En calidad personal

Según vino a contarnos el señor Cela, maese Gide (Premio Nobel de Literatura del año 1947), se conoce que dijo todo lo que dijo y dejó de decir, pero como el mundo todo está sordo, pues bien: puede que todo esté ya dicho, incluso requetebién dicho por boca de mi anodina y disoluta voz, pero como la gran mayoría de gente no atiende, ni escucha siquiera, ni tampoco llega a ser consciente de la cruda realidad externa, para mí que adviene encerrada en una aparatosa burbuja constitutivamente impermeable, compuesta no de plástico barato, sino de cristal que, sobre blindado, está tintado, oscurecido, ahumado, y así, con tal oscuridad frente a las narices, entre romas y griegas, al no haber tales carneros, no hay quien se entere de nada, pues entonces, hay que repetirlo todo una y otra vez, y otra, y otra, y así, sucesivamente, hasta que nos echen a patadas del muy corrupto país y después del mundo asaz contaminado y más tarde de la vida misma. Es nuestro sino, y siempre ha sido así: para mí que somos ovejas negras, y ¡olé!

Particularmente hablando, fue una moza de buen ver la persona, y digo bien, encargada de abrirme los ojos dijérase de par en par; así que terminó de quitarme el cerumen del oído y las molestas legañas de la córnea, enseguida comprendí que me había enseñado a escuchar, de tal suerte que, a partir de entonces, pude entender todo o casi todo lo que aquella flamenca camarera me decía a través de su hermosa boquita de piñón, si bien no me dejó, ejem, demasiado buen sabor de boca –yo no lo llamaría halitosis, pero a lo que íbamos– que digamos. Hasta su forma de expresarse, su ademán a la hora de relacionarse, su elegante donaire de para con la galería, sobre peculiar era literario a más no poder, y para poder demostrarlo aquí, váyase por delante un exiguo botón de muestra: recuerdo el día (del verbo loquear, máxime cuando falla la memoria, de ahí la etimología del cuerdo y el re-cuerdo, o sea, todo aquel individuo doblemente cuerdo, lúcido y cabal, verbigracia: “Puesto que tengo una memoria de elefante, recuerdo el día que ensarté con la trompa un despistado cazador al uso y, en un tris, lo engullí de cuajo, cabalmente fagocitado de cuerpo entero; la verdad es que aquel recuerdo, en efecto me dejó un gran sabor de boca), recuerdo el día, San Leopoldo de Luis, en virtud del cual fuimos a romper el hielo de la muy distante formalidad, ese extraño momento en el que dos personas que se atraen, cual imán constreñido a hierro, al unísono con un mismo sentimiento, dan un paso adelante y a partir de ahí quedan íntimamente comprometidas, siempre en virtud del amor que ya se columbra en lontananza, hace ya tantos años que pasó aquello…, y ella, tras de la barra de un modesto bar, tal que así me endilgó una socorrida servilleta de papel en la que podía leerse: “Yo, 123456789”. Nadie podrá argüirme que el detalle en cuestión, bien mirado, no es de agradecer, cuando menos digno de mención y, por lo demás, harto peculiar; así es que los extravagantes amores platónicos, aunque parezcan un fútil espejismo del desierto, sin embargo existen y por ende son reales, por cuanto viven de ordinario y, a veces, hasta se suceden de improviso, más aún, incluso deciden plantarse, de cuando en cuando, en el acervo seno de la realidad, y aunque duren solamente un año, tal vez dos, tampoco hay que pedirle demasiadas peras al olmo, el romance en ciernes nunca deviene embrutecido ni tampoco mancillado por mor del lascivo menester del deseo, no obstante, es justamente ahora cuando comprendo de viso el verdadero y rotundo significado de la muy complicada palabra amistad: aquello sí fue una auténtica y romántica amistad sin par, propiamente poética, digna, bucólica y, sensu stricto, sentimental.

Postdata: el mismo día, San Quevedo, alias Patizambo, que así o asá intentamos meter baza y cambiar de asunto y correr un tupido velo, fuera marear la perdiz, darle a la zambomba y cohabitar de lo lindo, a ser posible hasta columbrar el bellísimo despunte del tornasolado amanecer, ese mismo día, San Kierkegaard, alias Donosura, se acabó todo contacto, al tiempo que terminó nuestra platónica relación: fueran curiosidades de la vida más o menos intelectual que a nadie pueden dejar en flagrante situación indiferente. He ahí, pues, soslayado, el amor, el verdadero amor, el único amor existente en liza, lo demás, lo demás no es amor, sino deseo, cuanto más que ningún hombre quiere verdaderamente a su mujer, más bien la desea y, en todo caso, la necesita para satisfacer su insaciable menesterosidad; y por eso mismo la mujer, en principio quiere ser deseada al máximo: el impulsivo poder de atracción manda, el impulsivo deseo impone su instintiva e irrefragable voluntad, el teórico flechazo de orden platónico decide; mas después de los primeros escarceos, ya en la praxis, sin embargo añora ser una mujer, sobre deseada, querida, amada, comprendida y, ante todo, aceptada de grado, aunque resulte punto menos que imposible, incluso para los hombres no misóginos existen algunas lagunas en lid. Muchos divorcios, a mi entender, parten de aquí acullá, una vez consumada la pasión, agotado el zascandil deseo de la primavera en flor y resecado el capullo de alhelí cabalmente venido a menos, o sea que confina en ginandra.

