Tribulaciones varias

Y ahora, al socaire de los últimos acontecimientos cortésmente referidos, váyanse por delante tres notas breves, sí, he dicho breves, breves pero destacables, siempre para solaz y consumado beneficio de la ingenua posteridad que a todos los seres humanos medianamente inteligentes, nos acecha sobremanera.

Artículo de broma.

    A) La mujer, cuando miente (recuérdese el bonito repertorio que maese Sender, en su novela ganadora del Premio Planeta, a propósito de todos los motivos que así o asá provocan la mentira, nos largó descocadamente), ya sea por la barba, por lo bajini o por elevación, en realidad está siendo completamente sincera, sí, pero consigo misma, es decir, conforme a su recia voluntad, tanto o incluso más sincera todavía que cualquier hombre antes bien extraído del abrumador y estentóreo montón (adviértase que la mujer casi nunca miente per se, sino para ocultar, amañar y tergiversar la verdad que, al fin y al cabo, era lo importante, lo primordial y, bien mirado, lo más buscado del insólito planeta Tierra); y, sin embargo, esta sibilina y extraña condición altamente desconcertante, no obstante su eviterna presentación más o menos mediática, incluso hoy día resulta ser una antitética rémora dijérase marginal que ningún hombre, y no exagero nada, absolutamente ninguno, pudo entender jamás: de ahí que la mujer nunca o casi nunca mienta por vicio o por mor de una mala costumbre, sino, exactamente, por consumado defecto de fábrica: tómese en cuenta la cantidad de veces que un hombre sincero enhorabuena pudo sincerarse una vez entregado a ella y, al trasunto de todo, nada, absolutamente nada hizo sinuoso ademán de cambiar de parecer, ya sea perspectiva, opinión, perfil o, en última instancia, de color, quedando todo igual, mismamente igual que antes de (piafar sobre el empedrado o golpear la maciza mesa de costumbre); lo cual nos indica de suyo que las bases de la sinceridad, tanto a la hora de generarla como para acogerla, en el caso femenil parece ser que andan restringidas al profundo orbe de la más arcana intimidad, justamente allí en donde el plinto de lo subjetivo subyace rodeado de rosales francamente espinosos, es decir: ella se sabe en poder de la verdad, su verdad, su recóndita y secreta e inescrutable verdad, por lo tanto, no hay razón suficiente como para prodigarla a la ligera, ni tampoco existe nadie ajeno a ella que con todas las de la Ley en la mano merezca tamaño favor, y ya me estoy metiendo en camisa de once varas, cuando no, en un berenjenal de mucho cuidado, incluso en tierras movedizas francamente desaconsejables. De tal suerte que la mujer, cuando miente y, por extensión, nos larga un elaborado cuento chino, comoquiera supone un mal menor, al igual que su promiscuidad, puesto que la mujer, al mentir por mitad de la barba, ni de lejos está mintiendo, nada de eso monada, más bien está ocultando la prístina verdad, que no es lo mismo, es decir, protegiendo a Maese Raposo, es otro decir, escudando al engañado señor Martínez, del traicionado señor Rodríguez, así que miente por y para no provocar más daño todavía, a fin de no causar males mayores, antes bien sabedora de que la verdad, su verdad, su arcana e inquietante verdad, su extraordinariamente asombrosa verdad, su vergonzosa y vergonzante y avergonzada verdad a todas luces solapada, en efecto puede resultar bastante más dañina que una somera mentira inteligentemente largada a tiempo, justo a tiempo, en su justo tiempo; pero los hombres de verdad –que no somos tontos ni muchos ni tampoco demasiados–, más bien llamamos a esto, ser o estar doblemente engañados, así como engañados por partida doble, incluso triplemente engañados, si con todo bien sopeso vamos y todavía le añadimos en almoneda suma nuestro verriondo menester, nuestro verriondo deseo y nuestro verriondo instinto.

Por consiguiente, encontrar una mujer que tajo parejo entienda, comprenda, apruebe, genere y practique la sinceridad, en principio se perfila punto menos que imposible, dado que su voluntad las más veces acapara toda la cantidad de sinceridad disponible, siendo algo así como el espejo de su prístina verdad que, bien mirado, en efecto refleja el mayor embeleco del mundo todo, así que fue creada a imagen y semejanza de la voluntad general y no en virtud del individuo que siempre debe ser sacrificado a favor de la raza que ella apostilla a ultranza.

Es más todavía: la verdad propiamente dicha, ya sea la verdad empírica o categórica, en realidad viene a ser un concepto tan pudibundo, que solamente atañe a los descomulgados del deseo y a los granujas del conocimiento, llámense poetas, literatos o filósofos varios, el anodino resto de seres humanos, al igual que la ganga mineral o la escoria de soldadura, ni siquiera sabe de qué (índice de precariedad) se trata, por cuanto adolece de principios y, consecuentemente, carece de ideales, siempre en luctuoso desmérito propio, tanto así le tiene devenir horro de orgullo, como ayuno de personalidad: su eviterna intemperancia intelectual, desde luego no deja lugar a dudas. No obstante, la mujer que peca de distinguida, tal como ya se dijo, en efecto puede llegar a ser cien veces más sincera que cualquier hombre y a la postre tiene una mayor percepción para con el profundo significado del concepto sinceridad (más aún: la mujer, aunque parezca mentira, es terriblemente consciente de todo lo que hace, siempre en beneficio de Sor Voluntad; mas el Hombre, en cambio, casi nunca parece saber lo que hace, es todo machismo, hombría, voluntad de poder, vanidad desmedida, recreación, ostentación, en fin, fantasía desbocada, cabalmente entregado a la devoción susodicha: por eso va el mundo como va, dijérase del revés, cuando no mangas por hombro, de tal suerte que el Hombre es capaz de fabricar incluso una bomba atómica y maravillarse luego de su ingenio, más propio de tontos inconscientes que de ingenieros sumamente infantiles y atareados, como los necios que hacen culpable a la mujer de todos sus males personales, la cuestión es hacer el imbécil a toda hora, fabricando aquí, construyendo allá, y por supuesto, cazando y matando por doquier).

