La marca de Caín

Hace algunos años, uno de esos… amigos temporales, que el azar pone en tu camino y antes o después desaparecen de tu vida, me preguntó directamente por qué todas las camareras son unas putas. Me inventé una respuesta intentando ser razonable, pero sin cuestionarle la premisa, más que nada, por cansancio; sabía que en su brutal simpleza no aceptaría mis razonamientos, y yo desde luego jamás iba a aceptar una generalización tan brutalmente injusta y falsaria.

Hace unos días respondí a un comentario que apareció en mi timeline, un retuit, criticando al padre o al abuelo de un tal Pablo Iglesias, porque por lo visto durante la Guerra Civil cometió barbaridades, y como sugiriendo que todos los descendientes de aquel señor, en la rama masculina al menos, debían de ser igualmente sanguinarios y crueles. Trató de desarmar mis argumentos el tuitero del mensaje original esgrimiendo una presunta verdad que sólo “ellos” conocen. De nuevo, el cansancio ante una mente negada a aceptar realidades incontestables me hizo cortar la discusión con un soberbio desplante al tuitero correspondiente, un personajillo zafio que vive del periodismo, demasiado bien, atendiendo a su falta de rigor.

Ambas anécdotas me llevaron a reflexionar acerca de la propensión de algunas personas a resolver los problemas y las diferencias utilizando la violencia, ya sea como tal, ya a través de la coacción o de la coerción.

Así, tradicionalmente nos presentan a Caín como el malo de la historia:

«Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: “He adquirido un varón con el favor de Yahveh.” * Volvió a dar a luz, y tuvo a Abel su hermano. Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador. * Pasó algún tiempo, y Caín hizo a Yahveh una oblación de los frutos del suelo. * También Abel hizo una oblación de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos. Yahveh miró propicio a Abel y su oblación, * mas no miró propicio a Caín y su oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro. * Yahveh dijo a Caín: “¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu rostro? * ¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar.”» (Gén 4, 1-7)

Sin embargo, yo veo en el texto a la víctima de una injusticia. Como muy bien cantan Barón Rojo, Caín es víctima de una ley que no entiende y que no cuenta con él. El texto no indica que Caín, el primogénito de Adán (dato que cito por su importancia en la época), eligiese malos frutos, ni mucho menos que lo hiciera a propósito. Entonces, ¿por qué Yavé no recibe su ofrenda con la misma complacencia que la de Abel? Y que conste que yo, carnívoro preferentemente, habría respondido como Yavé; pero yo no soy Dios (todavía).

Pues parece que Yavé no aceptó la ofrenda de Caín no porque hubiera sido mala, ni porque la hubiera hecho de mala gana (aunque un poco quizá sí), sino porque no la había hecho por el método o el rito adecuado. Bien es cierto que dicho rito no se describe en ningún momento dentro de este relato, aunque en Éxodo y otros libros sí que se detallen los diversos métodos de sacrificio según el fin del que se trate.

Es decir, la historia de Caín y Abel parece tener principalmente el propósito de aleccionar acerca de la necesidad de hacer las ofrendas del modo correcto, siendo el asesinato una manera de hacer énfasis en la maldad de quien no realiza las ofrendas del modo correcto.

La relación de todo esto con lo que citaba al principio, la tendencia a resolver conflictos de modo violento, es que esta historia del “primer asesinato de la humanidad” no habría existido si Caín hubiese interrogado a Yavé sobre el modo correcto de hacer las ofrendas. Que no lo hiciera nos permite suponer que el autor de la historia daba dicho método por bien conocido. En este caso también podría Caín simplemente haber reconocido su error y haberse enmendado, pero entonces no habría habido lugar a la segunda explicación de la narración, que es la ha prevalecido en el imaginario cristiano y la que da lugar a mi reflexión.

Esto es, que en relación a los conflictos hay dos clases de personas: las activas, que tratan de solucionarlos, y las pasivas, que los dejan estar o que, en el peor de los casos, se dejan avasallar. Y de entre las activas hay a su vez otras dos clases, que son las nos establece Caín: quienes actúan con violencia tratando de imponer su criterio por la fuerza, cometiendo las más graves injusticias si es necesario, y quienes tratan de resolver los conflictos poniendo en juego la empatía o, cuando menos, un cierto grado de tolerancia, a las cuales se llega forzosamente con el diálogo y una exposición honesta y razonada de las necesidades y aspiraciones de cada una de las partes en conflicto.

De modo que, en conclusión, desde mi punto de vista la marca de Caín no sería en absoluto nada físico, sino la predisposición, parte genética, parte cultural, a resolver los conflictos de esa manera salvaje, ya sea dejándose llevar por los impulsos, ya de forma fría y meditada, como sugiere el relato bíblico en los versículos siguientes.

En un mundo dividido siempre en facciones, hombres y mujeres, ricos y pobres, mi raza y las otras, mi interpretación de mi religión y todos los demás…, nadie tiene la mayoría suficiente para imponerse por la fuerza, y solamente el diálogo y la aceptación de la diversidad, con todo lo que eso implica, pueden suponer un progreso social y humano. Cualquier otra cosa sería regresar, no ya a la irracionalidad de Caín, sino puede que incluso mucho más atrás.

Sinelo1968

Sinelo1968

Fan del conocimiento y de la belleza; y de la belleza del conocimiento, y del conocimiento de la belleza. Ya sabes de lo que carezco.
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