El más ilustre confuso

Nietzsche: psicología, filología, moral, afán, religión, belicosidad, contrariedad, barullo, crueldad, bulla, poder, arma, política, Europa, sociedad, guerra, imperio, paroxismo dionisíaco, etc., etc., etc. Es más todavía: si la obra de Nietzsche no se metiera constantemente en camisa de once varas, es decir, con la muy apedreada figura o figuración de Dios en persona, y con la muy vilipendiada dimensión cristiana, desde luego sería en comparación lo más parecido a la “Sagrada Biblia” que, habida cuenta de parodias insignes, podríamos hallar entre los sagrados altares del pensamiento religiosamente ninguneado de manera magistral: llegando a ser la piedra de toque, el status quo en esencia, hasta el pandemónium de cualquier ejército que se precie. No sé si logro transmitir mi concepto de la rigurosidad.

La onírica dimensión cristiana en la que suele moverse más de medio mundo, que no sean tres quintas partes del mismo, entretanto puede sentirse sumamente orgullosa, toda vez encontrado quien la examine a fondo: el diagnóstico resultante, según la experta opinión del médico al uso, tampoco fue el acabose, sino un mero ejercicio de higiene mental altamente virtuoso: en efecto, todos los seres humanos tenemos miedo a la muerte y pánico ante la sibilina idea del Más Allá de la muerte, pero, aun así, tampoco es cuestión de perder el juicio y devenir en fantasía, en ilusión, en hipócrita, en doliente, en creyente de todo cuanto quiera el magín: a colación me resulta muy gracioso, o al menos a mi me lo parece, que el catecúmeno señor Quevedo escribiera la siguiente sentencia: “La devoción consiente muchas cosas que el buen juicio condenara”. A buen entendedor pocas palabras bastan. (Desde luego los hay tartufos, tartufos para todos los gustos: hoy dicen blanco y mañana negro: fuera hablar por hablar, cual reunión de vecinos).

Si bien es verdad que Schopenhauer comoquiera fue la prístina semilla de una planta ulteriormente llamada fanático de armas tomar, usted ya me entiende, máxime cuando hable alemán y devenga en judío, sin embargo, no es menos verdad el hecho de que Nietzsche resultara ser el verdadero detonante del monumental y vergonzoso dispar al que hago sinuosa referencia (Gasset y compañía, hablo de Leipzig y Marburgo, también depositaron su correspondiente granito de arena, siempre en términos intelectuales), siendo algo así como la insurgente prolongación de una prepotente idea antes bien tomada de esotro aquel venero propiamente personificado, en una palabra: el que faltaba para el duro, en dos palabras: la mano derecha de esotro aquél, en tres palabras: el importuno pistoletazo de salida, en fin, Nietzsche cual altavoz, a todas luces tergiversado, de Schopenhauer, y el resto un hatajo de dementes con uniforme que confirman a pies juntillas los infrahumanos arrebatos de su personalísima locura (el fanático de marras siempre toma para sí la parte más retorcida del filosófico conjunto en ciernes, al igual que practica el gregarismo común cuando desprecia y aun aniquila todas las virtudes restantes, a ejemplo de Estados, Gobiernos, Credos, Televisiones y demás Romanticismos Oficiales: para mí, eso es, precisamente, el verdadero Comunismo, el Comunismo por antonomasia, que es, para más señas, mismamente aquello que nos venden luengo en calidad de Fascismo, Cristianismo o, en todo caso, Capitalismo encubierto). A mi entender, mismamente por ahí van los tiros de la Historia, usted ya me entiende, luego sabe perfectamente bien a qué carajo me refiero, perdonada sea la manera de señalar a Hitler y muy descompuesta compañía igualmente iracunda y desagraciada.

Por lo demás, hoy me siento más escritor que nunca: será que huelo a chamusquina, a fiambre, a perro muerto y váyase lo uno por lo otro de más allá, usted ya me entiende, sobre todo si responde al nombre de Nietzsche, esto es: el alma de los débiles huele así, el perentorio aire de las iglesias huele asá, el estigma religioso, ¿qué digo estigma?, la inconsciente estirpe de índole religiosa, cualesquiera que sean sus fantasías, sus quimeras y sus inquietudes, sea como fuere resulta apestosa, deshonesta, tanto como la moral, la fe y la ética mal entendida, todas hipócritas en alto grado, y todo aquello que a priori venga quedándose en el tintero, a posteriori será escrito por maese Esplín, en tanto en cuanto sea omitido por aquél, por aquel perínclito seguidor de corrientes a todas luces paranormales: su psicología harta barata, ya en términos religiosos, por momentos se acentúa, hasta parece quedar en entredicho, más aún, en flagrante.