—Si la mujer en cuestión, Anunciación de la Serena y Villaescusa, que está riquísima, buenísima y, por lo demás, como una regadera (no tanto como su hijo el Hombre, pero casi), habitualmente miente a su marido, miente a sus hijos, miente a su madre, a su familia, al Juez, al pueblo entero y, por descontado, a un servidor, ya puesta a embelecar a todo quisque, pues entonces, ¿cuándo demonios granjea la verdad, si así fuere?, peor aún: ¿acaso desconoce el empíreo concepto verdad?, ¿acaso vive permanentemente inmersa en la mentira?, ¿la sinceridad propiamente dicha, en principio le viene resultando ajena, completamente ajena a su esperpéntica condición siempre figurada?, ¿cuán alcance tiene su trola, su pergeño, su patraña, su fantasía al uso, su guión, su embuste, su rémora, su periplo, su singladura, su sacrosanta misión, su inconcebible culebrón venezolano, su particular piélago de chismes varios?, ¿la mujer distinguida es la única fémina capaz de sincerarse, pecando de valiente?, ¿a quién puñetas le cuenta la verdad, en caso de que algo así fuere metafísicamente posible?

—Permítame, señor Teófilo, que yo le responda; a lo sumo puedo contestarle, modestia aparte, a la última pregunta en liza: al cura, entre confesión, confesor y confesionario; respecto a las otras cuestiones en liza, lo siento mucho y aun de puro corazón, señor Olegario, mas no puedo ayudarle, por cuanto vienen quedando un pelín lejos de mi jacarandosa sapiencia cognoscitiva; de todos modos, la nigromancia nunca ha sido lo mío, ¿sabe, usted?, y la metafísica se me resiste un sí es no es bastante a menudo.

—¿De verdad se piensa usted que la mujer, Sor Leandra Intimidad de Vistalegre, le ha contado al presbítero de turno su luenga retahíla de pecados? ¡No me sea ingenuo, por favor! ¡Más quisiera el párroco saber de la misa la media y tal! ¡Ya le gustaría al cura, ya, incluso al Hombre disfrazado de cura, ya, que a propósito vive del cuento, estar al corriente de tamaño marasmo, haber escuchado con pelos y señales semejante odisea inguinal! ¡Vamos, ni el mismísimo niño del esquilador devendría tan contento!, no sé yo si el confesionario, y entiéndame usted bien, ya en sazón, soportaría tal tejemaneje, tal tembleque, tal seísmo, ora compulsivo, ora fluctuante, ora mudadizo…, y dejémoslo aquí, pues, porque será peor menearlo (Cervantes).

—Discrepo un sí es no es bastante.

—Pues en ese caso, tal como usted dice, permítame que yo le solucione el problema que enhoramala tiene de viso, con respecto a la hirsuta metafísica de marras: atienda que ahí voy luego en calidad de espontáneo voluntariamente arrojado al cruento ruedo en donde los chulos de duquesas y las cortesanas al uso, tajo parejo crean familias, sociedades e incluso naciones enteras, ora infieles, ora nefandas, ora pornográficas: suponga que la mujer, en un acto punto menos que notorio y laudable, entre pitos y flautas lo hubiera confesado todo, absolutamente todo, a su abate de confianza que asimismo es su gran amigo del alma (¡zas!): ¿cómo se quedaría usted, en calidad de sacerdote, si después de saber todo aquello, entre ruin y apetecible (¡zas, zas, zas!), acto seguido se viera en la obligación de tratarla respetuosamente, por ejemplo: dando un tranquilo y sosegado paseo, comentando el transcurrir de la vida o charlando por entre el recoleto jardín de la muy exornada iglesia? ¿Comprende ahora la venal y peliaguda metafísica del ser humano, y más concretamente hablando, el melenudo significado de la palabra hipocresía?

Mientras el ser humano continúe reconociendo su animalidad, enalteciendo su locura y dando pábulo a su instinto sexual, el mundo de la ideas seguirá estando perdido, más perdido que el Hombre o el don de la puntualidad en España, lo que ya es decir.

 

Artículo de broma.

