Hoy no se fía, mañana sí

Hoy no se fía, mañana, sí. Eso me recuerda estas fechas. En concreto, el 25 de diciembre. Esa fecha en la que en las contiendas militares se dan una tregua: el obús que iba a lanzarte hoy, te lo dejaré caer mañana, el hospital que iba a bombardear hoy, lo bombardearé mañana. Si lo hago hoy, igual Dios va y se enfada.

Y esa hipocresía se extiende a todos los ámbitos de nuestra realidad occidental. Esa caridad, ese corazón abierto para con todo el mundo. Ese deseo de felicidad hacia todo lo que nos rodea. Ese deseo de amor momentáneo y fugaz de un día, de unas horas hacia los demás. Esa vergüenza que debería corroernos por dentro, cada vez que lo escuchamos en todas las bocas, en todas las radios y en todas las televisiones. Esas películas de lágrima fácil y ternura impostada, asociadas a un día del año.

Esa conciencia fraternal y humana, esa teletransportación al mundo de lo idílico, al interior más profundo de nuestra identidad, al recogimiento, a la salud moral, se va a desvanecer en unas horas, porque el día siguiente seguirán los mismos indigentes pululando por las calles. Los mismos pobres, reclamando algo de comida para subsistir. Los mismos desahuciados de sus casas, tratando de sostenerse en pie. Los mismos niños en el umbral de la pobreza. Continuarán derramándose toneladas de bombas desde los cielos, ya incoloros, de Alepo. Sobre una ciudad amartillada. Sobre una escombrera. Sobre un cementerio de cascotes. No vayan ustedes al cine, si quieren ver una película de zombies, váyanse a Siria. Continuarán los refugiados, en esos campos fronterizos, hundidos en el barro hasta las rodillas, suplicando un asilo, en alguna parte, lejos del terror y de la guerra.

El día siguiente ya se habrá desinflado el espíritu de amor y de paz, de concordia. Ya está la conciencia redimida:

Ya le hemos deseado feliz Navidad al hijoputa de nuestro jefe, que ese día no lo es, es hasta simpático. Sólo volverá a serlo mañana. El dinero volverá a moverse en los mercados, a especular con el arroz y con el trigo, y con el petróleo, sin importarle una higa lo que les suceda a los que dependen necesariamente de esos productos. El dinero, los mercados, no tienen alma, salvo en Navidad. El 25 de diciembre parece que todo ser humano tiene un espíritu que todavía no había nadie descubierto. El 25 de diciembre parece que existe un universo casi infinito de personas que sienten, y que son capaces de hacer aflorar esos nobles y tiernos sentimientos. Unos sentimientos que sólo volverán a aflorar el 25 de diciembre del año siguiente.

Hoy no se fía, mañana sí.

vichamsan

vichamsan

Escritor. Dos novelas publicadas. Finalista Premio José Saramago de Narrativa
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