El rey de los sinceros

Antes de nada, con la venia del ilustre jurado que muy posiblemente deviene pensante, no obstante quisiera constatar, desarrollar y asentar la siguiente vaga idea, a saber: la magna obra “El mundo como voluntad y representación”, desde luego no viene a ser una vulgar y mediocre entonación repentinamente preconizada por cualquier hijo de vecino al uso, antes al contrario devino escrita por la precisa y muy diligente mano de Arthur Schopenhauer, lo cual, por lo pronto supone ya, mejor fuera decir, de entrada supone ya, rigurosidad a espuertas, y por eso mismo, la obra susodicha, enhorabuena llega a modo de compendio filosófico sin parangón alguno, tan vasto cuan insigne, en donde al unísono con la genialidad cabalmente manifiesta, también puede verse recogida, luego en almoneda suma, una buena parte de (nunca diremos estupidez) ingenuidad intrínseca e inherentemente humana, demasiado humana, que dijera aquél, verbigracia: la santidad, la definición del tiempo en sí, la lógica cuántica, el contradictorio halago a Kant y la exaltación de un tal Goethe, etcétera.

No obstante lo dicho, en cuanto a eximia obra maestra se refiere, sin duda la columbro tal como la lectura más dura, completa y compleja que jamás haya podido leer un vulgar y mediocre y corriente servidor, durante el exiguo y enrarecido y aletargado tiempo que, paradójicamente, lleva acumulado de vida. Ahora bien: todos los avances propios de la Metafísica, todas las premisas de la Ciencia, todo devenir harto fundamental, todo análisis metódico, todas las filosofías habidas y por haber, todo pensamiento célebre –metódico por defecto–, así como cualquier tipo de estudio concienzudo, cualquier ensayo y error, cualesquiera clases de causas y efectos que ex profeso pudieran darse a discreción del libre albedrío catedrático –docto altar–, cualquier experimento, razón o desarrollo cabalmente creado ad hoc, y por último, cualquier devenir cognitivo que a la limón se presente bajo la batuta del mostrenco ser humano…, en conjunto ni que decir tiene que, a porfía de la realidad, no sepamos ya de antemano, puesto que todos esos parabienes, y no se salva ni uno, tajo parejo confluyen, terminan y consecuentemente mueren, las veces entroncados en un mismo punto cardinal, léase crucial, esto es: en cuanto agotan su algo más que relativa existencia de índole subjetiva, por entre el descomunal abismo del abisal y desconcertante egocentrismo humano, demasiado humano, que, para colmo de males, encima suele pecar de falso, iluso y risueño, aun siendo ingente, colosal e infinito. De tal modo es así, que, para el rebaño, los filósofos, efectivamente son un hatajo de locos-misóginos en los que el sentido religioso no existe como tal. Más aún: para el rebaño, los misóginos, efectivamente son un hatajo de filósofos enloquecidos en los que el sentido religioso no existe como tal: de ahí la magnífica frase de Platón, cuyo grueso describe de un solo plumazo, todo el devenir humano habido y por haber: “La plebe de los sentidos”.

