El bloc en blanco

Cuando el hombre común y tuercebotas, llámese Fulano, Mengano o Zutano, bajo el auspicio de un momento de extrema lucidez, siempre en desmedro de su preceptiva vida harta representativa y, por descontado, a menoscabo de su miserable instinto francamente gregario, enhorabuena decide dejar de ser un inconsciente mecanismo al uso de la gran masa ordinaria, al uso de la claque, al uso de la hipocritísima Sociedad Moderna, máxime cuando deviene europea o estadounidense; cuando el hombre común y zampabollos, llámese Perengano, don Nadie o directamente Quídam, enhorabuena decide dejar de ser un voluntarioso animal propiamente digno de la ingente manada al uso, un vulgar sujeto del montón, un palmario melón de invierno, un confundido quiero y no puedo, un mediocre político de marras; cuando el hombre común y tumbaollas, llámese Tarugo, Molondro o Mastuerzo, enhorabuena decide abandonar la humillante esclavitud que a modo de cadena infame presume la burda

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JUAN GRIS. Le touranaeau

existencia de todo el denigrante sistema social que a la postre lo define y caracteriza de cuerpo entero, tal como si fuera, el individuo en ciernes, un simple títere de feria que comoquiera debe ser legalmente manipulado a discreción durante toda su vida, ora ruin, ora miserable; cuando el hombre común y tarambana, llámese Pablo-Romero, Miura o Manolete, enhorabuena concluye por cortar a cercén todos los lazos que comoquiera atenazan el mostrenco devenir del muy sensiblero corazón malherido, ceguezuelo por definición; cuando el hombre común y picapleitos de mala muerte, llámese Conquistador, Sátrapa o Tarado, enhorabuena decide suprimir cualquier dependencia sentimental y toda clase de vorágine un sí es no es romántica, al tiempo que desprecia la atractiva y consuetudinaria y voluptuosa imagen del amor propiamente dicho, cualesquiera que sean sus signos, sus portes y sus enclaves altamente prometedores, pues bien: cuando un hombre común, en un acto de valentía sin par, tajo parejo lleva a cabo todo eso, ni que decir tiene la solvente compostura mediática que presto se le avecina encima, las más veces con preciso ahínco, extremada puntualidad y magnánima rigurosidad, pasando a ser, casi con toda seguridad, una persona, una persona de bien, hecha y derecha, más aún, de armas tomar, quizá filosófica, tal vez genial, quién sabe si en el mejor de los casos no devendrá en insigne espíritu inmune, ¡lo que faltaba para el duro!, toda vez forjado de una sola pieza sañudamente maestra; pero, claro, no todo va a ser un camino de rosas, coser y cantar, lavar y guardar la ropa, soplar y hacer botellas, por lo tanto, como todo lo bueno quieras que no trae su lado negativo, a cambio de la felicidad estoicamente conseguida a través de su insolente e insurgente osadía, fuera ascesis claramente personal, del mismo modo pasará a ser, empero, el principal objetivo a redimir por la prepotente y muy beligerante caterva de marras que, a propósito de males sin causa aparente, desde siempre viene negando, y de qué manera, la posible e incómoda existencia de personas categóricamente superiores que a la postre pequen de abúlicas, en cuanto a voluntades distinguidas se refiere, fueran teodiceas vivientes; de tal suerte que, a partir de entonces, nuestro emblemático protagonista en cuestión, en lo sucesivo será considerado tal como el “enemigo número uno a batir” por la consabida y archiconocida voluntad humana, lo que bien mirado, no es poco enemigo en lid, ni tampoco liviano el enjambre intrínsecamente ofendido, por lo que en breve dejará de estar considerado tal como alguien loablemente digno, para nada formal o respetable, antes al contrario será tratado más bien cual si fuese un hereje, un filisteo, un insurrecto, un pagano, un endemoniado, un poseso, un bicho viviente, un traidor para con la mostrenca y muy valetudinaria raza humana que no ve allende sus narices, entre romas, griegas y Francia. Es entonces cuando la muy aceda soledad, tras haber cometido el valeroso y muy atrevido lance que a todos los efectos supone el virtuoso desasimiento social, automáticamente acudirá a su inseparable vera, siempre dispuesta a brindarle estrecha y sucinta y secunda compañía, siempre presente luego en calidad de fiel compañera de fatigas un sí es no es demasiado domésticas, siendo, al fin y al cabo, la única fidelidad realmente verdadera que enhorabuena existe a lo largo y ancho del soberbio y escindido y muy literario mundo en el cual solemos vivir todos aquellos intelectuales de pro que, por más señas, ya no sentimos siquiera la dionisíaca pasión que ostentosamente platicaba el señor Nietzsche. La cosa del dispar es a saber: mucho más grave todavía, sobre todo porque eminencias tales como, por ejemplo: los señores Schopenhauer, Spinoza, Bruno, Leopardi, Hernández, Larra, Lorca, Huss, Sócrates y un largo etcétera, aun siendo verdaderos genios sin par, no obstante tuvieron que soportar y encajar y tragar la muy denigrante compostura social de sus respectivas épocas, retrógradas en alto grado, inquisitivas a más no poder, resentidas en esencia –y la cosa no es que haya mejorado mucho desde entonces–, de tal suerte que todos, y no se libra ni uno, enhoramala fueron literalmente marginados, acosados, derribados, asesinados y hasta quemados vivos, las veces perseguidos por el incansable ojo del deseo voraz (Radio Futura).

Así, pues, tras haber comprendido a la perfección el profundo significado de la palabra librepensamiento, la cual suele provocar de suyo una especie de irritación general, consuetudinariamente postulada por la gran mayoría social –de ahí el nacimiento de las monarquías democristianas, más aún, de ahí el Renacimiento mismo–, conforme a todo ello ni que decir tiene nuestra ingenua entonación al uso de una posible inmunidad antes bien creada expresamente, cuanto más que el aplomo de nuestra opinión, con respecto a la moralina de todo aquello que efectivamente deviene anejo, perdón, ajeno a nuestra voluntad de vivir de un modo intrínsecamente diferente, al trasunto le trae absolutamente sin cuidado, siendo algo así como el eviterno sonido de nuestra sempiterna prédica en desierto; por consiguiente, tanto si gusta como si no, así de bien hemos nacido, así de bien vivimos y así de bien moriremos mal que le pese al inconsciente e instintivo orbe entero (los que nacemos de manera póstuma poco nos importa el presente): el iconoclasta relevo inmune, así lo requiere y, por lo demás, nunca suele hacerse de rogar; eso de esperar sentado en la oficina de turno, practicando el chitón, haciendo la vista gorda, los oídos sordos y de tripas corazón, cual periodistas sin luces, enamorados de la vida u hombres de pelo en pecho, desde luego no es lo nuestro, ni hartos de vino peleón podríamos rozar siquiera tal grado de quietud, sumisión e inconsciencia: esto es algo que, a la mujer, siquiera sea en términos sexuales, no le desagrada del todo, puesto que el influjo de nuestra pertinaz inteligencia, con respecto a nuestro instinto animal, a la sazón no se deja domeñar fácilmente, así que la cosa, ejem, va para largo, tanto cuanto tiempo dure en desarraigarse nuestra razón, del tronco paterno, antes bien llamado instinto o, en su defecto, fe de bautismo. Amén.

”El sótano impertérrito”, artículo nº. 56.

© José Javier Martínez Rodríguez.

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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