El estancamiento de la especie

    Existe, por doquier de las grandes ciudades, en torno a las metrópolis ingentes y alrededor de las monumentales urbes más o menos embarulladas (que no son, en ningún caso, manicomios de índole religiosa profundamente sumidos en el más iluso de los entusiasmos, en donde el Amor está prohibido y Sor Voluntad se objetiva, se manifiesta, se personifica a total discreción): luego existe algún que otro barrio marginal en donde el estancamiento de la especie no evolutiva, tajo parejo quedose alongado para los restos y, en consecuencia, se hizo patente; un barrio secundario que, en detrimento del lujo, en efecto tiende a devenir en austeridad, siendo esta misma rémora en lid, su sonora y más llamativa señal de identidad; una pedanía instintivamente sometida por el muy consanguíneo estigma de lo fecundo, lo prolijo y lo familiar, verse a todos los efectos (máxime cuando acontece la imberbe Navidad de rigor); un poblado de extramuros que lo mismo ostenta que sustenta cualesquiera clases de razas humanas, indistintamente inscritas allende el Registro Civil de turno; un suburbio mayormente pobre que además se presume chabacano y punto menos que barriobajero, quizá por mor de alguna costumbre ancestral, tan remota cuan desconocida (en España por mala ventura existen pueblos enteros cabalmente dedicados al exterminio de toda Teodicea viviente: las personas que entienden a la perfección los siguientes letreros, saben muy bien de qué puñetas estamos hablando: Conjura de necios y Alianza de lerdas); así como un término a todas luces periférico sumamente castigado por los embates de la pobreza, el hambre y la necesidad, también por las drogas, el alcohol y la delincuencia, ora mayor ora menor; un arrabal, en términos legales, independiente, y sociales, discriminado a más no poder; y ya, en última instancia: un distrito no tan degradado y olvidado cuan abandonado a su suerte, toda vez dejado de lado por la inmisericorde y descomulgada mano de Dios, alias el Mismísimo, que, por más señas, efectivamente deviene entronizado quién sabe si en el puesto más alto del Ministerio y, aun así, no parece hacer, empero, ni mucho ni tampoco demasiado caso a nada de lo que allí, a ras de suelo, venga pasando prácticamente a diario: de ahí que ande haciéndose el tonto, mientras que por otro lado no deja de ir creciendo, al compás de su latente sordera, su algo más que descarada displicencia humana, y por eso mismo, fuera regla general, suele hacer ademán de mirar para otro lado, máxime cuando la cosa social pinta mal y por tanto pasa de color castaño a un tono mucho más oscuro todavía, por lo tanto, no hay más remedio, llámese solución en futuribles vías de enterramiento, que agachar las orejas y hacerse el sueco o directamente el longuísimo, llegando a ser el más longuísimo de todos los tenientes habidos y por haber; siendo, en suma, algo así como un barrio francamente marginal en donde la grotesca y muy complicada imperfección de alcurnia, no me atrevería a decir humana, pese a que no tengo costumbre de callarme nada de lo que pienso, por lo pronto resulta ser, amén de lamentable, verdaderamente increíble y a su vez admirable, también sorprendente, a todas luces bella, monstruosamente bella y, por lo demás, curiosamente extraña y, a mayor abundamiento, aún podría ser tachada, ya en términos filosóficos, de sibilina, de atractiva, tan atractiva como en iguales méritos y parejas cantidades pueda ser una mujer cabe en un momento dado de amor, a ser posible entregado so inverosímil soporte de lo incondicional, mas no es el caso, a juzgar por la tendencia general –antes bien habría que preguntarse cuántos matrimonios fieles existen, en caso de que hubiere alguno, y así no se va a ningún lado, salvo al Cielo por la vía rápida–.

 

(Cualquier otro día hablaremos sobre los tarugos que, en un momento dado, deciden matar a su esposa y, por extensión, a la madre de sus hijos, haciendo válido el contradictorio dicho de marras: “Muerto el perro, desapareció la rabia”. Justamente cuando estaban a punto de entrar en el maravilloso reino de la metafísica Realidad que todo bicho viviente debe acatar por mor de Sor Voluntad.)

