Tierra incógnita

Desde mozalbete enhorabuena vengo pensándolo: el mundo está plagado de seres humanos que, al unísono con un mismo sentimiento, bregan, siempre haciendo piña, contra un grupúsculo de personas cabalmente hechas y derechas: el peliagudo destino de aquestas personas en lid no es otro que encajar, soportar y asimilar, en la medida de lo posible, la brutal inconsciencia general, llámese Amor, Religión o Política, los tres pilares fundamentales del gregarismo infinito, intrínsecamente humano, demasiado humano, que dijera aquél, aquel cura rebotado, aquel psicólogo entrometido, aquel perínclito Conquistador con sinuosos aires de grandeza: lo de Dios ha muerto, menuda es la sandez tanto en lid como en ciernes, a la sazón parece una broma de muy mal gusto, propia de alguien que no sabe de la misa la media.

El brutal egoísmo de género, inherente a la raza, las veces comandado por Sor Voluntad, cual si fuese el Alma Máter del conjunto, incluso la religiosidad de la vida, repito, la religiosidad de la vida, íntimamente vinculada a todo bicho viviente, al trasunto no da para más, ni tampoco más de sí, la Creación así lo requiere, su labor es una, al igual que su función, su misión, su quehacer, su menester secular y originariamente encomendado por la inquebrantable Ley de la Naturaleza, y de ahí no hay maroma de barco que la saque a flote: de ahí que lo cerebral, lo razonable, lo racional, sensu stricto, comoquiera esté mal visto y, por extensión, mal considerado, sobre todo por la masa ingente que, a la postre, cree ciegamente en dioses, vírgenes, milagros y tal y tal, mas no se digna leer a Platón, Cela o Julio Verne, luego deviene marginado, repudiado, despreciado todo pensamiento al uso, cualquier razonamiento que así se precie, o séase malquisto.

La plebe de los sentidos (Platón), quieras que no supone inmensa mayoría; los seres humanos, volviendo a retomar el tema, efectivamente gustan de sentir, se dedican a sentir, necesitan sentir, ya sea esto, aquello o esotro de más allá; las personas, en cambio, dedican su vida entera al saber, al conocer, ora pensar ora preconizar todo “aquello” que el rebaño sucintamente religioso no contempla, no repara, no columbra, ni siquiera sospecha: sus respectivas soledades, bien mirado el mundo que nos ha caído en suerte, tal que así se acentúan por momentos, y seguimos hablando de las personas verdaderamente agnósticas. Nietzsche, en este sentido, enhorabuena fue un ateo no demasiado agnóstico que digamos, y quien quiera entender que entienda. Más aún: a mi entender, la mostrenca obra de Nietzsche es, a todas luces, sentimental, algo así como un sentimiento desbocado, casi un resentimiento del corazón malherido, en donde la religiosidad humana, demasiado humana, que nada tiene que ver con la moralidad, ¡catapum!, comoquiera queda al descubierto y, por ende, puesta de nuevo en el muy preciado candelero de marras, me explico: las religiones todas, en comparación son como los partidos políticos, cada uno de un color, todo quisque lleva su particular bandera, mas, sin embargo, todos rezan, sin excepción alguna, el mismo credo, todos son beatos, gregarios y, tal la vedad, sumamente egoístas, incluso las de orden contemplativo adolecen de generosidad e implicación en la causa que no es cubil, sino evidencia palmariamente manifiesta: esto es, en todo rigor, la religiosidad, es decir, el sentido común, la humanidad (sin hache mayúscula), la conciencia colectiva, el marchamo que tajo parejo define y caracteriza a la raza, máxime cuando dejan de tenerse en cuenta todos los males y demás perjuicios varios que la susodicha acarrea, genera y provoca por doquier: esto se llama fe, fuera creer ciegamente en la indivisa sustancia del colectivo: las personas, ya mencionadas con anterioridad, puesto que devienen conscientes y la realidad las golpea duramente, no están por la labor del conjunto que Sor Voluntad dirige a su antojo, las veces so capricho increíblemente arbitrario y muy en diente de sierra. La religiosidad es hiperestesia, o sea, un exceso de sensibilidad emocional, un orgasmo de la voluntad, así como una exaltación del espíritu que no deviene refrendado por el conocimiento, es entonces cuando el querer y el saber quedan orgánicamente escindidos, quién sabe si confrontados inclusive, y que gane el mejor, el más poderoso o el más obtuso… La religiosidad es una patología, una especie de enfermedad reconocida, más aún, consentida de buen grado, que el sacerdote de turno ni practica ni tampoco remeda, precisamente porque éste hace justo lo contrario, esto es: vive a costa del pueblo trabajador —eterno pagador del diezmo—, rechaza la vida en Sociedad, se alía con el Estado siempre opresor, repudia la sexualidad, organiza su claustro, engrandece el celibato y ensancha el ascetismo, se disfraza públicamente para que la pornografía encubierta no altere su monotonía, su trajín, su tejemaneje, su diario quehacer, etc., por consiguiente, la religiosidad propiamente dicha, a lo que pienso, no subyace en el Párroco o la distinguida Monja de turno, sino en la masa, en la Humanidad, en la plebe de los sentidos (Platón), casi me atrevería a llamarla sentido común o, en su defecto, Hamlet, Werther, Zarathustra… Eso es la religión, eso sí es religión al uso, lo demás, lo demás es un cuento chino, una fantasía, una quimera de 1500 páginas en donde las aguas se abren de cuajo y los peces vuelan cual si fueses águilas imperiales, cabalmente inventada, imaginada si se quiere, por y para que la masa inconsciente no devenga sensata, lúcida o cuerda y, con arreglo a todo ello, pueda columbrar en lo sucesivo su secular condición de esclava, su eterna condición reproductora, amorosa, menesterosa, trabajadora, eterna pagadora de tasas e impuestos varios que la Nobleza, la Aristocracia, el Clero y la Política, se encargan de malrotar a discreción, haciendo del Poder, del Estado y de la Vida en común, el más terrible de los engaños, la estafa más cruel del Reino, la función más tragicómica del Cosmos, en donde la universal manumisión humana comoquiera quedose en suspense, hecha un guiñapo, reducida a cenizas que el luengo escobón del tiempo barrió, dijérase acotada, censurada, prohibida, encadenada, sometida por mor de un egoísmo francamente monumental que, con todo bien sopeso, resulta colosal y se erige por encima del mundo (Schopenhauer). Tanto los Animales como la Naturaleza, opinan lo mismo que un servidor. En virtud de lo cual se infiere la verdadera esencia de la religiosidad, el principal cometido de la religiosidad, esto es: complacer el mandato de Sor Voluntad que todo, absolutamente Todo, lo embrutece sobremanera. El Cristianismo, la Política y la Televisión,  ya se encargan de todo lo demás, que no es, para más señas, bendecir, ayudar o educar al personal más o menos desagraciado, sino idiotizarlo a más no poder, medicarlo al máximo, y por último, engañarlo tanto cuanto sea posible, siempre dando pábulo a la locura en ciernes, cuyo periplo hará las mil maravillas del progreso tecnológico y la mal llamada Sociedad del Bienestar. De tal suerte que, ni los Físicos siquiera, por no hablar aquí de Astrólogos y demás alucinados varios, dado que ignoran de suyo la mostrenca y efímera y aparente realidad de Sor Voluntad, cabalmente inmersos en su particular Velo de Maya, en su inane existencia puramente objetivada en el fantasmagórico mundo de la representación, cual enamorados de postín, cual bellas durmientes, cual encantados Quijotes de capa caída y espada ruin, en ningún caso propenden a devenir en vigilia permanente, luego no devienen rigurosamente despiertos, ni tampoco rigurosamente inteligentes como para entender y comprender la ficticia realidad de nuestro entorno, la cognitiva realidad de nuestro Yo.

