Mamá

Desde que el mundo es mundo, la labor más intrínsecamente unida a las mujeres ha sido ser madres. En toda la extensión de la palabra y como única actividad permitida por la sociedad.

Ser madre es un hecho biológico porque somos la hembra humana. Somos mamíferos y parimos a nuestras crías además de alimentarlas durante un periodo indeterminado. Pero a pesar de ese hecho biológico, ser madre es una profesión. Así es como los hombres nos han permitido desarrollarnos. A través de la maternidad.

Durante toda la historia de la Humanidad,  la crianza de los hijos ha supuesto la forma de vida de miles de millones de mujeres. Pero claro, criar a los hijos no es solo parirlos. Supone toda una serie interminable de actividades, que pueden ocupar una jornada laboral tan larga como horas tiene un día y tantos años como nos permita vivir la Naturaleza.  La maternidad implica cuidados. Y esos cuidados implican trabajos. Pero esos trabajos no se reconocen como tales porque trabajamos para nuestros hijos y como son nuestros, lo hacemos con gusto y por amor. Y lo que se hace con gusto y por amor, no tiene por qué ser recompensado. Y mucho menos, reconocido. Sin olvidar que para llevar a cabo esos trabajos cuidadores, la gran mayoría de las veces, las mujeres necesitan “trabajos extras” para conseguir el sustento necesario para la familia. Muchas trabajan en el campo con sus parejas y además en la casa (ellos no), en las empresas familiares y además en la casa (ellos no) o en trabajos remunerados y además en la casa (ellos no). Lo que quiero decir es que las mujeres, hagan lo que hagan con sus vidas, siempre tienen además el trabajo doméstico y la crianza de los hijos.

Ser madres ha supuesto en el mundo femenino, eclipsar todo aquello que nuestras propias inquietudes nos hubieran permitido hacer. Los hombres, dominadores del mundo, vieron el cielo abierto con la maternidad, porque mientras las mujeres teníamos la obligación de cuidar de nuestros hijos y por extensión de toda la familia (incluyendo padres, suegros, maridos y algún allegado más) ellos salían del círculo vicioso del entorno familiar y se desarrollaron como seres libres e independientes, cuyo resultado fue una sociedad dominada por el mundo masculino, donde las mujeres no teníamos cabida.

La maternidad ha sido y sigue siendo una forma de tener  a las mujeres subyugadas al medio doméstico, impidiendo con ello, parte de su desarrollo personal. Se nos ha inculcado que tener hijos hace de nosotras seres completos, porque esa función es vital en una mujer.  A todas nos han recordado que ya era hora de tenerlos o se nos pasaba el arroz. Todavía hoy, para muchísima gente, que una mujer no quiera voluntariamente tener hijos, hace de ella un ser raro y extraño al que seguro le pasa algo.

Hoy día, las cosas van cambiando y la implicación del hombre en las tareas domésticas y la crianza de los hijos es mucho mayor que hace simplemente cincuenta años. Pero aun así, la mujer sigue siendo la que cubre la responsabilidad de la casa. El tiempo que uno y otra dedican a cuidado de la prole es muy desigual, sin sumar que la mujer lleva la responsabilidad oculta del cuidado. Su carga mental es infinitamente superior a la de su pareja varón y la cantidad de horas diarias que pasa con pensamientos directamente relacionados con el mundo doméstico, es muy superior a la del cónyuge.

Horarios escolares, alimentación, consultas médicas y enfermedades, actividades, vestido, aseo, limpieza, compra y ese largo etc de actividades que tienen que ver con nuestra vida diaria, recaen íntegras sobre las mujeres de un forma natural, solo por el hecho de ser las madres.

Es tan escandalosamente recurrente la tarea doméstica en el mundo femenino que todavía los fabricantes de juguetes siguen fabricando cochecitos, bebés, cocinitas, planchas o lavadoras de uso infantil y que publicitan representando su uso con una niña vestidita de rosa y encantada con la tarea de ser la mamá perfecta.

Hoy os traigo un relato sobre lo que puede suponer para una mujer ser madre. Pero no es un relato al uso, ya lo comprobaréis, sino que son mini situaciones que las mujeres vivimos a diario y con las que no nos queda más remedio que lidiar de una forma o de otra.

Esto es ficción, aunque como os digo siempre, eso no significa que no sea real.  Espero que os guste

MAMÁ

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Me gusta ser diferente. Feminista, atea, de izquierdas. Baloncesto. Autora de El Espejo.

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