 

No obstante, para apreciar in situ la verdadera joya de la demencial y muy degenerada corona humana, que casi siempre anda sometida por el mediocre y vulgar principio de razón harto falaz y concienzudamente moralista, lo mejor y más conveniente es acercarse hasta las inmediaciones de todas aquellas zonas residenciales en donde la voluptuosidad se amalgama con la majestuosidad, siempre en calidad de suculentas, lujosas, ociosas, opulentas, presuntuosas y extraordinariamente bien cuidadas, también lozanas y vistosas, justamente allí en donde la gente menos escrupulosa y más sibarita y ricachona, o sea el petimetre y la querindonga, comoquiera hace su fastuosa y zarrapastrosa representación al uso religioso, democrático, conceptual e impúdico, llegando a ser algo así como el emblema de lo gregario, mas no en virtud del majo y la masa, sino por castigo, quién sabe si divino, o bien, por mor de su naturaleza ciertamente inmunda, ineficaz e inútil, cualquiera sabe el pronto de la flor y nata nacional (esa Aristocracia profundamente inconsciente, psicológicamente ajena a la realidad de sus semejantes): tal es, pues, el descomunal grueso de la apariencia, el monumental tamaño de la hipocresía y el gigantesco calibre de la perversión, llamada por mal nombre, Sociedad del Bienestar, de ahí el dicho: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. De tal modo es así, que su maldad de género, incluso puede medirse fácilmente y sin necesidad de ser ningún experto en la materia, cabalmente ducho en mercancías sumamente peligrosas, basta echarle a ojo de buen cubero –antes fue palanganero al uso, y mucho antes todavía almohadillero–, un simple vistazo, a ser posible propinado en la misma jeta, aunque no sea arma arrojadiza, para enseguida darse cuenta de que la sociedad actual doquiera está levantada sobre los cimientos de la injusticia, los pilares de la mentira y el rudo hormigón del egoísmo que, además de colosal, se erige por encima del mundo todo (Schopenhauer). Y, sin embargo, aquesta gente mayormente repipi, esa masa catecúmena y aquel grupúsculo de orden democrático (el mundo funciona de tal manera que ocho de cada diez Hacendados son auténticos hijos de la gran corrupción general), no obstante su altanera vanidad, su relamida animosidad y sus presuntuosos aires de grandeza, en conjunto viene siendo, empero, el cuyo que más se lleva entre la raza actual (ya que no moderna, más bien prehistórica), el donaire que más de moda está, el linaje que más adeptos registra, en suma, la caterva más concurrida, mayoritaria y frecuente: cualquier cosa que no sea despertarse del iluso ensueño harto inconsciente, y por consiguiente, topar cara a cara ante la cruda y acerba realidad del pedestre mundo todo, al trasunto sirve, si no para remendar un roto, sí para zurcir un descosido impulso de complicidad que más tarde será laureado en cualquier gabinete de postín: he aquí, pues, presentado, el mismísimo velo de Maya, del que Schopenhauer nos hablara otrora, previamente sacado, mejor aún, sonsacado de las seculares escrituras indias, en donde la razón, el corazón y la inteligencia, a todo esto, ya venían quedando en flagrante delito contra la humanidad, más aún, en entredicho, lo cual no obstó ni tampoco fue óbice suficiente para que la raza prosiguiera su voluntarioso camino de marras, así que no hay calenda que la detenga o, en su defecto, la pueda sujetar. A la sazón se diría que la Raza adolece de gobierno, no se rige a sí misma. Por eso mismo el mundo todo deviene cabalmente plagado de Iglesias, por eso mismo sigue y tajo parejo continúa entonándose, venteándose, la más absurda y fantasiosa de todas las palabras, que no es Dios, nada más lejos de la realidad, sino la forma verbal: produjo. Que alguien prepare una tila para el Académico de turno.

—¿A usted qué le parece el perogrullesco panorama social que así o asado se avecina, o, en su defecto, ya deviene avecinado, vamos, incluso asentado, enraizado, enquistado y alongado sobremanera explícita?