    B) La Religión ni de lejos viene a ser aquello que en boga dícese en olor de multitudes (el Hombre Inmune, al par que escribe, intenta enseñar algo de gramática, presumir de acervo literario y repartir hostias benditas a discreción, que no es poco a cambio de cuatro chavos mal contados, miserables a todos los efectos: el lector que leyere instante decidirá si yerro o, en cambio, acierto y, por ende, doy en el clavo, cabalmente hendido en la sagrada cruz de marras que, para más señas, no es cubil, sino vil instrumento de tortura psicológica), más bien parece ser hiperestesia, hiperestesia pura y dura, cuando no el espejo del carácter (?), el reflejo de la personalidad (?) o, en última instancia, el brillo del alma, algo así como (el orgasmo de Sor Voluntad) la primigenia y auriñaciense y secular rémora del sesudo cerebro humano, cuyo hilo de voz interna subyace en lo más profundo de la mismidad humana, fuera condición ineludible e indispensable de cualquier pueblo, ya sea nativo, aborigen, autóctono o indígena, la cosa tampoco parece tener arreglo, mire a su alrededor si no: de ahí que el cristiano ande de hito en hito soñando con la vida después de la muerte: he ahí, pues, su condena, su desgracia, su amputación tanto física como intelectual; de ahí que el Corán, las más veces devenga metido por entre el beligerante meollo de la sangre y la venganza que sobremodo corre y fluye detrás del reguero de la lucha que a la sazón subviene beneficiosa, siempre proporcionada por el imbatible afán de guerra generalmente llevada sin cuartel: tal es, pues, el principio, el ideal, la memoria, la integridad, el orgullo patrio y la influyente desolación del desierto en donde no se sabe qué hacer y el agua, una vez filtrada por el subsuelo, de algún modo pasó a ser petróleo, el cual, aunque tenga menos valor que aquélla, sí deviene absorbido por el capitalismo tan ajeno cuan moderno; de ahí que el budista viva a la que cae y viéndolas venir de aquella manera tan deshonesta, tan injusta y tan en diente de sierra: he ahí, pues, su contemplación, su pasividad, su indiferencia ante el pedestre funcionamiento del mundo todo, cuyos atareados habitantes muy rara vez se paran a contemplar el bello crecimiento de la hierba, así como el yerbajo, la ortiga, la ajedrea, la verbena, el cuernecillo, el berro de prado o la equinácea, tal la verdad crecen sin ser vistas por ojo alguno (refutando así de bien la metafísica teoría de Schopenhauer), etcétera. He aquí, pues, descrita, la cautiva expresión de cada pueblo, ingeniosamente convertida luego en burda y fabulosa religión al uso del ser doliente, romántico y moralista que muy acertadamente afirmara Nietzsche, aun sin entrar en muy otro tipo de detalles un tanto más escabrosos, abisales y metafísicos, como, por ejemplo: todos los descritos en virtud de este sagrado libro (ni alabamos ni tampoco denigramos ninguna religión en lid, salvo aquella que nos cobra por la santísima gracia de Dios, por cuanto somos agnósticos de pura cepa, tan sólo pretendemos poner de relieve la triste realidad de la raza humana y, de paso, apostillar, en la medida de lo posible, la ingente hipocresía del ser humano; además, el ingente número de víctimas que las religiones efectivamente llevan echadas sobre su espalda, ya que no en la conciencia bien tranquila y desahuciada, para más señas forjada a base de duro pedernal, comoquiera habla per se, fuera razón más que suficiente para desecharlas todas de inmediato, es más: casi me atrevería a decir que la religión es la madre de todas las guerras habidas y por haber: de ahí la incongruente coronilla del gran pequeño-burgués-capitalista que a la postre es hipócrita y egoísta por naturaleza, recordándole así de bien su tremebundo pasado, su sanguinario presente y su aristocrática condición de todo punto opresora: si el cristianismo, sin ir más lejos, en su mismidad resultara ser una religión verdaderamente ejemplar –todas las religiones tal que así profesan respeto, que a la postre es lo mismo que declamaba Jesucristo, mas ninguna lo practica a ciencia cierta, salvo el budismo–, desde luego no toleraría bajo ningún concepto que los niños de todas partes mueran diariamente de hambre, y mucho menos a fuer de cañonazos lamentablemente recubiertos de oropel, todo mientras los ACRÓNIMOS más famosos del mundo, ejem, bienintencionado, tajo parejo se disputan y sortean los suculentos pozos de petróleo, las espinosas fronteras nacionales y los bienes pecuniarios de cada pueblo, siquiera sea por no hablar de Hitler y demás colgados al uso de la demencia; si acaso es usted matarife, carnicero, asesino en serie o vulgar sátrapa de turno, por de pronto le aconsejo que se lea la cruenta historia de las Colonias Europeas y al cabo de semejante lectura, desde luego podrá sentirse orgulloso de su afición, puesto que disfrutará de lo lindo). Nótese a renglón seguido que el budismo suele habitar en zonas tan altas, gélidas y abúlicas, y verse a todos los efectos sin duda filosóficos y aun metafísicos, que a sus muertos no los entierra ni siquiera por vía reglamentaria, sino que los ofrecen en laudable sacrificio de orden espiritual, es decir, a modo de alimento, a todas luces nutritivo, para solaz de rapaces varias, previamente despedazado a conciencia el ya inerte cuerpo en cuestión –este comentario, en cuanto a destetar buitres se refiere, y váyase lo uno por lo otro de Más Allá, desde luego no sentará muy bien entre funerarias, enterradores, marmolistas, floristas y demás ornamentos sacramentales que enhorabuena viven tajo parejo a base de vender ataúdes de palo de rosa y tal–: ¿Acaso existe un amor por la Madre Naturaleza tan incondicionado y más admirable que aqueste acto unilateralmente obsoleto? (en realidad se hace así, debido a las bajísimas temperaturas del lugar, pero válgale de todos modos).

