El sempiterno litigio

El mayor problema que tajo parejo tercia entrambos géneros humanos, masculino y femenino, hombre y mujer, macho y hembra, al trasunto no es la indecencia de ambos sujetos en liza, sino el entendimiento, de tal suerte que, a mi entender, entre un hombre y una mujer, nunca hay entendimiento, nunca lo hubo y jamás lo habrá, a juzgar por sus contradictorias naturalezas, sus antagónicas alcurnias y, ante todo, por sus incompatibles condiciones naturales, tanto espirituales y físicas, como intelectuales y metafísicas, fuera vano amoldar aquí el ingente orbe de lo heterogéneo, máxime cuando deviene convertido, de manera tácita, luego en concomitante realidad intrínsecamente cautivadora: ésta podría ser, sin ir más lejos, la metafísica descripción de la extrañísima atracción amorosa; y, sin embargo, la hipocresía, la displicencia o la conmiseración de muchos matrimonios aparentemente unidos a ciencia y paciencia, so artículo de fe, tampoco debiera llevarnos a engaño; siendo el muy voluntarioso amor de marras, las más veces a través de una serie de artimañas idealmente provocadas al efecto, el supremo encargado de reparar semejante estropicio, tamaño desmadre creacional, descomunal desaguisado cognoscitivo, y por último, anejo tejemaneje existencial, también fundamental: de ahí el eterno, el eviterno, el sempiterno malentendido que a modo de carga de profundidad subyace en toda relación amorosa: ¡cuánto mejor sería considerarlo cual si fuese una inquebrantable y prístina y subrepticia Ley de vida!, que, por mal nombre, suele denominarse: Causa y Efecto, vulgo cuerpo y alma, mujer y hombre, voluntad y razón, incluso instinto y sentimiento, hilando ya muy fino, orinando un punto fuera de tiesto y entrando en camisa de once varas, que no sean tierras movedizas anegadas, según la Biblia, de nefandos conocedores, vulgo maricas, a los que el Santo Oficio, sin ambages que valgan, prendía fuego y santas pascuas, otra cosa menos, que continúe la fiesta, oremos: ¡más madera! Cuando el Papa de turno se asoma al balcón, ¡me da una envidia toda esa gente!, ¡qué gente más admirable, sabedora del motivo que tajo parejo la define y caracteriza!, ¡qué sería de la gente desamparada si no hubiera sicarios a sueldo, arúspices por encargo y sátrapas de mano dura!

paseo

La homosexualidad (masculina, puesto que la femenina a buen seguro necesitaría otro ensayo aparte), cabe en otro orden de cosas no demasiado lejano que digamos, una vez contemplada desde este metafísico punto de vista, por lo pronto viene a tener, con arreglo a todo ello, un sí es no es bastante miga, miga en abundancia, miga en demasía, así como un punto de misterio oculto entre bambalinas que los más avispados del lugar bien podrán comprender de inmediato: su libertina aprobación o su catecúmeno rechazo, al trasunto no nos atañe ni siquiera lo más mínimo: tan lejos venimos estando de la platónica moralidad al uso de los poderes fácticos: esotra gran patraña humana que, al socaire de la bandera del bien, nunca ha dejado de dañar a total discreción: véase, sin ir más lejos, el altivo y palaciego e inverecundo grado de corrupción, a todas luces degenerado, que instante hemos alcanzado en España, tal como si fuera lo más normal del mundo: hasta los ministros son ganapanes que se echan a perder por mor de una piruleta; hasta los banqueros son gañanes que se pirran por mor de unas finas bragas de encaje; hasta los alcaldes son tontarras que se tuercen por mor de una tiza; hasta los sindicalistas son zascandiles que se ciegan por mor de un caramelo dejado en la puerta de su casa. Por consiguiente, muchos turistas extranjeros serán los llamados cabezas de turco que enhoramala pagarán con su vida la terrible osadía en flagrante, de esto no me cabe la menor duda, por lo que en Europa ya estarán temblando desde la cabeza a los pies y cuanto mayor sea la hipocresía y el mangoneo nacional, tanto más directo será el ulterior contagio digamos extraterritorial, tanto más pernicioso será el alcance digamos extraterritorial. USA, el gran circo mundial llamado USA, vulgo Disneyland o Hollywood, en efecto tiene al enemigo fuera de casa y hace las guerras fuera de casa, así que no se tira piedras sobre el dintorno de su propio tejado: justo lo contrario que Europa. Yo creo que los europeos llamados sanos, limpios y ordenados, en principio sí están intelectualmente capacitados como para supeditar su sapiencia al resto de países menos afortunados, pero lo que pasa es que el egoísmo ha terminado por hacerles mella: de ahí su eviterno desentendimiento con respecto a las naciones pobres.

El fehaciente pueblo español, a todo esto votó no a la guerra y, sin embargo, se pasa todo el santo día y aun la vida entera, presenciando anodinas películas de índole norteamericana, bebiendo repulsivos refrescos y engullendo a dos carrillos indigestas cantidades de hamburguesas –oriundas de Hamburgo–, las más veces acompañadas con asépticas patatas fritas, en suma, dando pábulo al país más bélico y conflictivo y justiciero y beocio y patriótico del mundo todo. Pero, aun así, la jugada en ciernes, de momento vale y con arreglo a ello, todos continúan llenándose el bolsillo, la faltriquera, el zurrón venido a menos, lo mismo tirios que troyanos, olvidando, si cabe, la famosa sentencia de Aristóteles, en virtud de la cual se nos avisaba de la escueta ubicuidad del alma… La necedad, necedad por doquier (no se piense, Maese Lector, que nos hemos ido, súcubos, cabritos y cebados, por peteneras, allende el tema principal del ensayo aqueste, antes al contrario, estamos preparando, en cuanto a disertaciones se refiere, el final, el estrambote, el colofón y cierre: todo guarda estrecha relación entre hombres y mujeres; dígolo, más que nada, porque el hombre se pasa la vida buscando la sexualidad que no tiene, y la mujer se pasa la vida buscando el amor que no tiene). Mi amor (índice) por Europa es tan grande y plausible y laudable que, cual si fuese Bonaparte, Hitler o Mussolini (menudo tarambana, el último de los tres mosqueteros en liza), exprofeso debo invadirla a discreción, conquistarla sin cuartel, enfrentarla a ultranza y destruirla a fuer de cañonazos: así, ejem, se levanta un Continente…