La mujer, gran sabedora de su extraña condición de género (cosa que los hombres no llegan a comprender, ni tampoco tienen intención de saber con quién demonios están), efectivamente sueña con ser amada, y así por el estilo, mas no por mor del sexo puramente físico, sino en cuerpo y alma. Es entonces cuando el hombre en ciernes, la gran mayoría de hombres, ex profeso se encuentra, entre perdido y confuso, en un callejón sin salida, y más concretamente, ante una encrucijada de mucho cuidado, nada fácil de solventar, en donde se indican cuatro derroteros maestros, a cuál más peligroso de todos, estos son: Independencia, pasando antes bien por villa Soledad, que dista desde aquí unos cuatro kilómetros y pico; Sexualidad, Amor Platónico, y por último, Hipocresía, a elegir. La verdad es que hay para todos los gustos.

Si bien es verdad que muchos himeneos enhorabuena llegan a viejos, invictos hasta la misma senectud, sin embargo, esta premisa en cuestión no termina de ser amor, yo creo que se trata, más bien, de amoldamiento, costumbre a todas luces acendrada, dependencia, hábito, resignación, compañerismo, miedo al postergado relente de la torva e implacable soledad, incluso consternación de orden sentimental: luego es cierto que el amor se basa primordialmente en perdonar y, aún más, en compartir, tanto los buenos momentos, como lo malos pensamientos que, haberlos, haylos, y bien grandes que son, las veces presentados por irrefragable Ley de Vida, por irrefutable lógica y, ante todo, por consumado defecto de fábrica, más aún: lo peor del eterno, del eviterno, del sempiterno desencanto amoroso, generalmente provocado por culpa de la intrínseca y proclive promiscuidad humana, tanto varonil como femenil, mayormente varonil, fuera condición inherentemente humana, o séase animal, al trasunto no es el profundo dolor interno que comoquiera causa de por sí, nada más lejos de la realidad que confundir el tocino con la velocidad, sino el obtuso y remanente estadio de duermevela que comoquiera produce en cuanto deja de doler, ya pasado un tiempo, tamaño envanecimiento, me explico: mientras la puñalada trapera duela y tengamos, más aún, mantengamos la cruenta herida bien abierta, entretanto estaremos salvados de la autopsia, pese a la congoja interna y el ferviente deseo de venganza; mas lo verdaderamente malo y atroz del peliagudo asunto en lid, en efecto queda patente en cuanto aquello deja de ser un trasunto doloroso y por ende subviene más o menos asimilado, apartado, olvidado, rumiado, o sea que se aviene a razón del primigenio sentido común, toda vez convertido luego en algo cabalmente normal, corriente, moliente y rutinario que, bien mirado, no tiene mayor importancia: aquesta lavativa del carácter, aqueste embrutecimiento de la voluntad, aquese aniquilamiento del orgullo yo diría metafísico, a lo que pienso, enhoramala viene a ser, con diferencia, la peor consecuencia del condigno desengaño amoroso: de ahí proviene la definición más precisa y acertada de la mujer arpía, que ya mencionara el grandísimo hijo de la gran poesía (Quevedo para los amigotes que, además de poetas, también son beatos, misóginos y machistas, todo a la vez, todo sin solución de continuidad, ¡ahí queda eso!): Trocadora de voluntades ajenas, fuera labor inmunda en la que el hombre, en su necedad infinita, desde siempre ha venido haciendo, habida cuenta de cómplice, el burlesco papel que le corresponde llevar a cabo por la sacrosanta gracia de Dios, toda vez rebajado a la magra altura del animal instintivo, justamente allí en donde el bandujo (perdón: ha sido un desliz involuntario), en donde reside su “inteligencia” y anida su felicidad: su trapío, siempre lidiado con gracia, eficacia y soltura, desde luego no deja lugar dudas, Maese Marido (los solitarios, según Nietzsche, somos algo así como solteronas cabalmente marcadas por la ingente cobardía de nuestras absurdas moralidades).