Las religiones, en resolución, no son más que fantasía, devoción y desequilibrio cognoscitivo (Cela), cuando no un cuento de hadas, un somero artículo de fe, un defecto de fábrica, un temor a la muerte, un desconocimiento vital, una alucinación, un error de perspectiva, un clavo ardiendo, una idiosincrasia que, en su ceguera infinita, sueña con la futurible vida eterna, llámesela reencarnación, resurrección o trasmigración de las almas, en suma, una incongruente negación de la realidad propia de criaturas cabalmente acotadas, llamada, por más señas, San Paráclito (perdón: era una broma que me apetecía soltar al libre albedrío), científicamente llamada atonía, ignorancia, presbicia, oligofrenia, idiocia, onirismo, perlesía del cerebro, apoplejía, etcétera; mas, sin embargo, el budismo, bien mirado no parece ser una religión al uso del creyente, ni tampoco una patología cualquiera, sino el empírico y metafísico reflejo de una actitud francamente ejemplar que a la postre engrandece la demoníaca (Aristóteles) esencia de la Naturaleza, ¡tal como debe ser!, pues, de hecho, en mi opinión resulta ser el único sentido verdaderamente religioso que grosso modo pervive a razón del hermosísimo planeta Tierra, llámeselo, si se quiere, fe, consubstancialmente depositada entre el grandioso y omnisciente seno de la fecundísima Madre Naturaleza; lo demás, lo demás, déjeme pensarlo: ¡ciencia ficción!, ¡un mundo plagado de ciencia ficción!, peor aún: ¡una raza secularmente basada en la ponderación, en la postulación, en la impresentable prosecución de una milagrosa homilía cien por cien ficticia que, para colmo de males, encima crea y fomenta la ciencia ficción, al igual que Hollywood, y la gente se la cree a pies juntillas y hasta la secunda sin reparo alguno! ¡Desde luego hay razas pazguatas, de índole pazguata, y tan pazguatas, pazguatas a más no poder! Dios, la Dama y la espada: oremos, toda vez persignados en virtud del monumental y auriñaciense “Cuento de Hadas” que incluso osa demarcarnos el santoral calendario de marras, ¡habrase visto mayor sinécdoque intelectual!: he aquí, pues, soslayada, la preponderante clave espiritual de la Humanidad, mayormente beocia ya de nacimiento (mi filósofo favorito afirmó de buen grado que la Metafísica parte de la espiritualidad humana; el hombre inmune, en cambio, arguye, opina e injiere: la Metafísica es el concienzudo estudio de esa misma bilocación personal, a todas luces oculta, oculta en el trastero de la espiritualidad): de ahí que todas la Enciclopedias del mundo devengan rellenas, más aún, rellenadas con auténtica monserga encubierta, es más: desde Platón en adelante, la muy demencial conciencia humana, por lo pronto no ha hecho sino luchar a ultranza contra el contagio de la herejía intelectual y hoy día seguimos en las mismas de siempre, así el famoso elucubrar de Goya que, a la sazón, presuponía a la razón cual si fuese una creadora de monstruos inmunes (la inmaculada destreza de Goya, al trasunto no es sino el maravilloso fruto de la razón; aquélla pintaba retratos; la nuestra, cuadros de costumbres deleznables), más aún, si cabe todavía: el benemérito señor Descartes, en cuanto descubrió por méritos propios el verdadero sentido que efectivamente presumía su agnóstico preconizar, tanto se asustó el pobre infeliz de su elucubrar que, al poco tiempo después de, presto abandonó su apóstata y descomulgada calidad de herejote intelectual: de ahí el consecuente cabildeo que así o asá confirmó la pertinente paz religiosa, tras haber hecho las paces con Dios, con el Dios que así o asado habita por entre los confines de la muy desquiciada conciencia humana, sabedor del universal peligro que in itínere corría su inusual persona y, sobre todo, su apocalíptica osadía, claramente insolente, antaño lo mismo que hogaño: la, por así llamarla, devota manumisión ulterior y subsecuente, quiero decir, Kant, Schopenhauer, y finalmente, el estrambote, el culmen, el súmmum, el colofón antes bien llamado Belcebú (perdón, se me ha ido el santo al cielo), antes bien llamado Nietzsche, esa piedra de toque, desde luego es bien fácil de comprender: todo ello tras catorce siglos de teología escolástica (¡zas!), que se dicen pronto, y otros tantos de cristianismo, ahí es nada el retraso mental en curso y seguida. Basta observar el actual devenir del mundo, para comprender de inmediato, que la estirpe doliente (sic), conforme a todo ello, continúa bien encastillada en sus trece: de ahí las cuatro torres cimeras del longuísimo egoísmo general, la Política, la Iglesia, los Poderes Fácticos y la madre –Misia Voluptuosidad– que enhorabuena parió al cordero de marras –Maese Capitalismo–; basta observar el dantesco devenir del mundo actual para comprender inmediatamente que la raza susodicha, de común acuerdo continúa inmersa en sus catorce, esto es: impartiendo, imponiendo, sometiendo, obligando, instaurando, estableciendo, implantado por las bravas su condigna patología infame: de ahí la hambruna, el racismo, la injusticia, la hipocresía encubierta, la opulencia, la avilantez, la felonía, el latrocinio, la eviterna guerra de religiones al uso del odio suscitado entre razas, credos y latitudes, etcétera. Todo, que no es poco, ni tampoco liviano, mientras las personas hechas y derechas, los hombres inmunes y los veedores neutrales, efectivamente se debaten entre seguir aguantando marea, optar por la cicuta, saltar al vacío o volarse directamente la hirsuta tapa de los sesos: tal es el asco que en efecto puede llegar a provocar tamaña idiosincrasia, semejante trastorno, anejo estadio psicotrópico de orden universal, habida cuenta de masas consubstancialmente catecúmenas.

