable estrechez de miras, imperdonable en un mundo que camina hacia un autoexterminio simultaneado con una superproducción como no se ha dado nunca en la historia de la humanidad. Todo ello tiene su origen en una degradación ética similar a la anterior que ha existido siempre en la humanidad, en la mayoría de civilizaciones (parece que en las selvas de África y sobre todo de América hay otras formas de organización social), en relación a la riqueza. Hay fundamentalmente dos vías de generar ésta: el trabajo productivo, y la especulación financiera; la especulación no deja de ser financiera incluso cuando se especula con el precio de materias primas, sólo que entonces resulta éticamente más intolerable, o moralmente si se especula con el precio de los alimentos básicos. Siempre pongo ejemplos extremos para que se vea más claramente a lo que me refiero:

  1. Pongamos que una persona, salvo lo necesario para una espartana supervivencia, cambia por oro todo lo que gana especulando a través del ordenador, con una dedicación de dos horas diarias; y utiliza todo ese oro para construirse una espectacular mansión de oro macizo. Quizá llegue un momento en que sea la persona más rica del mundo, pero nadie disfrutará de lo que posee, ni ella misma, dado su frugal estilo de vida, y sin embargo toda su riqueza empobrecerá a más y más gente y no generará riqueza, más allá de la banal variación de capitales financieros que sus operaciones provoquen; y sin embargo, el mundo financiero y muchas personas de las clases altas e incluso de otras justificarán y hasta envidiarán su comportamiento.
  2. Pongamos por otro lado, a una persona que se mata a trabajar doce horas al día, extrayendo el oro de una mina. Un empleo así, lo más probable es que tenga una remuneración mínima, casi esclava, y lo poco que gane deberá emplearlo en comer algo a diario, y quizá en un poco de “diversión” al anochecer, antes de ir a dormir.

¿Acaso no es el individuo del segundo ejemplo quien está generando realmente la riqueza que disfruta el del primero? Nuestras sociedades continuarán degradándose en todos los aspectos en tanto en cuanto no tomemos conciencia de que se acabó la era de la acumulación, y ahora el ser humano vuelve a ser el nómada de las épocas más remotas, viviendo con lo necesario para no agotar los recursos del planeta ni dejar que muchos seres humanos pasen necesidad a cambio de que uno solo disfrute de un superficial capricho o de un bien exclusivo; nómadas dentro del planeta, viajando allá donde se den mejores condiciones climáticas y de suministros de agua potable, y nómadas extraplanetarios viajando en busca de otros cuerpos celestes en los que asentarse. Hasta ese momento, todo lo que se haga será dar vueltas al vallado para no entrar y plantar cara al toro.

Sinelo1968

Sinelo1968

Fan del conocimiento y de la belleza; y de la belleza del conocimiento, y del conocimiento de la belleza. Ya sabes de lo que carezco.
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