Lobos de mar brava

BARCOLa esclavizada, atolondrada, rimbombante, energúmena y superflua vida moderna –infectada hasta el tuétano por el ingente partido de la tiranía: de ahí la demencia que enhoramala afecta a muchísimos seres humanos, previamente contagiada a discreción por aquel grandísimo elenco de malnacidos varios, siempre apoyados por la inquisidora alianza de lerdas; menos mal que la mujer distinguida reza aparte de la conjura de necios–, como quiera que se mire, en efecto parece ser algo así como un brutal desengaño de primer nivel, una persistente decepción de marca mayor, una constante invariablemente anodina y disoluta, tan pronto inmersa en el brutal y pedestre deseo de marras, como pendiente del dominguero y balsámico aburrimiento de turno: de ahí la existencia del Estado, el amor, el matrimonio, la familia, el trabajo, el ocio, la cultura, etc.; máxime cuando sobreviene mediante el ordinario punto de vista que muy a modo de precepto insalvable, efectivamente ostenta la gran perspectiva general, la gran masa social, la gran miríada al uso, cuyo mal acostumbrado trajín, tantos siglos acendrado a fuer de espada, en calidad de asunto hipócrita a más no poder, casi siempre suele imponerse de suyo, preferentemente entre el fondón y sandio grueso de la plebe no rigurosamente formada, ni pensante ni tampoco cien por cien consciente de la cruda y acerba realidad que así o asá la rodea de forma tan invariable y estática, cuan permanente y sólida: la Historia, en efecto sopesa muchísimas toneladas de mentira, empero calibra muy pocos kilos de verdad. De tal modo es así, que esta clase de existencia que nos ha tocado en suerte, tan insulsa e insignificante cuan burda y rutinaria, aun quedando reducida, de golpe y porrazo, a barahúnda terminantemente física, siempre de común acuerdo, tal lacería de topos en celo, tal bacanal multitudinaria, tal orgía de orden universal, y ya me estoy calentando a base de bien: ni aun con esas en la mano, al trasunto de la gran coyunda, después del gran ayuntamiento general, y al cabo del gran apareamiento en ciernes, tal la verdad podría atribuírsele de manera natural, ningún fundamento de verdadero orden espiritual, así que no corresponde laurearla demasiado, bajo ninguno de los dos sentidos soslayados, al menos en cuanto a principios e ideales filosóficos se refiere: tal es, pues, la absurda y anodina y ramplona vida de hoy en día; cuanto más que la humana caterva de hogaño, sin duda viene ser un ente constitutivamente distinto, muy distinto de aquello que un servidor, al principio del maravilloso cuento empírico, comoquiera traía depositado en mente, pero, ahora, una vez resuelta la muy ingenua juventud y una vez inscrito en la futurible senectud del fatídico momento que presto se avecina, justo antes de caer en la perlesía, sin embargo, para mi desgracia he podido descubrir, por cierto, que la enfermedad mental, junto a la estulticia y la sutil vileza de marras, habida cuenta de filias encubiertas, en conjunto son y serán las constantes vitales del mundo entero, en tanto en cuanto anden por doquier y además sin concederse ni un solo minuto de descanso: cualquiera que instante pasara por aquí, a buen seguro diría que se trata de una saprófita cosa a todas luces mala que de manera constante y, lo que es aún peor, precisa, nunca termina de insistir, nunca ceja en su empeño, nunca ha dejado de cohabitar la preciosa e insolvente libertad del individuo, siempre concentrada en su menester, esto es: envanecer la existencia del prójimo que ex profeso se presuma independiente y libre. Y aun siendo así de mostrenca la existencia, no obstante su repulsiva avilantez, pese a todo vengo considerándola un tanto mágica, y cuando digo mágica, desde luego no lo hago so bisojo punto de vista religioso, ¡Dios me libre de caer en la tentación!, sino en trance de muerte filosófica, es decir, al más puro estilo de Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Quevedo, Larra, Baroja y, por descontado, bajo el espléndido caletre de don Camilo José Cela, ahora podríamos divagar durante un buen rato largo, y por consiguiente, disfrutar de lo lindo: cuales nombres, tales lágrimas son las que tajo parejo brotan y emergen del profundo hontanar en donde mi distinguida pena, en franquía osa navegar: unas veces al pairo, y otras tantas, en cambio, sobre los hermosos mares de la literatura bien templada y satisfecha: la intemperancia, por más señas, en efecto viene a ser justamente lo contrario, o sea el antónimo, lo antagonista, la acepción más antípoda de todas. Mas nunca he dejado de bogar, nadar y bucear, cual si fuese un zahareño pirata sin suerte ni Norte ni destino, entre las abisales aguas de un proceloso océano a todas luces puro y cristalino que, cual gota de diáfano diamante, las más veces propende a devenir en escrito de poca calidad que enhorabuena está a punto de parir, entre los rompientes escollos del oleaje y sus pertrechados embates, dulces caballitos de mar, ora disecados, ora abúlicos y estoicamente tísicos. En efecto, las perlas literarias son como las palabras que disueltas en la arena fueron tras las huellas que el salitre de una ola dejó marcadas durante un breve suspiro de tiempo que, conforme nace, muere, fallece y fenece sin más entonación que el ligero fragor del oleaje, tenuemente mecido por la tenue brisa de una mirada siempre circunspecta, a veces marchita, sabedora de su bella y enigmática soledad, ora insalvable, ora imprescindible. Es entonces cuando suena de fondo, allende el altavoz de la radio, el final de aquella canción de Duncan Dhu, que más o menos nos decía: “…la tristeza aquí; no tiene lugar, cuando lo triste es vivir”. 