A modo de apunte final, bien pudiera añadirse el siguiente aserto: la perversa e iracunda voluntad de la especie humana, en otras palabras, el abisal instinto que efectivamente aboga a favor de Dios, la Dama y la espada, por mor de algún motivo que ignoramos, ejem, no obstante quedose estancada en un perpetuo estadio de orden anacrónico, así intemporal como regresivo –de ahí sus inamovibles dieciocho años–, ya obsoleto tanto en origen como en esencia: quienquiera puede llamarlo en rigor: atonía, ataxia, oligofrenia… Más cosas de las que hacernos eco, eco, eco… De ahí el famoso dicho popular: “Por un oído le entra y por el otro le sale”, que a la sazón quiere decir, verse la explicación para solaz de los lectores menos avezados, lo siguiente: “Donde no hay, es inútil rascar”: tal es, pues, el hueco que tajo parejo subyace a lo largo y ancho del angosto y huero y vetusto cráneo humano, a lo sumo, todo fantasía y devoción; tanto es así, que no conoce siquiera a la madre de todos los males terrenos (Sor Voluntad), y menos aún al padre de gran parte de los mismos (Monseñor Egoísmo). ¡La demencia siempre adolece de memoria Histórica!

 

Artículo de broma.

    C) En mi opinión, humilde y modesta, la Metafísica quedose justamente allí donde el benemérito señor Schopenhauer la dejó, dijérase aparcada, compuesta y sin novio, transida de pena y afectada de dolor, ahora bien: con la misma facilidad con la que Schopenhauer y los suyos, helos aquí: Heráclito, Parménides, Platón, Descartes, Hume, Bruno, Spinoza, Locke, G.E. Schulz, Berkeley y por supuesto Kant, el culmen, el súmmum, el estrambote Inmanuel Kant, por cierto, gran paradigma metafísico, efectivamente afirmaban de mutuo acuerdo que sin sujeto no hay objeto, pues bien, tajo parejo podría decirse, con igual derecho y anejo usufructo, que sin objeto no hay sujeto, por cuanto somos, y de qué manera, hijos del (inconsciente) mundo que en efecto nos precede a favor del espacio y también a lo largo y ancho del tiempo infinito, incalculable, ingente, aun siendo un dato que antaño ya conocían de sobra, máxime cuando denigraron y asimismo refutaron, mas nunca negaron, la consuetudinaria y anuente existencia de la materia en sí; por lo tanto, todo indica que la Metafísica, junto al misterioso y racional abolengo de nuestra mediática existencia, comoquiera propende a devenir en consecuencia de la mostrenca realidad empírica, en otras palabras, resulta ser una simple consecuencia de la mostrenca realidad empírica que así o asá nos rodea por doquier: si bien es verdad la subliminal y fantasmagórica objetivación de la voluntad y la apriorística existencia de la cosa en , sin embargo, nunca debieran ser consideradas desde el ínclito punto de vista que aquellos genios tan ilustres quisieron darle de natural, fuera errar siempre a favor de la intelectual abstracción humana (Nietzsche, gran desconocedor de la Metafísica propiamente dicha, lo llamaría y además con algo de razón: moralidad, fe, dolencia, religiosidad, espiritualidad, romanticismo humano, demasiado humano); es incluso más grave todavía, a saber: llegarse así, de buenas a primeras, para bautizar al mundo tal como representación, en principio parece un dictamen sumamente acertado que además de estar muy bien dicho, a la postre subviene correcto, preciso y adecuado, si bien no debemos olvidar nunca que el ser humano es la mayor representación que hay en este mundo de locos y desalmadas, cuyo suelo ingente no viene a ser sino la descomunal platea en donde este pobre infeliz actúa y representa y lleva a cabo su horripilante función tantas veces repetida, cuantas veces fomentada, secundada y parodiada cabe sí misma; por consiguiente, no queramos, no pretendamos, no hagamos ademán de soñar cual si fuésemos los supremos creadores de la realidad, los supremos alquimistas de la mayor ciencia ficción habida hasta la fecha; si bien porque el entero mundo todo, aunque la representativa y muy efímera raza humana desapareciera del orbicular mapamundi que grosso modo la engloba, aun así, el susodicho continuaría rodando tranquilamente, día y noche, invierno y verano, tal como lleva haciendo y diciendo desde tiempo ha: todo esto que el mundo lleva haciendo incluso antes de ser visto por cualesquiera clases de miradas torvas y paladinamente infames, en mi opinión, no es a priori fruto de nuestro intelecto, vamos, ¡ni aunque anduviera harto de morapio peleón podría columbrar semejante paranoia en mente!, más bien se diría que somos una efímera especie de criaturas intelectualmente receptoras, captadoras, volitivas y, por tanto, secundarias a todos los efectos, algo así como vulgares agentes de baja estofa que de manera cerebral asimilan, preconizan y manufacturan todos y cada uno de los datos que enhorabuena van llegando a razón del muy generoso mundo exterior, ulteriormente convertidos en anodinos conceptos al uso de nuestra cabal e insignificante vida, ora señera, ora maestra, fueran ideas platónicas, cuando no fuegos fatuos, los auténticos y genuinos fuegos fatuos que ya mencionara otrora el grandísimo hijo de la gran poesía de marras, ante bien llamado Homero o Goethe, lo mismo tiene uno que otro; hasta el célebre velo de Maya también podría caber de suyo, fuera rizando el rizo de la Religión que se piensa de manera Filosófica: de ahí la natural y lógica inferencia de nuestros cinco sentidos al uso de la existencia propiamente personificada, objetivada, incluso manifiesta, pues de lo contrario, en caso de que el mundo resultara ser nuestra propia creación interna, ya sea subjetiva, volitiva, cognitiva o cómo demonios quiera llamársele, desde luego no nos harían demasiada falta que digamos, toda vez condicionados por otro tipo de funciones cabalmente distintas y por supuesto acordes a la nueva ubicuidad de sus dominios… Tampoco me apetece seguir pululando (en calidad de Científico al uso que nada sabe acerca de la Voluntad, cabalmente entendida como dimensión o, en su defecto, a modo de idea platónica) por entre los alcores de este alucinógeno limbo, porque muy al final del vuelo temo descubrir lo peor del caso aqueste, esto es: en efecto devengo en negado, luego soy un perfecto negado, un negado más grande que el Parque de María Luisa, El Retiro, Los Viveros y Collserola juntos y a la limón, vulgo apóstata, y por consiguiente, bien pudiera concluir diciendo que la Metafísica, al fin y al cabo es cuasi lo mismo que la Religión, pero muy a diferencia de ésta, aquélla es preconizada por seres extraordinariamente intelectuales y no por criaturas más o menos acotadas, idas, sentimentales, anodinas, irracionales, fantasiosas, exasperadas, ilusas, alucinadas, en fin, hechas un guiñapo, y más concretamente hablando, un eccehomo, un eccehomo con más vidas que un gato y más milagros en liza que Melquíades, el gitano de “Cien años de soledad”, escrito por García Márquez. Puestos a leer la “Sagrada Biblia” y tal, prefiero leer las hermosas fantasías de Julio Verne; además, todos los libros sagrados, en mi opinión vienen siendo más o menos metafísicos, por cuanto esconden un dejo de imposibilidad, un deje de fantasía, un resto de imaginación desbocada: es como si alguien, sabedor de que la raza en gran parte deviene defectuosa, se dedicara a darle clases de moralidad al uso del brutal egoísmo que comoquiera dirige el mundo a su antojo, la cuestión no es otra que aborregar al personal, a través de la Religión, el Estado y la Política, todo menos cultivar la inteligencia del concurso caído en desgracia.