—Mi Capitán, el enemigo de la cerrazón continúa estando lejos, por lo tanto, no hay zalagarda que valga, y, por ende, un cañonazo no alcanza a darle.

—Pues entonces, soldado Lorenzana, dispare dos cañonazos.

Toda Europa levantada en pie de guerra, toda embrutecida, toda derruida, toda aniquilada, toda bañada en serpenteantes regueros de sangre y muerte, transida de dolor y pena, cuando no usurpada, envuelta en un halo de pudrición económica, vulgo fascismo, capitalismo, comunismo, socialismo, incluso desencanto humano, y un aire tan perentorio cuan enrarecido que comoquiera huele a chamusquina, a perro muerto, a fosa séptica, a hipocresía barata… ¡Desde luego los hay cenizos! Pero inmediatamente después de –helo aquí, llegado, alongado, apostado el quid del ensayo aqueste–, aparece la mujer con su don, su gracia y su salero, principalmente requerida para repoblar así el cruento desaguisado en cuestión, para remendar así la sangrante lacería en cuestión, para restituir así la descomunal escabechina en cuestión, y así, tal que así, de por sí, sucesivamente hablando, vuelta a empezar, vuelta la burra al trigo, vuelta al mismo espectáculo de siempre… El hombre ya se encarga de inocular su simiente y vuelta al ruedo, al cuadrilátero, al campo de batalla.

Las mujeres mienten, sí, es cierto, máxime cuando son ministras o algo por el estilo, y los hombres (?) roban, sí, es cierto, preferentemente por y para ellas, para la familia, para mayor honra del amor, para solaz de la cosa nostra, máxime cuando son banqueros, políticos o empresarios de primer nivel, todos papanatas, tragaldabas y puteros de primer orden que no hacen sino tropelías de toda laya. Todo, mientras el archipobre y protomiseria pueblo llano contempla atónito el grotesco y depravado y felón funcionamiento del monstruoso y esperpéntico antro institucional, antes chigre, fuera pretencioso llamarlo club de alterne –de alternancia política, quiere decirse–, o, grosso modo, casa de lenocinio, también manicomio de armas tomar o laboratorio de alimañas en probeta: a la vista está la impresionante, la vergonzosa, la maniática locura del aparato político en masa, tanto a nivel estatal, como provincial, local y empresarial. Es entonces cuando las personas lúcidas, honradas y trabajadoras, al punto se preguntan a sí mismas, cabe sí, de por sí y entre sí: ¿Cómo es posible que los ancestrales y vengativos espíritus de la remota Guerra Civil (ahí es nada lo dicho), entretanto sigan vivos y coleando a discreción, siempre a porfía de la entrecomillada evolución humana? Fueran fenómenos a todas luces paranormales, también Kantianos, cuando no obsesivos, obsesivos-compulsivos de orden punto menos que maniático, así como nigromancia, tal la verdad, nigromancia pura y dura: a la vista está su moderna y actual y contemporánea carta de presentación.

Yo, de un tiempo a esta parte, no creía en la transmigración de las almas, las almas del Medievo, pero héteme aquí que los últimos gobernantes españoles, en efecto me han iluminado, cual si fuesen un proyector al uso (Cinexín), sobremanera e incluso de todo en todo. Es entonces cuando el escritor inmune comprende de inmediato que el hombre, la mujer y la política, al unísono con un mismo sentimiento (la injuria), se entienden a las mil maravillas –quien dijo injuria, ahora dice perversidad, avilantez, atonía, latrocinio, amor, hipocresía, sociabilidad, representación, familia, falsedad, protocolo, estatus, calidad de vida, moralidad, religiosidad encubierta, Opus-Dei, Aristocracia, Estado, Iglesia, vil estado del bienestar, etcétera–. La mentira, en efecto, puede mover hasta montañas podría arrastrar; se diría que tiene más gancho y tirada que una grúa pesada, tanto como para provocar el irracional y voluptuoso entendimiento entre hombres y mujeres: la casamentera voluntad de la especie, habida cuenta de coyunturas ensayadas en cosa de un folio, ya no es menester nombrarla, después de haber quedado descrita, escrita y circunscrita. O séase que era el sexo puro y duro, y no el entendimiento, aquello que en primera instancia confundimos con el terne amor, es decir: el entendimiento entre hombres y mujeres, juraría que está situado a la misma altura que su entrepierna, llámese complicidad sexual o contrato un sí es no es pasajero, ahora bien: eliminemos de fábrica el deseo que a todos los efectos mana de entrambos personajes sujetos a jurisdicción pecaminosa, y entonces ¿qué nos queda?; nos queda algo muy feo y muy bochornoso y muy en diente de sierra, cabalmente llamado: espanto.

”El hombre inmune”, artículo nº. 34.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

 

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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