¿Sentimental o razonable?

    Coleridge (1772-1834), buen poeta inglés, nombre harto célebre, en su día más lúcido fue y, habida cuenta de la inclinación que a buen seguro suele adoptar la muy instintiva voluntad humana, ni corto ni perezoso concluyó pensado que en esta vida se nace Platónico o, en cambio, Aristotélico (a colación cabe decir lo siguiente: para el escritor aquí presente, aquesta dicotomía racial, en el pasado supuso la mayor decepción intelectual de toda su vida, pues, de hecho, siempre había pensado, el muy tarugo, y Demiurgo sabrá el porqué, que Aristóteles era de todo punto necesario a la hora de crear la viva imagen, o la idea según Platón, del hombre inmune, o séase que era el Hombre Inmune por antonomasia, el hombre de fuste por excelencia, el hombre hecho y derecho por condición, y no maese Platón: si bien no deja de ser curioso que éste apenas si menciona la palabra Dios en primera persona, y no digamos nada respecto a la mujer o los metafísicos perendengues tan propios y característicos de esotro aquel paisano suyo; así, pues, en resumidas cuentas se diría que Platón, en efecto representa ser la súcuba inteligencia femenina, mientras que el señor Aristóteles, por contra presume la inteligente necedad masculina: fuera vano intentar explicar aquí, hablando ya en primera persona, cual si fuese un poetastro, un escritorzuelo o un filosofastro en funciones, el auténtico ramalazo de la genialidad casualmente encontrada de chiripa, cuyo inconfeso jaez, desde la más terne adolescencia, tal que así vino presentándoseme poco a poco, paso a paso, sorpresa tras sorpresa, entre desengaños, decepciones y mil descubrimientos varios, todos asaz aleccionadores), pues bien: yo, si los oníricos dioses del mundo me lo permiten, siempre con la venia de los argonautas más sagrados del limbo en el que de hecho vivimos todos los seres humanos, talmente añadiría a la pertinente ecuación, el siguiente texto: “Mas cuando no es así, pues entonces, también se nace Inmune, esto es: inmune a toda trascendencia, fantasía o moralidad al uso de la gran parafernalia religiosa que grosso modo predomina en cuasi todo el pensamiento escrito” (a colación habría que decir lo siguiente: el hombre inmune, en realidad no casa, tajo parejo, entrambos genios, ni a la diestra de Aristóteles, ni tampoco a vera de maese Platón, pero… ¿qué puedo hacer si no?: el seguir la corriente es cosa de locos, enfermos y dolientes, y por eso mismo, el susodicho, harto de ver cómo se trabucan gallos por gallinas, más bien prefiere nadar a contracorriente, tal como hacen los salmones preñados de amor, total para llegar, frezar, estirar la pata y dejar paso a los demás, ya sean boquerones, pulpos o merluzos, también pescadillas, rayas de punta venenosa y doradas de muy buen ver que, sin embargo, dejan un sí es no es un mal sabor de boca en el corazón lastimado), lo que bien mirado, no es poco decir, cabalmente situados frente a tamaño desengaño filosófico, toda vez acaecido en materia tanto religiosa como intelectual; cabalmente situados ante el descomunal error de la razón que, en detrimento de su intrínseca valía, nunca jamás hizo méritos suficientes como para abandonar presto su demencial patología infame, secular dónde atávicas las haya depositadas de forma tan futurible y perpetua, como infinita y eterna; cabalmente situados so batuta de Aristóteles, el mismísimo Aristóteles que, a la sazón, fue incluso capaz de preconizar la mayor, ejem, genialidad humana jamás escrita, a saber:  “Dios mueve al mundo al mundo como el amado, en el proceso amoroso, mueve al amante,: como fin y término de la tendencia constitutiva de las cosas”, amén. Ahora bien: después de leer una sentencia tan cuerda, tan inteligente, tan sabia, tan rigurosa, tan hermosa, tan precisa, tan inmune, tan estricta, tan filosófica y ¡tan en diente de sierra!, el escritor inmune no puede hacer menos que sentirse cual si fuese una boñiga pinchada en un palo, disculpado sea el símil. Me parece que ya veo claro: el mundo funciona igual que España, siempre a la baja.