La vida, cual si fuese un piélago de males insalvables, desde luego no es denigrante en sí misma, ni tampoco por sí misma, nada más lejos de la realidad, sino, exactamente, por mor de los factores que pro indiviso la provocan y, sobre todo, por culpa de las estrictas condiciones que muy a grosso modo la dirigen y entonan; Calderón, a todo esto, desde luego no andaba equivocado, y Gracián, no obstante su doliente y ferviente religiosidad, tanto menos que aquél. Se diría que el ingente partido de la tiranía está como por encima de nuestra insulsa libertad, embruteciéndola, castigándola, sometiéndola, amargándola día y noche: es su menester, su esencia, su cuyo, su enfermedad que a todo quisque contagia. El Medievo no ha pasado sobre su chilondra.

Quien así lo quiera, perfectamente puede observar de cerca el exornado semblante de la muerte, toda vez convertida en ilusión, fantasía, felicidad, ignorancia y engaño al uso de la voluntad que, valga como curiosidad de índole metafísica, tan sólo desea vivir, empero a costa de nuestra inteligencia y a porfía de nuestro corazón y a expensas de nuestra imaginación. Luego es soledad la vida, y el dolor, realidad, y la pena, certeza, tan prístina y pura, cuan dura y libre: fueran conceptos horros de artimaña alguna que a la postre dicen la verdad, en tanto en cuanto exhorten el sibilino cariz de nuestra potente voluntad, una vez objetivada en el verriondo mundo que todo bicho viviente sobremodo pisa, ya sea el orbe, el tablado o la platea de las llamadas Ideas Platónicas

El mundo actual, en efecto viene a ser un circo en donde las ideas platónicas, millones y millones de ideas platónicas, comoquiera representan su función, su eterna función, su eviterna función, la sempiterna función de marras, ya sea literaria, filosófica, política, social, musical, poética, matrimonial, sexual, laboral, académica, castrense, etc., por lo tanto, todo indica que estamos ante el menester más obligado del ingente rebaño social que, para mayor inri, encima fue elevado a la enésima potencia de la cerrazón intelectual, cuanto más que nadie osa levantar la voz y harto menos todavía, proclamar a voz en grito la miserable verdad de nuestro estadio, de nuestro estado, de nuestro miserable y decadente Estado actual.

En mi opinión, la felicidad del ser humano, a sabiendas quedose reducida, relegada, desterrada al lejano inconsciente, el inconsciente profundo es el único ser humano que en verdad puede ser feliz, siempre y cuando no sea abandonado por su ceguera infinita.

En fin de cuentas, no me gustaría pensar que los conceptos: egoísmo, hipocresía y felicidad, puedan ir cogidos de la mano, cual si fuesen enamorados, incluso haciendo piña, siempre a costa del archipobre y al margen de la protomiseria que aquel Estado impone por la divina gracia de Dios, cuya nomenclatura más venteada, proclamada y declamada, bien pudiera ser la siguiente, ahí va, como el caballo de copas: “El mundo por montera, la demencia por muleta y la voluptuosidad por bandera, disculpado sea el semántico y grandilocuente y acertadísimo símil”.

Muero, no sé si agotado, de viejo o por asco, estoy en ello, en cuanto lo averigüe, lo comunicaré sobre cualquier despacho de agencia. Mientras tanto voy pensando en la forma que exprofeso me ayude a salir de aquí, sabedor del repulsivo futuro que así o asá me espera en tamaño país, en semejante mundo.

”El hombre inmune”, artículo nº. 30.

© José Javier Martínez Rodríguez.

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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