Por otro lado, asimismo comprendo a la perfección que todos los genios del mundo, ex profeso traten de socavar e investigar los remotos confines del abismal y abisal cerebro humano, fuera menester conquistar sin cuartel el mayor exponente intelectual o la máxima cota cognoscitiva antes bien disponible a lo largo y ancho de este circo ingente sobre el cual nos encontramos todos situados, tanto para bien, como para mal; pero, así y todo, un servidor, no termina de llamar a eso filosofía, más bien parece devenir en Ciencia Oculta, y por consiguiente, no resulta de todo punto lícito decir que el mundo sea nuestra propia representación, antes al contrario somos, animales incluidos, su mayor y más absurda representación metafísica, por lo que el fementido amaño filosófico, así como el remedo religioso, tal la verdad radica ahí, justamente ahí, por más señas en cuanto hacemos ademán de someter el mundo de la representación, al principio de razón manifiesta: he aquí, pues, resuelta, aireada, venteada, la patraña, la moralidad encubierta, el punto de vista erróneo y harto equivocado, la apropiación indebida, la fehaciente mentira, el error por antonomasia, la fe religiosa, el romanticismo que ya criticara Nietzsche sin saber qué demonios era, o sea, la eviterna rémora del egoísmo, la falta de perspectiva, el embuste a seguir, la estrechez de miras, el sentido cien por cien religioso, la voz de la voluntad, la incongruencia más potentada del mundo civilizado, la engreída vanidad humana, la falsedad elevada a la enésima potencia del vocabulario asaz terminológico, el insurgente juego de marras que, a propósito de males en liza, efectivamente se traen entre manos los hombres más cabales del mecenazgo, la manipulación un sí es no es premeditada, en una frase, y mil veces la repetiré, fuera predicar en desierto: la intelectual abstracción humana por excelencia, propiamente llamada, ya en términos generales, demencia de gabinete (amoroso). ¿No será que la Humanidad, en su fuero interno conoce y reconoce la demencia que le es propia y conforme a ello parte de ahí? Esto sí sería, además de kafkiano, algo verdaderamente lamentable, bochornoso y desesperanzador en alto grado, máxime cuando deviene columbrado a diario por el dantesco barruntar del escritor, siendo más inmune que nunca. Adviértase de seguida que el dogmatismo de cátedra (sic), literalmente hablando, en efecto viene a ser la brutal y exagerada confianza en la razón humana –Dios, empirismo, racionalismo–, frente al cual se impuso de soslayo el metódico criticismo del señor Kant y luenga compañía, ahora bien: ¿acaso existe un cohecho más dogmático que la vanidosa subjetivación de toda la realidad empírica, y, por elevación, la indebida apropiación del mismo mundo todo? De veras que siento mucho tener que decirlo así, de buenas a primeras, pero, a mi entender, el catecúmeno dogmatismo de época, efectivamente devino refutado no por el escepticismo de turno o el criticismo de marras, sino por otro dogmatismo más o menos igual (tal es, a decir verdad, el insurgente y prometedor caso de Nietzsche), a lo sumo racional, tanto monta, monta tanto. Si mal no recuerdo, creo que Nietzsche tiene algún comentario ligeramente parecido a éste y a la postre se explicaba mucho mejor que yo. Así queda esto (el emérito señor Díaz-Plaja, por mala ventura fue incluso capaz de calificar a Quevedo, Gracián, Calderón y Góngora, de escépticos, cual si fuesen los mayores exponentes del escepticismo que nuestro bellísimo e invernal Siglo de Oro español, tajo parejo recoge y atesora de suyo, lo que no explico por más vueltas que uno quiera darle: si el mayor escepticismo español, por ventura la dicha radica en esos nombres ilustres, pues entonces, ¡apaga y vámonos con la música a otra parte más condigna y menos retrógrada!, y digo retrógrada por no decir atávica, gregaria o auriñaciense, lo cual ya sería, aunque lo piense desde que tenía veinte años, un punto exagerado).

