¿Por qué no puede dejar de luchar?

¿Por qué no puede dejar de luchar?

Ese día los pies de Nella no parecían querer separarse del suelo. Cada paso requería de un gran esfuerzo. Decidió parar en el parque por el que pasaba casi todos los días para llegar a su pequeño piso. Por la hora estaba desierto. Se fijó en uno de los bancos que miraban hacia los columpios. Apoyó una mano en el asiento y se dejó caer, sabiendo que era una superficie dura y el impacto no sería muy agradable. Colocó la carpeta a su izquierda. Intentó acomodarse y se descalzó.

A pocos metros en la penumbra le pareció ver a una pequeña niña. Achinó los ojos y estiró todo lo que pudo el cuello. Sí, era una niña y la observó. Delgadita, apenas tendría unos ocho o nueve años. Los bracitos extendidos en cruz. La cabecita con una sutil inclinación hacia la derecha. El cabello suelto y largo. Apariencia frágil y vulnerable. Vestía manguita y pantaloncitos corto. Rotaba lentamente. A la vez se desplazaba hacia una zona iluminada por una de las farolas que rodeaban al parque. No veía bien su carita. La niñita alcanzó la línea curva alumbrada. Le sorprendió ver que el rostro de la pequeña no parecía tener alegría. Con los ojitos cerrados y unas lágrimitas que humedecían su triste rostro.

Nella abrió los ojos más de lo normal. No terminaba de distinguir el rostro de la pequeña. Parpadeó varia veces cuando de pronto se quedó sin aire. Sintió que su pecho se encogía. Todo el vello de su piel se erizó. El corazón por un momento le quedó inerte. Un nudo enorme se le instaló en la garganta. La conoció. Recordó ese preciso instante. Dos días después de aquel horrendo suceso en el que un adulto le arrebató la inocencia, arrancó la alegría, machacó toda su candidez, destrozó la infancia, le desgarró el alma. En el parque intentó encontrar su sonrisa, pero había desaparecido.

Su respiración seguía cortada, no pudo coger aire hasta que rompió a llorar. Subió los pies al banco. Abrazó sus piernas… Quiso gritar, abrazar a la pequeña para decirle que jamás nadie la volvería a dañar de esa forma. Pero sabía que eso no lo podía hacer. Se hubiera mentido. Los recuerdos la volvían a romper, desgarrar el alma. El miedo, no, ¡el pánico! reapareció e invadió su mente. Cerró con fuerza los ojos, tapó su cara con las manos. Se esforzó e inspiró a golpecitos hasta lograr llenar los pulmones, que parecían no querer colaborar.

Sucedió en más ocasiones de las que ella podía ni quería recordar. Momentos en los que hubiera deseado desaparecer, ¡morir! No pudo, no supo cómo hacer para acabar con esa vida. No quería que le volviera a pasar. ¡Huyó tantas veces sin poder escapar! Un día, transcurridos un par de años, aterrada, temblorosa, espantada, acongojada, se atrevió a explicarlo a otro adulto.

De pequeña siempre quiso saber por qué una persona en la que tenía que creer y confiar, que la tenía que proteger y cuidar, la dañó una y otra vez. «¡Encima le decía que la quería! ¿Qué pasaba por la mente de él, para poder creer que podía abusar así de ella, sin más? ¿Por qué? ¿Qué daño le pudo hacer ella, una pequeña y frágil niñita?»

Nella volvió a mirar donde giraba la pequeña. Había desaparecido. Volvió a llorar en silencio. Se secó la cara, bajó las piernas y abrió la carpeta que seguía inmóvil a su izquierda. Habían varios expedientes, fue pasando uno tras otro hasta dar con aquella pequeña sin vida. Otra víctima de abusos de otro ser egoísta y sin más sentir que el de satisfacer sus deseos más oscuros, repulsivos, deleznables. La niña era aún más pequeña y frágil, que lo fue ella en el momento de los abusos. No la pudo conocer en vida. No pudo hablar con ella, ayudarla, consolarla y explicarle que ya estaba a salvo. ¡Que le ayudaría a hacerse fuerte…!

No, ya nadie podía hacer nada por esa pequeña niñita inocente. Eso la destrozaba. A la vez se preguntaba: «¿Cómo voy a ser capaz de decirles, a las niñas y niños por los que pasaban por ese horror, que se harán fuertes?» Ella misma tenía momentos en los que flaqueaba y se hubiera apartado de aquel mundo sin mirar atrás. Pero, ¿cómo iba a ser capaz de abandonar a tantas pequeñas indefensas? No, eso no lo podía hacer. Tenía que volver a armarse de valor. A llenarse de energía, de fuerzas.

Ella siempre fue muy consciente de que no podría evitar que a ninguno le volviera a pasar nada parecido. Tenía muy claro que si esas criaturas no tenían a personas que las apoyaran, las animaran, incluso, les enseñaran a defenderse, podrían acabar aún peor. Eso no lo iba a consentir. ¡No! Al menos, tenía que seguir luchando por todos los que sí llegaban a la mesa de su departamento. Las pequeñas tenían que saber que había adultos que los cuidarían, estarían lo más cerquita posible para escuchar, consolar y hacerles sentir lo que era amor de verdad. Era lo que ella hubiera querido sentir y oír en su día.

Hace lo posible por difundir tanta atrocidad e intentar que los adultos estén muy atentos. Sobre todo, insiste en que jamás cuestionen a los menores y que los arropen y escuchen siempre.

Comprende que para cambiar las cosas la educación y los medios tienen que dar un giro y pasos de gigante.

Nella se calzó y levantó del banco. Se acercó a la pequeña farola y miró hacia arriba. Estiró sus brazos y rotó un par de veces. Esta vez la cabeza la tenía centrada, no le brotaban lágrimas y sus ojos los mantuvo abiertos. Se dio la vuelta y se dijo: «no pasa nada, todo está bien». Ella no puede ni quiere dejar de luchar, seguirá con ese titánico trabajo. Sus pies parecían estar algo más ligeros y se dirigió a su pequeño piso a reponer fuerzas, a descansar de aquella larga e intensa jornada.

 

3 Comments
  1. dalila_sin

    Gracias por leer y por los comentarios.

    11 septiembre, 2018 at 5:04 pm - Reply
  2. S.f

    Maravilloso… Esta dicho todo

    31 agosto, 2018 at 8:53 pm - Reply
  3. S.F.

    La culpa , la humillación, la vergüenza, el miedo, el dolor frena pero se sale..
    Muchas gracias me ha encantado

    31 agosto, 2018 at 8:48 pm - Reply

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