El mal del borracho  

En teoría, la moralidad es algo así como juarda inconfesa; y la ética, en la praxis, una virtud en desmérito, en constante desmérito.

De ordinario preconizo que, en general, es la brutal sinceridad y no la insigne sabiduría: el colosal fruto, el formidable hontanar o la suprema encargada de gestionar, dirimir y exhortar la filosófica actitud del hombre a todas luces genial, es decir: Schopenhauer, al igual que don Camilo José Cela, concluyó siendo tan sincero como sabio, mas no sucede así con el malogrado señor Larra que, al igual que maese Nietzsche, ex profeso vino a ser mucho más sensible de lo normal, más leal de lo corriente, más honesto de lo habitual y, por omisión de ciertos poderes, algo menos sabio de lo idealmente sonsacado a colación, válgale al resón de aquellos dos primeros monolitos, quieras que no, inamovibles; los perínclitos caballeros Cervantes, Quevedo, Gasset y Baroja, no obstante su belleza, su aplomo, su expresión y su carácter inequívoco, respectivamente, entretanto libran y, por ende, quedan fuera de juego, al menos de momento; y, sin embargo, el ecuménico y muy catecúmeno señor Malebranche, ave María Purísima sin pecado concebida, al igual otros muchos pensadores propiamente pertenecientes al orbe de la católica Orden cristiana (San Agustín, Santo Tomás, Aristóteles, Descartes, Tolstoi, Pascal y luenga compañía), en absoluto detrimento de la sacrosanta lucidez, al balance no fue ni una cosa ni otra, quedándose, como mucho pedir, entre Pinto y Valdemoro, y más concretamente hablando, entre el conceptual abismo de dos tierras escindidas a desdoro de la seriedad, por cuanto devienen yermas, inhóspitas y obsoletas: se conoce que el pobre infeliz, al trasunto de todo no dijo ni pío (perdón: ha sido una anfibología espontánea, ahí es nada), no hizo otra cosa en su vida que escribir quimeras y utopías varias, total para revestir anodinas imágenes cabalmente preñadas de amor y, de paso, enmascarar así el deficiente halo que comoquiera rodea la mollera de la muy estupefacta religión, por lo que siempre anduvo en pos de la absurda moral humana que, al socaire de la ingente hipocresía, todo lo embrutece sobremanera, tal como si fuera, esta precisa rémora en concreto, una invencible cosa metafísicamente mala, de tal suerte que, ya sea por desgracia o mala ventura, nunca deviene en calidad redimida, nunca ha sido educada o al menos aleccionada de ningún modo, llegando a ser, en consecuencia, el endémico mal de la raza humana, en España lo mismo que en Detroit, Jerusalén o Valparaíso, allende los mares.

En teoría, la moralidad es algo así como juarda inconfesa; y la ética, en la praxis, una virtud en desmérito, en constante desmérito. ¡Catapum!velazquez

Si bien es verdad que la mostrenca raza humana mejora de cuando en cuando –no cuantitativa, sino equitativamente, es decir, no en número, sino a razón del individuo–, sin embargo, aunque sea poco a poco, despacio y muy de uvas a peras, incluso así resulta deleitoso observar cómo la personalidad, el carácter y la inteligencia, siempre en bella armonía con la valentía, el coraje y la íntegra razón del ser hecho y derecho, entretanto van ganándole terreno a la voluntad, al amor y a la religión, por lo que la estulticia, el egoísmo y la demencia propiamente dicha, aunque sea poco a poco, despacio y muy de Pascuas a Ramos, en resultas van cayendo enteros –repito, no en términos generales, sino en calidad personal–; de tal suerte que la gran conjura de necios y la gran alianza de lerdas, a fin de cuentas marchan en retirada, fuera perdiendo adeptos por el camino de marras, al tiempo que los fanáticos más acérrimos del mundo, ex abrupto parecen despertar de su abisal letargo infinito, todo y más aún acontece en la mostrenca viña del Señor, al paso que las criaturas más rabiosas y maniáticas del lugar, enhorabuena empiezan a ser un tantico conscientes de su ridícula posición harta indecorosa, siempre acompañada por su infalible condena asaz encumbrada, su patología infame y su maledicencia de género, tantos siglos mantenida a fuer de prepotencia, salvajismo e injusticia repartida a discreción. Luego es completamente lógico y normal que las mayorías en ciernes, a lo más tardar decidan unirse, acoyuntarse y entremezclarse luego en almoneda suma, las más veces formando mezcolanza, incluso haciendo piña de común acuerdo, cualesquiera que sean sus debilidades, sus carencias o sus controvertidos defectos naturales, máxime cuando todos sus componentes efectivamente devienen semejantes, anejos, similares, comunes, uniformes, análogos e incluso idénticos, lo que ya es decir, en cuanto a paridades se refiere: los ingentes bancos de sardinas, lo mismo salmonetes, merluzos, caballas y japutas, en cuanto aparecen tres o cuatro escualos con su abisal y torva y negruzca mirada inquisidora, asimismo hacen lo propio, no así las volátiles y balsámicas medusas, tan hermosas y atractivas cuan hirientes y repelentes al tacto más o menos insensato, que, dondequiera que se hallen flotando, siempre terminan yendo a lo suyo, aquende la subjetiva realidad que tajo parejo las define y caracteriza: el gelatinoso estado de su candoroso intelecto, tal detrito, al trasunto no da para más, por lo tanto, es la voluntad de la insolente mar quien así o asá las guía, arrastra y conduce por entre las mareas brutas, cual si fuesen corrientes a la deriva, flujos repentinos impelidos por el fragor del viento oceánico, piélagos sin fronteras, organismos harto delicados, tan ignotos como hueros, siempre a merced de una escampavía de bote en bote cargada de pasión, emoción y sentimiento que al pairo navega, a modo de infusorio, sin razonable rienda alguna… Lo demás, lo demás bien podrá deducirlo por sí solo el muy imaginativo lector que instante leyere nuestra amena entonación, ora mediocre, ora profunda, empero despojada de manumisión alguna.