Tras haber encajado catorce siglos de filosofía escolástica, a todas luces tergiversada de antemano (el principio de Platón era de todo punto bueno; el principio de Aristóteles no tanto; la Teología ulterior, ni una cosa ni otra, pasando a ser una mala señal, una irrefragable evidencia, un presagio de mal agüero que así o asado, mejor dicho, quieras que no cambiaría la ordenada faz del mundo todo, toda vez encendida la hoguera de las vanidades sacramentales), no es extraño, pues, que hogaño sigan y aun continúen comentándose sandeces al uso de la nigromante y mística y onírica y retrógrada y atávica raza humana: de ahí que los conceptos Dios, Ciencia, Religión, Teología, Filosofía y Metafísica, casi siempre vayan de la mano, de hito en hito columbrados al unísono, incluso escritos tajo parejo juntos, los unos a caballo de los otros, por ejemplo: entre las páginas de las impresentables y burdas y vergonzosas enciclopedias al uso del conocimiento previamente encasillado, encarrilado, falseado, ninguneado, fementido, tergiversado, amoldado y bautizado por la divina gracia de Dios que, para más señas, es un inane invento humano, demasiado humano, tal como si aquellos conceptos en liza fueran indistintamente anejos, equivalentes, paralelos, sinónimos, homogéneos, homólogos, análogos…, perdonen mi repentina mala educación, pero es justamente ahora cuando suele darme el pertinente ataque de risa, ora mordaz, ora cínica, ora escéptica, ora en diente de sierra, las más veces seguido por un profundo sentimiento de asco que a la postre viene a ser la principal causa de suicidio. Ahora entiendo muchas cosas que antes de leer a Larra no sabía. Mi soledad se acentúa por momentos. Y así va el mundo todo, idealmente envuelto en una descomunal mentira de primer nivel, tan constante y pulsante, cuan latente y continua, que no cesa de repetirse a lo largo y ancho de la Historia: se conoce que la inteligencia, el conocimiento y el intelecto humano, por lo visto durante un porrón de siglos largos, al trasunto no da para más, pues de lo contrario, ya hubiera dejado de lado ciertas fantasías, ciertas fantasmagorías, ciertas alucinaciones, ciertas devociones, ciertas creencias punto menos que psiquiátricas, siempre alteradas en virtud de la imaginación general y en detrimento de la teodicea particular. Las primeras diez páginas de la “Sagrada Biblia”, así como el resto de libros sagrados, tal la verdad, no dejan lugar a dudas. Lo demás, lo demás es algo así como la herramienta que el ingente partido de la tiranía utiliza para embrutecer a todo quisque, sabedor de la connatural ignorancia popular, aprovechándose de su devoción a todas luces ingenua y pusilánime.

A colación me gustaría compartir con usted, una exigua, empero contundente, sospecha, esta es a saber: En la antigüedad, mucho antes del crucial nacimiento de las religiones propiamente dichas, la imaginación y la fantasía aún formaban parte del saber mismo y, por tanto, no habían sido escindidas todavía de la unificada y rigorosa inteligencia humana, dando lugar así, y verse sensu stricto, al sensato y muy equilibrado sentido común que en virtud de mejoras las sujetaba a modo de cincha en potro desbocado: verse como definición de la estulticia más metafísica que ad hoc puedo marcarme aquí, de aquí acullá, Maese Lector. Ahora creo estar ensayando sobre el talento.

Según vengo pensando desde tiempo ha, la fantasía y la devoción, efectivamente crecen en la misma medida que aumentan la estulticia y la necedad, es decir, cuanto más devengan en puridad las primeras, más factibles y palpables serán las segundas, peor aún: a mi entender, la Filosofía no existe por amor al arte, sino, exactamente, porque la raza humana nunca jamás ha intentado resarcirse de ninguna rémora antedicha, salvo algunos pensadores de tomo y lomo, claro está: se diría, ya en términos generales, que las cuatro rémoras susodichas, por mala ventura forman intrínseca, inherente y consubstancial parte de la prístina voluntad humana que, a su vez, resulta ser la primigenia y consanguínea y auriñaciense voluntad de marras: de ahí puede que venga y provenga quizá el fehaciente y religioso lucubrar de la Humanidad, de por siempre fehaciente, fehaciente hasta la muerte, por muchos rayos, sapos y culebras que lluevan desde el cielo intelectual, las más veces vertidos sobre la inquebrantable superficie de un inmenso piélago milagrosamente abierto en canal, al igual que hacen los superhéroes de los cómics: de ahí que los fantasiosos y maravillosos Cuentos de Hadas, sigan pegando fuerte, continúen firmes en lo alto del candelero, nunca pasen de moda, estén en el orden del día. Al resumen, todo guarda estrecha relación, toda vez contemplado el mundo desde el lacónico punto de vista inmune que, a tales efectos, se pregunta: ¿qué fue de la seriedad, la equidad, la cordura o la reflexión? De tal modo es así la cosa del dispar que, por cada siglo transcurrido, amanece un sabio, como mucho, dos, porque tres ya sería lujuria y traición para con la manada no rigurosamente pensante y sí cabalmente instintiva, tan instintiva como religiosa: Sor Voluntad, o séase Dios en persona, manda. ¡Qué cosa más triste! (Puesto que la Naturaleza, junto al Reino Animal, no tiene voz ni voto alguno, ya me encargo yo de transmitir su pensamiento al uso, tras haber sido encomendado por de natural condición).