Si bien es verdad que aquella sentencia ilustre adolece de toda seriedad, sin embargo, no estaría de más tomarla, o mejor dicho, adoptarla cual si fuese un acertado vaticinio que a la sazón define la secular y consensuada patología del mundo todo, lo mismo antaño que hogaño. De ahí que un servidor considere a Schopenhauer tal como el único ser humano que, en virtud de la libertad, a despecho de la cruda época en que vivió y pese a la animadversión de muchos advenedizos varios, en el ínterin sí hizo méritos suficientes como para ganarse presto el honorable título de filósofo y por supuesto la vetusta licencia inmune, principalmente porque siempre se mantuvo en sus trece, siempre anduvo con la verdad en la mano y siempre estuvo al lado de la más rigurosa sinceridad, quebrantando de un plumazo (Dios=X), cualesquiera clases de apoplejía, ya sea religiosa, moralista o social; por lo tanto, sí fue un hombre de fuste, toda vez situado a merced de este deficiente mundo que comúnmente suele caminar sobre la delgada línea que tajo parejo separa la estulticia más abyecta, de la locura más inverosímil posible, y también a la inversa; aun siendo una línea a todas luces intuitiva que enhoramala adviene trazada por la pérfida mano de una patológica ficción religiosa-amorosa que, para colmo de males, encima peca, y de qué manera, de inconsciente profunda, por cuanto arguye un desmedido dejo intrínsecamente sentimental, tan instintivo cuan impulsivo, para nada cognitivo, reflexivo o acaso cerebral, a lo sumo epistemológico; dando lugar así a la prosecución de la enfermedad, traducida en un montón de males esparcidos a porrillo, un quintal de traumas repartidos a granel y una tonelada de dolencias distribuidas a mansalva que, al igual que el tabardillo, desde luego hacen ademán de subirse directamente a la chilondra: he aquí, pues, venteado, el confuso y difuso y socarrón devenir en amor que la voluntad en sí suele manifestar de ordinario, siendo, al fin y a la postre, todo un festín, todo un banquete, todo un ambigú que, bien mirado a fondo el meollo, desde luego no tiene desperdicio alguno, justo al contrario que la ganga, la escoria y los asbestos de toda laya, generalmente servido para quien guste y huelgue de principios e ideales, y si además de todo eso, también adolece de rigurosa higiene mental, pues entonces, verdadera miel sobre hojuelas: ¿qué mejor ventura para quien carece de personalidad que la dicha del sectario y gregario sentido común? La estulticia subsiguiente o subsecuente, desde luego es lo de menos y, sensu stricto, la tercera de todas las rémoras en liza: voluntad, inconsciencia y estulticia, es decir, la raíz, el tallo y las hojas, siempre en pos de la flor, socialmente representada por el amor, Dios, la dama, la locura, el espíritu humano por excelencia, el agonismo puro y duro, la voluntad de poder, el desquiciado sentido aristocrático del que presumían casi todos los filósofos, la moralista acedía del vate transido de pena y herido de amor, etcétera; se diría en justo correlato que la Historia de la raza humana, y aún más la vetusta y mohína Historia española, efectivamente gira en torno a esos tres elementos dinásticos, endogámicos y mesiánicos: Dios, la Dama y la espada, en otras palabras, monserga, cuento de hadas y feudalismo barato, la cuestión no es otra que humillar el honor, mancillar el orgullo y doblegar el don de la personalidad, todo por mor del amor ya descastado en origen, me explico: la eviterna manumisión del amor casi siempre deja tras de sí un indeleble reguero de sangre, dolor y muerte, y de ahí no hay buido trocar de quirófano que lo extraiga a flor de piel, más aún: hasta se diría, ya en términos generales, que la raquítica y hética consciencia humana, siempre en lucha permanente contra la voluntad que comoquiera subyace en el fondo más abisal del instinto, en principio deviene demencial, cuando no deficiente, doliente y auto-moribunda, según Gómez de la Serna, a juzgar por lo poco que obstan la inteligencia, la razón y la personalidad del sujeto para con el poderoso afán de esotra aquella desalmada que, para más señas, casi siempre suele salirse con la suya, salvo cuando topa un infranqueable orgullo inmune (la Voluntad de vivir impera sobremanera, todo lo domina): de ahí la religión, la sociedad y también el explícito epígrafe de nuestro libro; de ahí la concluyente y satírica entonación de Gracián, cuando se puso a pensar en los traidorzuelos sentimientos.