Nietzsche, cuando osaba denostar el certero y sabio y muy loable pensamiento de su gran maestro y tutor, o séase Schopenhauer, en calidad de Catón; cuando hablaba, escribía y meditaba acerca de la muy peliaguda voluntad de marras –según su castrense criterio: “voluntad de poder”–, las veces tratada desde un punto de vista harto ambiguo y, cabalmente hablando, tal como si fuera la viva imagen de una exigua y recurrente volición cualquiera, una volición muy de andar por casa, una inane volición de quita y pon, por ende superficial, instintiva y encima sentimental; y finalmente, cuando discrepaba sobre el crudo sentido que maese Schopenhauer quiso otorgar al insulso grueso de la vida, al pazguato venero de la vida, siempre en virtud de sí misma, puesto que nunca es virtuosa y sí un completo fraude, cuando no una estupenda farsa (Baroja) de postín, incluso una estafa de aquí te espero con los brazos bien abiertos y el regazo dispuesto, completamente dispuesto y tal, siempre a merced de quien lo hubiere en menester: en resolución, para entonces es cuando el susodicho menos oleadas de admiración consigue levantar al unísono con su algo más que acorde paso, y, por lo demás, también se columbra un tanto absurdo, tal vez anodino y en algún que otro caso que después señalaremos ad hoc, incluso trivial, lo que ya es decir, siempre en materia religiosa y muy dentro de lo que cabe en Filosofía, claro está. Si bien no tachamos a Nietzsche de ridículo por afán, ímpetu o simple marrullería, nada más lejos de la realidad, sin embargo, sí lo hacemos, antes al contrario, porque Schopenhauer, si en una de aquellas causalidades tan empíricas cuan metafísicas, en lo sucesivo hubiera podido conocer de primera mano la impulsiva y luenga obra maestra de Nietzsche (quien disfrutó de su infancia, al paso que esotro aquel genio de Danzig tajo parejo preconizaba los últimos años de su refulgente y esplendorosa y muy aplomada vida, perdiendo así al segundo de sus padres en liza –¡ahí estamos!–), sin duda alguna se habría ensañado a porfía de él, una vez puesto lo que se dice de vuelta y media, sobre todo por mor de su impulsiva y manifiesta falta de rigurosidad filosófica que muy en desmedro de la verdad antes bien sugerida de valiente, no obstante su intelectual capacidad psicológica, efectivamente suele tornarse luego en evidencia durante múltiples y numerosas ocasiones en las que la falta de saber metafísico, por ventura la dicha se hace de notar un sí es no es bastante, y seguimos hablando de Nietzsche; sobre todo, ante todo y más que nunca, cuando son repasados a conciencia todos sus ensayos, cabalmente firmados siempre por una especie de muy entronizado anticristo, de otro lado, gran demoledor de morales al uso del procomún, siempre escritos con tanto afán y apremio como secundada ligereza e impetuosidad dijérase espontánea, pasajera, explosiva, ecléctica, permítaseme decir rabiosa, avasalladora y, pese a todo, posiblemente bella y desde luego sincera como pocas, ¿qué digo pocas?, como ninguna, y aunque a veces desvaríe un poco y de cuando en cuando sea el hazmerreír de las personas que sin llegar a ser inmunes sí son consubstancialmente abúlicas, y váyase lo uno por lo otro de más allá, es decir, el Paroxismo Dionisíaco por la Voluntad de Poder, a cuál peor de entrambas teorías en liza, en suma resulta un sí es no es bastante digna de mención. En virtud de lo cual, bien pudiera decirse que Nietzsche, sin duda vino a ser un genio sin parangón alguno, sí, esto está claro, sobradamente claro, incluso clarísimo, mas, sin embargo, su confusión filosófica también destaca sobremanera: tal es la pega que, en términos filosóficos, suele tener el exceso de sinceridad y la excesiva declamación de la prístina verdad que enhoramala oculta y esconde el hipocrático mundo de las ideas cabalmente manchadas por la ingente juarda religiosa: lo mismo (¡tronco va!) Nietzsche que Larra, para ser mucho más exactos todavía, ¡lo que ya es decir!, por cuanto me siento más escritor que nunca.

