Nuestra mayor virtud: el desprendimiento

Si el vastísimo territorio español, el mostrenco terruño patrio o la pedestre gleba nacional, en conjunto fuera escrutado minuciosamente, lo que se dice de cabo a rabo, palmo a palmo, metro a metro, incluso hectárea tras hectárea (a razón de infinitas centiáreas, según viene rezando las antiguas y agrimensoras y hereditarias calendas patriarcales, q.e.p.d., allá por las frías, montunas y apaciguadoras tierras de Molina de Aragón; fueran escrituras catastrales absolutamente preciosas, a saber: el papiro de color entre amarillo y socarrón, perdón, marrón, toda vez escrito, ora a máquina, ora a mano y muy al estilo Cervantino; para mí resulta ser algo así como un delicioso recuerdo de un tiempo ya enterrado, junto a un mapa del tesoro, R. L. Stevenson): digo yo que el resultado de tamaña búsqueda inquisitiva, al trasunto no sería ningún otro que el descomunal e ingente acopio de una impresionante y colosal e inmensa y a buen seguro desproporcionada cantidad de bochornosa basura inmunda –y no estamos hablando metafóricamente, ni tampoco haciendo referencia alguna a la exorbitante corrupción vigente–, principalmente compuesta por, y verse en sucinta enumeración: envases de todo tipo, mayormente derivados del muy contaminante plástico, orbiculares hojalatas de toda laya, diversos enseres, cachivaches varios, multitud de rastrojos, tan pronto amorfos como indeterminados, mudadizos y fluctuantes, mucho matorral, mucha garriga y bastante maqui por doquier, variopintos restos de juguetes ya en marcado desuso y, por ende, estropeados, así como bolsas de todas clases y numerosos sacos de plástico, escombros propiamente pertenecientes al remanente de la última reforma hogareña, pongamos por caso la cocina, ahora bien chapada con azulejos nuevos, la cenefa siempre haciendo juego, numerosos vasos, platos y ventanas de cristal roto, bastantes botellas de vidrio curiosamente intactas, la arquetípica lata de aluminio del típico refresco veraniego que, cual si fuese un tópico, nunca brilla por su ausencia, sino, exactamente, por su estereotipado y llamativo color, sin olvidar los paquetes de tabaco usualmente mojados por la decolorante lluvia de marras o por mor de lo que fuere, orín entre otros muchos líquidos tanto más corrosivos y algo menos catingudos, por descontado súmese a la lista ingente el millón de colillas más o menos disecadas y amarillentas, también pertinentes, y ya, cabe en última instancia, desde luego habría que añadir alguna que otra privada literalmente pinchada en un palo –fuera atrevido, ostentoso e indecoroso decir mástil– que, sigilosamente guarecida entre algunos arbustos de porte espeso, trozos de papel higiénico por allí y por allá, comoquiera yace a la espera de ser debidamente pisada tal como mandan los cánones del azar y los preceptos de la casualidad, desmanes todos; siendo, en fin de cuentas, algo así como la agrimensora radiografía de un variado repertorio de cochinadas cabalmente cometidas a discreción que, quieras que no, nunca dejarán de ser el pudendo resultado de una raza cuando menos sucia y descuidada que comoquiera fue educada ex profeso y, por lo demás, se conoce que adviene ad hoc y además se presume constitutivamente acorde a sus habituales costumbres un sí es no es sanitarias, siempre en perfecta armonía y absoluta consonancia con sus muy acendrados hábitos de limpieza; amén.australia-162760_640