—Pues, ahora mismo, no sabría qué decirle, mi querido Longanimidad Martínez; yo, en cuanto veo el resurgir de una corbata haciendo juego, no sé qué carajo me ocurre, pero, al punto, desconfío cosa mala.

—Y hace usted bien, Hermenegildo, y bien que hace, puesto que el traje y corbata llevadas ad hoc, en realidad viene siendo un símbolo a todas luces fálico, así como ostentoso y, tal la verdad, ridículo.

—Y lo mismo me sucede en cuanto veo aparecer la atrayente imagen de una despampanante señora que instante venga hacia mí toda emperifollada, por mucho vestido de diseño, mucho maquillaje de marca y mucho perendengue de oro que tajo parejo traiga puesto, untado y ensartado, respectivamente, que yo, luego luego (índice) me digo a mí mismo, casi siempre por lo bajini: Cuidado, Guzmán, cuidado; mucho cuidado con esta gachí, no vayamos a liarla y entre pitos y flautas montemos la marimorena, nunca mejor dicho, pues con una filomena así y un ejemplar semejante, la que se montaría desde luego sería parda, cuando no una lacería de órdago.

—¿Si con ella anduviese de picos pardos?, quiere usted decir…

—No, eso lo dice usted, no yo.

—Bueno, bueno, tan sólo era una puntualización, no se ofenda, mi querido Isidoro.

—Si no me ofendo, el que ofende es usted, valga la redundancia.

—Disculpe, entonces.

—Quédese, pues, disculpado; no vaya usted a pensarse que soy un vivales, un vulgar vivalavirgen, un putón desorejado, un caradura, un menesteroso de estupro, un chulo de duquesas varias, ni mucho menos, en toda mi vida he sido infiel para con ninguna mujer, por muy mostrenca que fuere, y digo mostrenca por no decir golfa, ya directamente hablando, y perdón pido por señalar (al tarugo de antes que, tras haber sido cuarenta veces infiel, aún se siente con derecho a reclamar su tributo amoroso; otros, en cambio, piensan -que ya es bastante-, que la felicidad de nuestra amada es lo primero que cuenta y si acaso otro bigardón al uso la hace más feliz que nosotros, no hay por qué censurar su dicha, luego una habida cuenta de dos: o deseas su peliaguda felicidad, o deseas exclusivamente la tuya, a modo de egoísmo o apropiación indebida. No sé si me explico con claridad).

—Como tiene que ser.

—Y tanto que es así, lo mío me ha costado, mas nunca juzgues si no quieres ser ad hoc sojuzgado…

—Eso es harina de otro costal.

—Explíquese.

—Nada, déjelo, olvídelo, le invito a otro copón de crianza del Duero.

—Por supuesto: siendo con diferencia el mejor vino de España y, por elevación, del mundo entero, aunque el potente vino que asimismo hacen en la montuna gleba de Venta del Moro y alrededores, en comparación, nada tiene que envidiarle, antes al contrario, le va a la zaga (el Rioja, a mi entender, es Sangre de Toro, o séase Azúcar y Alcohol en demasía; los paladares más selectos enhorabuena buscamos el deleite, no la indigestión propia del borracho cerril).

—Ahí estamos, sí señor.

—Lo que yo le diga, joven.

—Suponiendo que no le añadan, los ceporros de turno, raíz de lirio.

—Eso sí sería harina de otro costal.

—Al final, terminará dándome la razón y todo.

—No se embale, Baldomero, no se embale…., que el cielo está empedrado de cretinos sin freno alguno.

—Y el averno sepultado de bajas que frenaron en demasía.

—Pues también es verdad; mas en caso de que no lo sea, descuide que ya iré a comprobarlo en persona, tiempo al tiempo.

 

(Por cierto: los tapones de plástico barato y además contaminante, ya que no de corcho, de oriundo alcornoque, por lo pronto son un punto antisépticos… ¡Vaya una manera de sodomizar caldos, vulgo zumo de uva, que es, para más señas, la planta más prehistórica de todas, al igual que las muy retorcidas sabinas milenarias!)

 

 

El lirón de las ánimas”, artículo nº. 23.

© José Javier Martínez Rodríguez.

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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