Así pues, lo más extraño de Nietzsche, en resumidas cuentas viene a ser mismamente esto: ¿Cómo es posible que un pensador tan abisal cuan profundo, un psicólogo nato, un auténtico psicoanalista de pura cepa, al trasunto no cayera en la cuenta de que una buena parte de su obra filosófica, al fin y al cabo no hacía sino zaherir el caletre de una vulgar patología indiscutiblemente psiquiátrica? (ahora me doy cuenta del error que atesora mi pregunta, dado que adolece de respuesta, luego no será posible responderla en tanto en cuanto sea una prédica en desierto, si bien porque la pregunta en cuestión, ya trae a priori la respuesta en ciernes, dijérase superpuesta, intercalada, inmiscuida), máxime cuando ésta adviene mediocre, vulgar, evidente, insulsa, común, generalizada, onírica y fantástica a más no poder. Por consiguiente, lo más inquietante, asombroso e interesante de maese Nietzsche, es, pues, su intempestiva ingenuidad de índole espiritual y carácter cien por cien pasajero, nunca mejor dicho, por cuanto viene haciéndose de notar un sí es no es bastante, sobre todo al intentar refutar fallidamente y aun sobremanera explícita la contundente e inamovible y mucho más que sólida doctrina que Schopenhauer, no obstante su infrahumana perspectiva, en efecto puso a merced del mundo y aun sobre la tenaz mesa del pensamiento que, en virtud de la razón, siempre pecará de noble –ahí queda eso–, y, por lo demás, se la conoce tan rigurosa y sincera cuan incontestable y precisa. Es entonces cuando nuestro ilustre aprendiz de psicólogo al uso del perínclito séquito cristiano, en iguales méritos y parejas cantidades, ex profeso fue capaz de pensar cosas tan terribles y dispares como, por ejemplo: “La vida misma es voluntad de poder”; ¡a la orden, mi Capitán! Ahora bien; mire usted, Teniente, estimado señor Nietzsche: la vida, y, por extensión, la coexistente voluntad empírica, y entérese bien, con arreglo a todo ello, no es voluntad de poder ni qué ocho cuartos, sino la voluntad metafísicamente objetivada cabe sí misma y punto en boca, chitón, mutis, se acabó lo que se daba, tengamos la fiesta en paz y sanseacabó, cualquier otro aserto que al resón pudiera añadírsele, sobre ser el acabose, sobra y por ende está de más, si acaso deviene menesterosa, es proclive o adviene so talante navideño, o resulta ser de color azul turquesa, o viene siendo forofa del Recreativo de Huelva, o gusta de escuchar a Wagner y a la postre presume aires de grandeza, al trasunto no atañe, no ha lugar, no corresponde, no es pertinente, no se ciñe al flanco en modo alguno, así que no viene ni a cuento ni tampoco al caso; cuanto más que Schopenhauer no hablaba precisamente de eso que usted preconiza sin saber de la misa la media; y también, ya puestos a meter cizaña, fuera en pos de rematar así el lustroso yantar literario, añádase al banquete de la imprecación culinaria, aquesta otra opinión al uso, yo, incluso me atrevería a tacharlo de común, al uso de lo común, llegando a ser una opinión que, bien mirado el asunto, tampoco tiene desperdicio alguno, justamente lo contrario que la ganga, la escoria o los asbestos de toda laya, y copio, a renglón seguido, textualmente (sic), esta misma es a saber: “La voluntad, naturalmente, no puede actuar más que sobre la voluntad -y no sobre materias (no sobre nervios, por ejemplo-).” ¡Y vuelta la burra al trigo!, ¡dale que te dale!, ¡erre que erre con la voluntad del corazón, el aplomo del sentimiento, el brío del espíritu y el trapío de nuestra rica personalidad, vulgo ánimo!, ¡desde luego, qué cabezón es usted, mi querido señor Nietzsche, dado que no hay dios helénico que le saque de sus trece, por muy hijo de fratría que devenga!: fuera cosa, misterio o gravamen, con la que Schopenhauer, a buen seguro se hubiera tronchado, ¿qué digo tronchado?, se hubiera muerto de risa, faltando, pereciendo, falleciendo por mor de un apabullante ataque de risa; si bien porque Nietzsche –puesto que confunde y casi llega a intercambiar los términos volición y voluntad, trabucándolos entre sí, en efecto viene haciéndose lo que se dice la picha un lío–, una vez situado al resón de maese Schopenhauer, por lo pronto se conoce que no llegó a entender demasiado bien el profundo y empírico y conceptual significado que la metafísica palabra voluntad, efectivamente conserva y adquiere de suyo, máxime cuando fue venteada por boca de su mayor Catón, es decir, Arthur Schopenhauer, siempre con la venia de Kant y emérita compañía, Parménides, Descartes, Hume, Berkeley, etc., aun siendo una relativa compañía tanto cuanto menos famosa que los ya mencionados tres mosqueteros de muy cuadriculado origen Alemán: esa bárbara nación que siempre ha mirado con desdén el potentado imperio romano, un imperio que, espiritualmente hablando, y préstese mucho ojo al dato que presto se avecina, asimismo fue minado (sic) por el gran movimiento cristiano de la época (Guillermo Díaz-Plaja). Quienquiera puede relacionar, incluso trabucar, la remota calenda romana por la reciente prebenda hitleriana: todas las conclusiones que saque, desde luego no serán agua de borrajas… ¡Toma ya! 