Tanto más que inconexo solemos encontrar aqueste tipo de comportamiento a todas luces sórdido, desconsiderado y mugriento, por cuanto vemos, y de qué manera, que todos esos desperdicios varios, todos derivados del muy fracasado orbe humano, desde luego fueron arrojados a propósito, así como tirados adrede sobre el desolado e indefenso suelo patrio –válgale zahúrda– que tajo parejo nos sustenta y sostiene, y además sin conservar nunca, para con la Península Ibérica, ningún tipo de miramiento medianamente razonable, ninguna consideración previa que al trasunto bien pudiera ser remarcada aquí, siquiera sea de forma consecuente, lozana y solazada, mas no es el caso y al decir de Platón, “nada más lejos de la realidad”. De todo lo cual se infiere, aunque yo no lo diga, un par de apuntes harto delicados, aquestos mismos son: primero, que la incuria hispánica, o sea la caterva española, en principio viene a ser así de tarambana y también un punto gorrina (un poeta como Dios manda hubiera dicho guarrindonga); y segundo: que las mal llamadas Autoridades “competentes”, sobre ser las supremas encargadas oficiales de impedir aqueste tipo de licencias, asimismo son incluso peores que aquélla, por cuanto hacen caso omiso ante la situación sobredicha y, por ende, no aplican el oportuno remedio correspondiente que, una vez situado en sazón de unas buenas manos, y no en las pezuñas de ningún impostor al uso de la cuadra, mejor fuera decir zahúrda, en lo sucesivo bien podría aplacar de cuajo semejante descontrol de basura dijérase independiente y bohemia que enhoramala trisca a sus anchas, pace al libre albedrío y pulula a su santísimo aire, en virtud de lo cual, bien pudiera añadirse el subsiguiente responso, a saber: el hecho de mantener limpia de polvo y paja la misma nación en la que todos los conmilitones hacemos ademán de vivir, al par que desmán de arrojar y tirar todo al suelo, preferentemente todo aquello que de un modo u otro nos viene sobrando, ya sea de la faltriquera, ya sea del reconfortante y albo hogar, después de todo se conoce que es un sí es no es demasiado postular, a juzgar por el comportamiento del común bestiaje de marras, tanto el bestiaje oficial como el mundano y más providencialista, tanto monta. Y para colmo de males, encima van los siempre amañados medios de comunicación –que, por lo general, no suelen impartir cultura o educación, sino sentar cátedra, es decir, embrutecer al paisanaje toda vez puesto el potente ventilador que a discreción reparte la catinguda juarda política de este marrullero país que no es Estado de Derecho, sino pandereta al uso: de ahí el mal ejemplo que ha tomada la masa–, y a lo más tardar nos dicen, perdón, nos cuentan que ya se recicla en España, ¡tararí!, que ya se recicla en España nada más y nada menos que el setenta por cien de los envases recogidos (¡tararí, tararí!), cuando en realidad no viene siendo sino el setenta por cien de los envases recogidos por exornada vía oficial que, no obstante su chabacana ostentación, en fin de cuentas debe suponer, como mucho pedir y tirando muy por lo alto, alrededor de un mísero diez por cien del total de envases que grosso modo son generados quizá y sin quizá a diario, incluso a mansalva; mientras que el noventa por cien restante, o sea el remanente en bruto, ya sabemos todos los lectores de Delibes y Camus, dónde diantres anda: vilmente depositado en la cuneta, casi siempre al lado de “Las Ratas” que, en efecto, devienen nocturnas, y, respecto a lo demás, junto a “La peste” que comoquiera desprenden todos los vertederos de orden improvisado, ya muy cerca de las impolutas vías por donde pasa y deja de pasar volando el modernísimo tren de alta velocidad, quién sabe si a vera de la más ignorante bonhomía jamás vista luego en civilizado país alguno: fuera cosa, misterio o gravamen que, muy en caso de ser así, desde luego sería, por cierto, para ponerse a llorar a moco tendido, ejem. El asunto es a saber: incluso más grave de lo que parece a primera vista, si bien porque una cosa es recoger, reunir y separar los envases, a razón de su condición, y otra muy distinta reciclarlos –gracias, todo sea dicho, a la inteligente labor de algunas empresas, tampoco muchas, cuya materia prima efectivamente subviene en calidad de basura previamente tratada–. Ahora bien: puesto que el horno ya no está para bollos de ningún tipo o clase, dejémonos de tonterías y payasadas y por favor vayamos directamente al meollo del asunto que instante tenemos entre manos; tengamos la fiesta en paz y nadie saldrá perjudicado; cada mochuelo a su olivo y aquí no ha pasado nada, todos tan amigos y mañana será otro día, Santos Justo y Pastor; cuanto más que esto no tiene mayor misterio, que ya está bien, toda la vida matando tontos del bote y cada día, San Inocencio, salen más, quién sabe si por debajo de las mismas piedras que decoran el camino.

Por lo demás, ni que decir tiene lo vergonzoso y lamentable que con todo bien sopeso viene a resultar un hermoso país parcialmente recubierto de basura (no solamente en calidad de inmunda y material, sino de índole política y también judicial, ésta de remate) y desperdicios varios, literalmente repartidos a discreción, y váyase más ración de lo mismo a propósito del grotesco y bochornoso devenir en colectividad que, para mayor inri, nunca aspira a vivir de manera escrupulosa, más bien lo contrario, o sea, convivir entre toneladas de porquería previamente arrojadas al tresbolillo, llegando a ser una especie de barahúnda, en términos institucionales, desde luego mal conducida, mal llevada y mal educada; dando la impresión, y permítaseme la muy alegórica metáfora al uso, de un iracundo rebaño de cabras, ora monteses, ora insurrectas, que, huyendo a su aire, desperdigadas a la virulé, en efecto son perseguidas, sin orden ni concierto, por un desesperado pastor a todas luces inútil, inútil de grado, toda vez intimidadas a diestro y siniestro por un desesperado mastín a todas luces inútil, inútil de cuerpo entero. Y quien no quiera o, en su defecto, no pueda entender un remedo tan sencillo, un símil tan elemental, una metáfora tan simple, una moraleja tan inocente, con arreglo a ello debería irse a paseo, a ser posible con su inverecunda facha, con su inverecunda pinta, con su inverecunda jeta y, sobre todo, con su iracunda e inverecunda compañía que, a modo de paraguas al uso, tal que así suele hacerle sombra constantemente, a cuál peor de (entrambas) todas.

—Todo eso que usted dice, en principio está muy bien, no lo niego, mas, sin embargo, hay países que no son países propiamente dichos, sino teatros, guiñoles, plateas ingentes en donde Pierrot y Compañía (bella asociación de términos), las más veces consiguen que la realidad supere la ficción y además con creces.

Los peores momentos en la vida de las personas de bien, sin duda son aquellos en los que se sienten completamente rodeadas de idiotas por doquier, acortando así la luenga distancia que grosso modo tercia entre su distinguido caletre, y un mundo cabalmente plagado de locos y desalmadas, tal como ya insinuó Moratín. Dostoyevski, a todo esto dijo que la preocupación estética es la primera señal de impotencia, y acertó, ahora bien: ¿la estirpe doliente, en general es el prototipo ideal o, en cambio, somos nosotros los enfermos, los raros, los distintos, los defectuosos, los estéticamente contrarios a la tónica general?

”El lirón de las ánimas”, artículo nº. 18.

© José Javier Martínez Rodríguez.

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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