Y, mientras tanto, nueve de cada diez filósofos en liza, al unísono con el noventa por cien de la raza, que si patatín que si patatán, Dios por aquí, Dios por allá, Dios allende la imaginación, Dios aquende la fe, Dios paciendo nostalgias, Dios es la intelección de intelección, Dios es mi Rey Eterno, que decía Lope, poco antes de entronizar el panegírico concepto mujer, Dios es el Ser Supremo: así que amanezca Dios (Cela), todos seremos consanguíneos hijos del inconsciente, es decir, hijos de la devoción que, tal como mandan los cánones, nunca atiende a razones de ningún linaje. Y esto no lo digo yo, ¡Dios me libre de tamaña prosopopeya literaria!, sino las mentes más iluminadas del foro, del ágora, del mecenazgo y del gremio… ¡Tururú, tururú, tararí que te vi!, más aún: incluso Descartes, Hume y Kant, tajo parejo argumentaron sus metafísicas teorías, siempre a porfía de la divinidad reinante, pululante, volente, siempre en detrimento del secular y profuso y fecundo dogmatismo de época, ahora bien: ¿estos señores, en todo rigor fueron a quedar, cual dicotomías, verdaderamente escindidos del secular y prolífico dogmatismo de época? Pues no, seamos realistas al par que sinceros, ¿para qué nos vamos a engañar tras haber encajado catorce siglos de teología escolástica y dos milenios de cristianismo barato, tan barato cuan crematístico? Por consiguiente, ya sabemos todos los inmunes dónde demonios reside la genialidad de Schopenhauer y, aún más, la preclara entonación de Nietzsche, en una palabra: lucidez; en dos palabras: lucidez y cordura; en tres palabras: juiciosa higiene mental. Lo demás, aunque sea el preclaro denominador común de una inmensa mayoría, desde luego no tiene tanto peso como para que la fantasía propiamente dicha, en lo sucesivo pueda dejar de serlo, por muchos, ¿qué digo muchos?, muchísimos votos que obtenga a favor: tantos votos como en suma puedan suponer cuatro quintas partes del sesudo total humano, demasiado humano, tan humano como un cáncer localmente enquistado en el mismo vórtice de la mollera que a la postre resulta ser hereditario, consanguíneo, contagioso y epidémico, no tanto como el amor en sí, pero casi.

Pese a mi insulsa y anodina apariencia de índole estilográfica, sin embargo, lo que acabo de hacer ahora mismo, al resumen es, pues, nada más y nada menos que señalar, denigrar y exhortar la crucial y más importante rémora humana, quien dijo rémora, asimismo dice defecto, deficiencia, paranoia, en fin, atonía de género. Que yo sepa, según he podido leer a lo largo de toda mi vida, desde luego no fueron muchos los valientes un sí es no es capaces de mancillar semejante tendencia, subvertir tamaño estamento, relegar anejo mandato divino: quizá sea debido a que las personas de verdad, siempre cuerdas y equitativas, de algún modo nos sentimos obligadas a zaherir, denostar y desacreditar cualquier tipo de embeleco, embuste o artificio que tajo parejo tercie entre la irrefutable verdad del mundo, y nuestro riguroso caletre más o menos endemoniado, sobre todo tras haber comprobado de primera mano que el noventa por cien de todos los cerebros universales, de un modo u otro se dedicó a darles pábulo, contrariando así la ascesis de todas las personas hechas y derechas, y con esto que instante quedose dicho, para nada estamos insinuando que la gran mayoría de filósofos efectivamente sea un hatajo de cegatos antes bien conciliados de mutuo acuerdo, cegatos de cuerpo entero, tanto físicos como intelectuales, nada más lejos de la realidad: quien dijo cegatos, ahora dice inconscientes, beatos y beocios, incluso creyentes y, por tanto, píos en mayor o menor medida. Luego así va el mundo: cuales filósofos, tales universidades y viceversa.