II

Y hablando de Nietzsche: a continuación voy a permitirme la licencia de transcribir al pie de la letra, así como a rajatabla, un potente y expresivo párrafo que, una vez leído en profundidad, desde luego no deja lugar a dudas, por cuanto es evidentemente suyo y de nadie más, o sea, contundente donde sólidos y plomizos los hubiere igualmente depositados; si bien no será traído a colación para continuar el orden de la premática previamente establecida, ni tampoco para seguir dando pábulo al benemérito señor Nietzsche, sino para bajarme un poco los humos y, de paso, para quitarme de golpe y porrazo la tontaina sonrisa imberbe que comoquiera anda rodándome la moral desde hace un rato y eso es algo que me suele molestar, si solamente dijera bastante, por lo pronto no estaría siendo sincero del todo, por lo tanto, no creo que un adverbio semejante, una vez puesto en aneja situación, enhorabuena pudiera pasar tal que así por el infalible detector de mentiras antes bien creado al efecto, así que no podría ser colado de rondón o, en todo caso, sin ser visto por el muy agudo ojo del escritor al que, por cierto, no suele escapársele ni una, antes al contrario parece cazarlas al vuelo; por consiguiente, ahí va el jarro, ¿qué digo jarro?, el jarrón de agua fría, ¿qué digo fría?, más bien helada, todo sea por mor de tres buenas razones, si conviene, y sí conviene, al menos para con un servidor, estas mismas son: fustigar el oblongo trasero de mi engreída esperanza, mancillar el dintorno de mi sitibunda moral, y finalmente, para achantar la indecorosa inocencia de mi risueña voluntad; así, pues, dado que viene curva peligrosa o, en su defecto, pronunciada, ¡abróchense los cinturones!:

 

Los géneros mixtos.—Esos géneros mezclados en las artes son una prueba de la desconfianza que los autores tienen en sus propias facultades; han buscado fuerzas aliadas, intercesores, tapaderas: tal como el poeta que llama en su ayuda a la filosofía, el músico que recurre al drama y el pensador que se alía a la retórica”.

 

(Friedrich Nietzsche: “Humano, demasiado humano”.)

II

Es entonces cuando Schopenhauer, cuya Filosofía no es mundana, ni tampoco religiosa o acaso espiritual, sino Metafísica en alto grado, en rigor Metafísica de muy altos vuelos, al punto exclamaría: ¡Eureka, precisamente eso es lo que viene siendo usted, estimado señor Nietzsche: un pensador que se alía a la magnífica y espléndida retórica de su Filología maestra! Es más todavía: a lo largo y ancho de mi Obra lo repito al menos cuarenta veces: cada vez que menciono la palabra idea lo hago de modo platónico, es decir, como concepto empírico, al igual que practico con la Voluntad, cuando la sitúo detrás de Todo lo existente, lo mismo material que orgánico: siga Usted, pues, filosofando acerca de la voluntad de ánimo, ya sea humana, animal o vegetal: la Voluntad a la que yo en todo momento me refiero, para nada es el alma, el ego o el espíritu santo, sino el último trasfondo metafísico, para que usted lo entienda, al unísono con la Humanidad, dijérase, medio en broma medio en serio, Dios (je, je), aunque yo, personalmente hablando, antes bien prefiero llamarla tal que así: dimensión, la última frontera, la oscuridad que alumbra el devenir de aquesta irrealidad 100% cognoscitiva… Yo creo, a la sazón, que no es factible criticarme, máxime cuando el criticador en lid no está intelectualmente capacitado para comprender de viso el excelso punto metafísico que mi Pensamiento atesora (y esto no lo digo yo, lo diría en todo caso Schopenhauer). Yo no arremeto contra los genios que envidio sobremanera, no brego contra ellos, antes bien los admiro, los leo y, por extensión, aprendo mucho de ellos: “La plebe de los sentidos” (Platón), funciona justamente al revés, de forma totalmente contraria: la susodicha es pura contradicción, magnánimo fruto de la ignorancia asaz premeditada.

El lirón de las ánimas”, artículo nº. 3.

© José Javier Martínez Rodríguez.

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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