Dígolo, más que nada, porque todo aquel repertorio ingente, aquel hontanar de ideales, tamaño tejemaneje, semejante parafernalia, descomunal barullo filosófico, anejo despliegue de teorías varias, en principio no hace sino denominar (bautizar como Dios manda) el burdo y solapado comportamiento de todo cuanto nos rodea, así como la aparente e indiferente actitud de todas las cosas que más o menos conocemos de visu, al igual que practica el naturalista de turno cuando investiga el afligido comportamiento del pulpo oceánico o el lento y parsimonioso desarrollo de una planta cualquiera, pero, en verdad, más aún, en puridad, nadie sabe de la misa empírica la media, por consiguiente, nadie sabe de cierto qué carajo es el mundo, qué es el viento, de dónde procede, qué el espacio exterior, así como el agua, las montañas, una piedra, una célula, de dónde viene todo esto, qué demonios es la vida, qué la voluntad, ¿maese Schopenhauer?, qué es el aire, el sol, la respiración, el día entero, la caída de la noche, de dónde leches venimos, de qué antro infesto ha salido –y entiéndase bien– la humanidad (sin hache mayúscula, verse en calidad de pulsión, no como caterva, miríada o masa al uso de Sor Voluntad), de dónde diablos proviene toda esta gente que anda medio aquí, medio allá, por qué nacemos y morimos al cabo de un tiempo, por qué el terruño es un material prácticamente perfecto, sin rastro de vida aparente, qué demonios viene a ser el amor, la materia o el sentimiento poético, la ley de causalidad, la volición intrínseca, la existencia misma, el cerebro, incluso aquella fenomenal objetivación propiamente personificada de la que tanto se habla, de la que tanto se desconoce cuanto más se la goza y más se la quiere entender y más se discute, ora de ella, ora con ella, en tanto fuimos paridos por ella…, al trasunto, nadie, absolutamente nadie, podrá contestar jamás semejante retahíla de preguntas punto menos que trascendentales, y la cosa tampoco tiene visos de cambiar algún meritorio día de éstos, seguramente próspero, quizá porque la vanidosa, presuntuosa y muy presumida mentalidad humana, aparte de arcaica y engreída y psicótica, también deviene ignorante, ignorante por definición, en tanto en cuanto sea su bandera, su estatus, su mortis causa, su locura y por supuesto su fatal e ingobernable sino secularmente impuesto por el sacrosanto destino de la raza; de tal suerte que la ignominia, de aquí en adelante efectivamente debería columbrarse tal como si fuera una rémora eterna, quien dijo eterna, ahora dice perpetua, por mucha metafísica que a propósito se desarrolle presto, fuera marear la muy trastornada perdiz que comoquiera supone el ridículo y demencial pensamiento característicamente humano (somos la única especie conocida que se comporta de manera asaz diferente: esto, bien mirado, no es ningún mérito, sino una clausula, una rémora, un flagrante defecto). Si bien no es óbice suficiente, ni tampoco obsta para que estemos completamente de acuerdo con el profundo carácter reflexivo, llámese pergeño, caletre o prurito, que enhorabuena presume cualquier ensayo filosófico que así se precie, ya sea metafísico o no: cualquier cosa mucho antes que la religión de marras, la devoción en ciernes y la fantasía increíblemente servida a la carta (no hay Universidad en el mundo que, a propósito de materias, enseñe más allá de un tercio de la realidad, precisamente el tercio más retocado de todos: Schopenhauer o Nietzsche, tajo parejo son las pruebas viviente de lo que vengo diciendo): fuera plática insulsa, superchería al uso de la claque y voluptuoso cuento de hadas, siempre en calidad lingüística, gramatical u ortográfica, y poco más que añadir, sabedores que la Ciencia, o el raciocino de la teodicea, en principio está muy bien, nadie lo niega, puesto que se dedica al colosal y subsidiario estudio del Medio que, al decir de Kant, nos es propio, siempre y cuando, claro está, no se salga de madre, de contexto, de sí mismo, esto es: el egocentrismo humano elevado a la enésima potencia del absurdo, siempre esforzándose de valiente, total para enzarzarse de lo lindo por entre la vocinglera cháchara más sutil y compleja jamás inventada por la ingente y cuadriculada demencia humana, siempre a modo de jerigonza desarrollada a espuertas, plática solventada a granel y técnica palabrería largada a mansalva, entre silogismos, aforismos y disertaciones varias: de ahí el famoso hierro de madera, siquiera sea lo mismo que la ardilla descocadamente confinada en su jaula, erre que erre con la noria de molino viejo, corriendo sin parar de moverse del sitio en donde yace justamente su impresionante idiosincrasia cognitiva, tropezando cien veces con la misma piedra de toque. Y, sin embargo, el filósofo, el genio, el sabio, nunca el hombre inmune, aún se atreve a llamarlo: iluminación, cuando en realidad, no viene a ser más que un prolijo y demencial predominio de la voluntad humana que, a propósito de males, no hace sino bregar adrede, aposta, a sabiendas y a porfía de la incólume verdad solariega, contra la mostrenca realidad empírica, total para más tarde quedar usualmente traducida luego en rematada Ciencia al uso de la claque, aristocrática o no, llámese en iguales cantidades: antojo, capricho, puerilidad, ocio, fe, Metafísica, Religión, Filosofía, cristianismo, periodismo, Política, vulgar desahogo mental, conocimiento, sabiduría, Sociedad, Ley, entretenimiento, diversión, trifulca, descomunal barullo de orden mental, enorme hipocresía, grandiosa vanidad, banal presunción, incongruencia, egocentrismo puro y duro, suntuosidad, inherente narcisismo de época, Medievo, Feudalismo, falta de respeto, mala educación, egoísmo en alto grado, etc.