Así como todo quisque, por lo pronto tiene en depósito su equipo de fútbol favorito; todos los villorrios de España, tienen a merced su iglesia; todas las ciudades del mundo, tienen en liza su catedral; todo el mundo tiene un Papa espiritual a disposición de quien lo hubiere menester, tal la verdad, todo el mundo está un sí es no es trastocado, tan embrutecido como un cencerro de Caín, un rebaño de cabras monteses o una antena de radio, televisión y telefonía, ¡lo que ya es decir!; luego es un estadio deficiente, valetudinario y maniático a más no poder, a la vista está la inmensa mayoría humana; cuanto más que la reflexión, la inteligencia y la personalidad, en efecto brillan por su ausencia: la fehaciente y creyente y terrateniente voluntad de la especie, cual alma máter del conjunto, así lo requiere, y la Creación, por la parte que le toca, así lo dispuso, y el ser humano, por la cuenta que le trae, así funciona, todo por mala ventura del destino.

Todos los seres humanos, que no son pocos, incluido el hombre inmune, aquí no se salva ni Dios, efectivamente ignoramos, y de qué manera, quién demonios ha inventado todo aquesto, el Cosmos infinito, más aún, no sabemos siquiera lo que es en puridad, pero si con todo bien sopeso vamos y todavía le añadimos a nuestra ignorancia una buena dosis de religiosidad punto menos que fantasmagórica, pues entonces no se trata de ineptitud, sino de locura elevada a la enésima potencia del absurdo, quiero decir, pescador en río revuelto, leña del árbol caído en desgracia, al mal tiempo buena cara, mal de muchos, consuelo de tontos… En efecto, el hermoso planeta Tierra, enhoramala deviene embrutecido por mor de una estirpe a todas luces enfermiza, tan colérica, desquiciada y desequilibrada, cuan trastornada, perturbada y desahuciada, a lo sumo egoísta, egoísta desde la coronilla hasta los calcañares.

Por lo demás, según he podido leer en algunas revistas especializadas –tampoco podría poner la mano sobre el fuego–, desde el lejano Planeta Marte, donde también hemos aterrizado ya, el prodigioso satélite en cuestión, efectivamente puede fotografiar incluso de cerca a todos los niños africanos, justo antes de diñarla por mor de la caquexia sobrevenida de repente, vulgo muerto de hambre, también llamada hambruna de género. Así, pues, ¡“viva” la Ciencia, la Religión y la Política! En efecto, el ser humano, cuanto más defectuoso, tanto más menesteroso, y viceversa; el egoísmo impera y la hipocresía es cuasi una religión, cuantitativamente hablando, multimillonaria. Todo es fantasía y devoción, amor y engaño, farsa y representación, en fin, padre y madre, hombre y mujer, macho y hembra: de ahí que las personas hechas y derechas, al unísono con los primeros días de colegio, ya empiecen a columbrar su sino, su destino, su espinosa misión en la vida, en suma, su distinguida y categórica soledad claramente agnóstica, en todos los sentidos posibles. No obstante, los Hombres Inmunes, aunque sea apuntar demasiado alto, repito, aunque sea apuntar demasiado alto, efectivamente tenemos una memoria de proboscidio, es decir, memoria de elefante: ya en los tiempos escolares nos dimos perfecta cuenta de que nuestra futurible profesión, conforme a ello iría inevitablemente asociada a la Filosofía, a la Psiquiatría, a la Veterinaria, y por supuesto a la madre que parió al cordero, siendo biznieto del ovejo, cuñado del borrego y sobrino del saltimbanqui macho cabrío que, para más señas, no hace sino estampar, a modo de matasellos sine qua non, su descomunal cornamenta de cuatro palmos de oprobio contra la dura piedra filosofal, y, aunque nos duela sobremanera, cada una de las embestidas encajadas ad hoc, asimismo nos hacen más fuertes, más duros y más insensibles que la mismísima roca madre, prima hermana de esotra aquélla. Nuestro marchamo es inconfundible.

 

”El hombre inmune”, artículo nº. 10.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

 

esplinmartinez

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Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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