El principal problema del amor –del amor masculino, claro está, dado que no conocemos, lógicamente, los muy sibilinos datos del oponente cuyo femenino–, en mi opinión, es este que a renglón seguido se refiere, a saber: todos los hombres, por lo pronto soñamos con una mujer, echamos de menos una mujer, añoramos una mujer, deseamos una mujer, evocamos la terne y dulce compañía de una mujer que, en puridad, no existe, salvo en el nebuloso limbo de nuestra imaginación antes bien creada ad hoc por la prolífica fantasía de la voluntad, Sor Voluntad para los amigos de lo ajeno, luego es imposible, irreal, inexistente, algo así como un suspiro del magín, un artificio del corazón, un aparatoso invento de la voluntad, en suma, un ardid del instinto que no es quimera, sino estratagema en flagrante delito contra el individuo: de ahí que el hombre vaya de sorpresa en sorpresa en cuanto entabla relación con una mujer, más aún, de sorpresa en susto y de pasmo en estupor: se diría que la mujer lleva dentro de sí, sea dicho cariñosamente, sin ánimo de ofender a nadie, una especie de andaluza creyente, una especie de gitana errante, una especie de manola verdulera que ya mencionara Jovellanos: de ahí que el amor masculino casi nunca se vea correspondido de cuerpo entero; el obligado y consecuente y pertinente chasco subsiguiente, desde luego ni que decir tiene; si bien no estamos hablando en términos generales, sino de las personas hechas y derechas, en este caso, cual es el desengaño amoroso, a decir verdad, no obstante habría que incluir a todo quisque, tanto a las personas como a todos aquellos seres humanos que andan, tal estrépito, a cuatro patas, es decir, mucho más cerca del animal semoviente o la mala bestia, ora salvaje, ora irracional, siquiera sea en términos evolutivos, que próximos al ser civilizado, sensato y racional, cual si fuese una teodicea viviente.

Bien pudiera estar palmariamente equivocado en lo tocante a mi opinión, pero, según vengo a creer, muchas homosexualidades parten y penden de esa misma rémora en lid: pues, de hecho, buscan el componente perdido, el ingrediente que falta, la virtud ausente, todo en almoneda suma, nunca mejor dicho, me explico: intentan –quién sabe si lo consiguen– hacer del amor algo así como una amalgama de virtudes varias, y no un cúmulo de defectos o un piélago de quebrantos varios, una vez emparejados al unísono con un  mismo sentimiento, dos mundos, dos conceptos, dos dicotomías y bien valga la redundancia, incluso dos magnitudes prácticamente incasables, antagónicas y dispares a más no poder, a saber: el cuerpo y el alma. En casi todos los himeneos, por así decir, normales, tradicionales, catecúmenos, píos, católicos, una habida cuenta de dos: o falla el uno, el cuerpo, o falta la otra, el alma, así que no deviene en armonía, peor aún: a mi entender, nunca jamás suele devenir en armonía, ni aquí, ni tampoco allá, o sea, en ningún caso, ni allende la homosexualidad, ni aquende la heterosexualidad: de ahí el dicho popular: “Quien se casa por amores, ha de vivir con dolores”; de todos modos, siempre nos quedará, en cualquier caso, París, ¡je, je!, y la gran mayoría de hombres, apostillando todo lo dicho hasta ahora, ni siquiera se merecen la mostrenca mujer que tienen en depósito, ya sea mocetona, arpía o gansa. Mas tampoco es cuestión de ajar y suicidarse a las primeras de cambio (Larra), por mucho asco que uno sienta tras haber encajado el pertinente y obligado desencuentro amoroso de turno; antes al contrario, enlazando con la metafísica explicación dada más arriba, deberíamos tomarlo cual si fuese un acicate, un admonitorio aviso para navegantes, un presente marcado a fuego, tal como se hace con el marchamo de los toros acuñados en carne viva, unos cuantos años antes de que su verriondo trapío sea mandado al coso de marras, en donde será lidiado con gracia, soltura y eficacia, tal como Dios manda que se haga, siempre en virtud de la espectadora que, a la postre, disfruta sobremanera contemplando desde el palco de honor esta clase de sacrificios tan cruentos y sangrientos, cuan sanguinarios y sangrantes. Ya lo dijo Séneca, “tomar lo malo por bueno es una locura”, máxime cuando sabemos por mala ventura, que aquello es malo, intrínseca y consubstancialmente malo, tanto más que un dolor de muelas o una patada en la entrepierna. Y, sin embargo, cada día que pasa, enhorabuena estoy más enamorado de mi amada (aun llevando dentro de sí una andaluza, una gitana y una verdulera de tomo y lomo), y la deseo, y la quiero toda, y la amo, y la soy fiel y la encuentro deliciosa, y así por el estilo: para mí tengo preconizado que es, en su especie, única, pues en caso contrario, no me lo explico. Debe ser algo así como aquello que dijo Fichte en relación a la filosofía: “El tipo de amor que se tiene depende del tipo de hombre que se es y del tipo de mujer que se encuentre”. En este sentido, enhorabuena puedo sentirme dichoso, afortunado, bienaventurado, por cuanto la noto, y de qué manera, femenina, delicada, sensual, romántica, sufrida y por supuesto preciosa, atractiva y deliciosa como ninguna, cuasi divina. No obstante vaya la procesión (sospechas, constataciones y demás atavíos varios, Verónicas incluidas) por dentro. También hay quien piensa, aunque esté completamente solo en el mundo, que el verdadero amor romántico no existe, ni jamás podrá existir, a juzgar por el modo en que fue, mejor fuera decir, en virtud del cual vino a ser creada la mujer, del modo en virtud del cual vino a ser creada la mujer; de ahí la metafísica pregunta del millón que se hacen muchísimos poetas, casi todos los poetas, filósofos incluidos: ¿acaso sabe amar? (llegados a este punto bien cabría decir: el hombre ni se fija en ella, va a lo que va, y la madre en ciernes, tampoco se fija en él, va a lo que va: asemejan ser una pareja de desconocidos más o menos inconscientes que Sor Voluntad maneja a su antojo). La respuesta, habida cuenta de poetas caídos en desgracia, desde luego está clara, pues de lo contrario, no existiría el famoso y épico esplín amoroso que a veces confina en acedía, casi rayano en lacrimógeno que además impele al suicidio (ídem). Lo que mucha gente enamorada viene llamando Amor, bien mirado el postulado asunto en cuestión, en puridad no es más que una ficción, un encantamiento, un sueño vaporoso en donde la razón y la inteligencia quedaron momentáneamente apartadas de sus prístinas funciones: de ahí la gran mentira que grosso modo subyace a lo largo y ancho del mundo todo; de tal suerte que, aun sabiendo que el juego anda entre cortesanas reprimidas y chulos de duquesas varias, la voluntad de la gran mayoría, no obstante propende a decir:

—Sí, quiero.

¡Ahí estamos! ¡Ya nos podemos ir todos de despedida de soltero, más aún, de capea! ¡Esto hay que celebrarlo, Macho, con una buena borrachera y unas cuantas gachís al uso, para ir calentando motores!

Después de regurgitar la primera papilla que me dio mi madre, allá por el año 71, me siento tan solo en el mundo, que ya ni aun siquiera me importa… pensar lo siguiente (para toda esta clase gente, los crímenes políticos, los crímenes económicos, los crímenes sucintamente cometidos contra la Naturaleza y el inocente Reino Animal, desde luego no cuentan), esto es: La muerte, al igual que la vida, siempre es un negocio que invariablemente debemos resolver en absoluta soledad; más nos valdrá a todos los espíritus inmunes que así sea: el zoológico en el que fuimos a parar, al trasunto no es para menos. Yo creo que con todo esto debe quedar meridianamente claro el pudibundo significado de la palabra inconsciencia, ora profunda, ora abisal.

”El lirón de las ánimas”, artículo nº. 22.

© José Javier Martínez Rodríguez.

esplinmartinez

esplinmartinez

Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
1 Comment
  1. FLORENTINA LOBO FUEYO

    Creo que la alternativa debe ser posible entre los partidos como psoe ,,podemos y ciudadanos,con generosidad y desprendimiento de sillones e ideas con connotaciones especiales pero que no necesariamente deben pasar por ninguna independencia de de España….habrá que hacer un estudio entre todos y ver como llegar a una conformidad dentro de la unidad de España.
    Lo que está mas que claro que Rajoy está fuera contesto…….muchos predicación de muchas conversaciones…mucha .bla..bla..bla.pero está demostrando que la corrupción a ÉL LE RESBALA PORQUE TODO ESTA EN SU ENTORNO E INMUNIZADO.
    CREO QUE LOS POLÍTICOS DEBEN TENER UNA MIRADA RETROSPECTIVA HACIA LOS AUTORES DE LA TRANSICIÓN QUE SIENDO TOTALMENTE OPUESTOS CONSIGUIERON UN ACUERDO PARA LLEVAR A ESPAÑA A LA DEMOCRÁTICA..CLARO ESTÁ CON ALTURA DE MIRAS HACIA EL BIEN COMÚN DE LOS ESPAÑOLES.

    10 septiembre, 2016 at 2:35 pm - Reply

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