En resumidas cuentas, se diría que el absurdo empero pródigo conocimiento humano, cuando en virtud de lo cual ha logrado perfeccionar su pergeño, su traza, su prurito, enhoramala necesita inventarse una nueva y mostrenca realidad al margen de la común y gregaria y chabacana linde social que a todos los efectos representa ser el ruin sobrante del mundo todo y, por extensión, la estulticia de la vida entera, vida que nunca será conocida a fondo, ni siquiera en liviana y objetiva superficie. Y, sin embargo: erre que erre con la dichosa palabra “Dios”, dale que te dale con el mundo como representación antes bien sometido al indeleble y primordial principio de razón manifiesta, y vuelta la burra al trigo con la cosa que en sus trece debe existir en cuanto tal, porque en caso contrario, el ser humano desde luego no sería tan informe como el asa de un cubo, siempre por encima de todo lo demás, dijérase encumbrado, entronizado, endiosado, ¡miserables que somos!: que le pregunten si no a cualquier animal, planta u organismo que se preste al propósito de enmienda: tal es, pues, la terrible enfermedad, quien dijo enfermedad, ahora dice locura, patología o cerrazón que, sin descanso alguno, atosiga el alma humana prácticamente de continuo, tal vez desde el preciso y aciago momento en que la ingente distorsión humana llegó sin más hasta el impresionante mundo de lo cotidiano, en donde la muy ordenada Naturaleza, tajo parejo andaba, triscaba y ramoneaba en paz y concordia y bella armonía: en cuanto maese Cupido casó a don Fulano con doña Fulana (siendo el principio del fin, el pecado original, la vuelta atrás, todo sin solución de continuidad), se acabó lo que se daba…

Si yo fuera Dios, el Dios que habita en mi chilondra, llámese mollera o sesera, tras reparar en los millones y millones de asesinatos vilmente perpetrados a traición, en las mil especies de animales extinguidas a fecha de hoy, en los mil parajes arrasados por la sicalíptica mano humana, y por último, en la ingente cantidad de niños famélicos que a diario mueren simplemente por caquexia, vulgo hambruna, desde luego pensaría lo siguiente (después de la religión efectivamente sobreviene el sexo, y luego el amor verdadero que, para más señas, casi nadie conoce, no vivimos lo suficiente para ello):

—Vaya idea (platónica) fui a tener, menudo bicho infame vine a crear, ya me vale, incluso la última de las cucarachas tiene más decencia que aqueste detrito en potencia, incluso la mosca se comporta de un modo más natural, incluso la atmósfera le está diciendo a voz en grito lo que es, a qué se dedica y qué menesteres trae en la faltriquera, y, aun así, nada, nanay, flores, predicar en desierto, hablar con la pared, ir a mear y no echar gota, vuelta la burra al trigo, una de cal y dos de arena, tolondrón perdido… Pues yo, por mis muertos que no pienso cerrar el agujero ingente, tapar el boquete, solapar el calidoscopio susodicho por cuyo resquicio entrará, más aún, penetrará la magnificente fogosidad de maese Sol: verás tú cuando el aire sea perentorio, el agua se evapore y la temperatura resulte metafísicamente insoportable, se van a enterar de lo que es bueno, entonces sí van a creer en avernos y tal y tal, tras haber quedado fritos cual salmonetes; después de, para compensar tamaño estropicio, semejante funeral, anejo metesillas y sacamuertos, presto volveré a crear Todo de un plumazo, Todo, absolutamente Todo salvo a este gachó indeterminado; a éste, me parece a mí, que el día menos pensado le doy la papeleta, y punto, sanseacabó, a cascarla… ¡Ya está bien de tanto cohabitar la santísima marrana! ¡Será posible que esté cargándose incluso el cabrestante por el que se desliza su descomunal necedad!

 

Viento soy y campo vengo

Planta fui, y nunca miento

Un amor perdí, a sotavento

Y, aun así, nada siento dentro

”El sótano impertérrito”, artículo nº. 67.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

esplinmartinez

esplinmartinez

Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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