En tanto en cuanto sigamos siendo inmunes, seguiremos criticando de valiente la pedestre y cerril voluntad femenina, luego somos hombres; en tanto en cuanto sigamos siendo hombres inmunes, seguiremos denostando el terco y tozudo amor masculino, luego somos personas. Tantas injusticias sufrirá la mujer, cuantos varapalos encaje el hombre: la eviterna guerra de sexos en litigio, al fin y al cabo es lo que tiene. No obstante, aunque seamos más misóginos que Platón, Byron, Huarte, Quevedo, Cela, Francisco de la Torre, Napoleón, Chamfort, Leopardi, Kierkegaard, Hume, Rousseau y Schopenhauer (también los hay machistas entrambos misóginos mencionados), lo que ya es decir, en cuanto a misóginos se refiere, sin embargo, la mujer siempre se merece un respeto, si bien no pretenda colarnos gato callejero por liebre montuna, porque entonces nos da la risa y lo que en un principio parecía ser tolerancia, cortesía y prócer miramiento, al trasunto quedose reducido a lástima, pena y conmiseración, toda vez situados frente a una criatura idealmente creada para solaz y reclamo de la briba: de ahí que la mujer, desde Platón en adelante, devenga distante, ajena, gélida, superficial, extraña, antipática, inquisidora, esquiva, marimandona, indiferente, solapada, calculadora, perversa, injusta y un punto malvada, y ¿por qué demonios es así la mujer?: pues muy sencillo, porque fue concebida por y para el dominio público, para solventar el sacrosanto asunto de la especie y para mirar por el futuro de la especie y no por el presente del individuo en sí (el hombre la quiere así de simple y no de ningún otro modo): cuando nos traen al mundo y nos abrazan y nos amamantan durante el periodo anal que dijera Freud, no lo hacen por amor, sino por instinto: todo esto quien lo sabe no es el intelecto, el cual suele granar en inconsciencia, sino el instinto puro y duro, tan prístino y consanguíneo, cuan primigenio y originario.

[ctt template=”12″ link=”ie806″ via=”no” ]Con la mujer al mando, no creo que el mundo marchara peor de lo que ya va, con el grandísimo necio a la cabeza.[/ctt]

Si bien no estaría de más apuntar el siguiente razonamiento: pese a que muchos hombres compraron a sus mujeres a precio de ganga, muchos poseen a la mujer cual si fuese una esclava, y muchos quieren una prostituta al uso del catre y la alcoba, sin embargo, muchas mujeres se vendieron por cuatro perras mal contadas, muchas se dejan hacer al menor descuido, y muchas están deseandito soltarse el pelo, quitarse la máscara de la virtud y desprenderse así del incómodo y ceñido disfraz que comoquiera rezuma decencia a borbotones: en fin, allá ellos, allá ellas. La fidelidad con quien sea, desde luego es acervo patrimonio de unos pocos elegidos; de tal modo es así, que, a mi entender, el número de matrimonios o parejas fieles entre sí, a ojo de buen cubero debe rondar, cómo mucho pedir, el cinco por cien del total, sea dicho después de haberme pasado tres pueblos largos: la velocidad, habida cuenta de males, es lo que tiene y según el maestro Séneca no se puede confiar en nada cuya naturaleza devenga en movimiento.

El gran problema de la mujer es de orden masculino, si bien porque ningún hombre, disfrazado de cura o no, se sincera con ella, dejándola siempre convaleciente: de ahí la democracia, la Ley, el cristianismo, más aún, la religión propiamente dicha, es decir, la camisa de fuerza que el hombre impone a la mujer por y para que siga ejerciendo su preponderante papel de hembra al uso de la voluptuosidad. De tal suerte que, en cuanto una decide destacar, se separarse del redil, devenir en persona distinguida, ¡a la hoguera con ella!

En El Prado pocas obras femeninas verá usted… ¡Catapum!

Con la mujer al mando, no creo que el mundo marchara peor de lo que ya va, con el grandísimo necio a la cabeza.

 

”El hombre inmune”, artículo nº. 12.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

esplinmartinez

esplinmartinez

Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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