El Mester de Clerecía, en tiempos, era el único estamento en lid que enhorabuena tenía acceso a la Hojarasca, cabalmente escrita por el apesadumbrado y taciturno Pensador de rigor. El Mester de Juglaría, al margen de la opulencia, desgraciadamente continúa en sus trece, feliz en su ignorancia, en su decorado y distraído campo de concentración al uso, y aquél lo sabe, lo sabe con todas las de la Ley en la mano, pero, así y todo, calla y practica el chitón y hace ademán de mirar para las Estrellas, que son los mismísimos ojos de Dios, cualquier disparate sirve, si no para remedar un roto, sí para zurcir un descosido e ingenuo magín popular. Ahora bien, entrambos lado maestros, anejas coyunturas, semejantes polos de un mismo elenco, ¿dónde reside el problema, dónde anda la perversidad, dónde nace la mala intención de unos sobre otros? La respuesta está en posesión de quien leyere.

Después de Nietzsche, en un supuesto mundo ideal, desde luego vendría el nacimiento del Pesimismo propiamente dicho, o sea la benevolencia, el destierro de la mentira y el bellísimo amanecer de la verdad, no embrutecida por maese Egoísmo. Inmune. Quien no columbre el variopinto cáncer del maravilloso Mundo todo, allá él y su idiosincrasia cien por cien pasajera. Esa cabeza a pájaros que no distingue la ingente y vergonzosa y vergonzante Criminalidad de la raza, descocadamente vendida por doquier, descocadamente engalanada por doquier, descocadamente impartida por doquier, las veces envuelta en oropel.

Siento mucho tener que decir lo siguiente, pero los seres humanos parecen estar simplemente de paso. Y nos bautizamos cual racionales, je, je, qué chiste más bueno. Un chiste para solaz de creyentes que, entre tanto tira y afloja, votan y todo. Uno ya no sabe a qué atenerse, por de tanto clavo ardiendo.

esplinmartinez

esplinmartinez

Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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