—¡Señora Engraciaaa…!

—¡Dígame?

—Hágame usted el favor de llamar por teléfono a los socorridos abates del Seguro.

—¡Ya estamos otra vez con lo mismo de siempre?

—Precisamente eso que usted ha dicho, es lo que estoy intentando escribir y demostrar.

El multimillonario partido de la tiranía a nivel mundial, desde luego ignora y desconoce aquellas cuatro virtudes antedichas y por eso mismo se escuda, a modo de parapeto, en la hipocresía, la cuestión no es otra que maquillar a todo pasto la terrible y sarnosa enfermedad que enhoramala padece de ordinario; aunque parezca mentira, el vernáculo proverbio: “Mal de muchos, consuelo de tontos”, por lo pronto no es un dicho cabalmente forjado en virtud del sufrido y manido proletariado de hoz y coz, más bien lo columbro y considero cual un responso exclusivamente creado para solaz de la ingente calaña a la que hacemos sinuosa referencia, ya sea aristocrática, beocia o providencial, es decir, el ingente Partido de la Tiranía, no será perverso en tanto en cuanto sea deficiente, antes al contrario, puesto que es deficiente, deviene pervertido de suyo, al par que se hace el tonto mientras aniquila, engaña y estafa a todo quisque: véase si no la tremebunda caradura, la tremebunda desfachatez, la tremebunda calaña que tajo parejo atesora de valiente la tremebunda política española: al trasunto no es que sea corrupta, ni depravada, ni demencial, ni tampoco iracunda, inverecunda o furibunda, sino defectuosa ya de fábrica, incluso de nacimiento: de ahí Hitler, Franco, Napoleón, Mussolini y demás tumbaollas al uso de la avaricia rayana en neurastenia… ¿No serán histéricas con pilila y mando? Recuérdese que toda vida humana tiene derecho a vivir y morir dignamente, a no ser que la religión, la moralidad, la locura, la necedad, la fe y el brutal egoísmo del ser humano se reúnan y a lo más tardar armen la de San Quintín.

Todo esto que va quedando dicho –entiéndase bien–, en modo alguno es óbice suficiente como para desprestigiar la relamida reputación de nadie (ahora es cuando suelto toda mi perspicacia literaria, todo el potencial de mi dicacidad filosófica): la intelectual evolución humana, así lo requiere y mismamente así se aprende, aunque sea de nuestros propios errores que, al igual que el famoso rayo del poeta alicantino, nunca cesan, nunca dejan de sobreponerse por encima de la realidad, lo cual nos confirma de todo en todo que la voluntad humana antes bien prefiere vivir en la mentira, que reconocer la demencial condición de su estatus aparentemente civilizado: la hipocresía de género ya no es menester nombrarla después de todo lo dicho in itínere: esta última puntilla váyase de remate y, sobre todo, para poder culminar así, el precioso y secular yantar literario que, al fin y a la postre nos define y caracteriza: que yo sepa, nadie, absolutamente nadie fue capaz de escribir una definición de la Literatura tan compleja y profusa como la presente, ¡zas!, ¡y no es un zas cualquiera, sino un zas elevado a la enésima potencia de la agudeza intelectual!, por lo tanto, ¡imagínese cuán gigantesco viene a ser el abotagado ámbito de la Literatura bien entendida! Es más todavía: salvando todas las distancias habidas y por haber, la conclusión es a saber: ¡Lo mismo sucede entre tirios que troyanos; lo mismo ocurre en la Biblia de Lutero, que en los Prolegómenos de Kant; lo mismo que acontece en Schopenhauer, igualmente acaece en la famosa obra de García Márquez! Y así va el mundo todo: inmerso en la balbuceante hipocresía humana, demasiado humana, inconscientemente humana. Cuando el sincero escritor inmune, de buen grado nos espeta su franca opinión y tajo parejo nos dice que somos hijos del inconsciente, que la demencia adolece de memoria, que tenemos al enemigo en casa, y que la mayor ventaja del guerrero es su soledad, desde luego no yerra, en absoluto, cabe en modo alguno (no hay mayor asesino en el mundo que el Gregarismo infinito; bien mirado, asemeja ser un gremio de criminales directos e indirectos, y aquí no ha pasado nada, todos con la conciencia bien tranquila, todos tan contentos, siempre a merced del egoísmo que prevalece sobremanera indicada).

Las audaces genialidades del futuro, prósperamente verán con pasmosa claridad la verdadera mismidad de nuestra retrógrada Civilización, esto es: la terca voluntad de marras (espiritual a más no poder), en permanente litigio contra la inadmisible inteligencia en ciernes (rigurosa como la demoníaca madre que la parió al sesgo de la gran estulticia): ¿Acaso puede haber una condición, una enjundia, una mismidad más atrofiada que ésta? Pues sí, curiosamente la hay, y, haberla, hayla, y como tal existe, de tal suerte que incluso hace ademán de arrebatarnos el primer puesto del necrófilo y macabro y asaz necrofílico escalafón, esta misma es a saber –pero, eso sí, antes de nada abróchense los cinturones, sujétense los machos y despréndanse de todos los objetos metálicos o punzantes–: Increíblemente fue creada en la sandia viña del Señor, Demiurgo sabrá a santo de qué, una indina especie de tiburón, oriunda de las oscuras y tenebrosas profundidades oceánicas, que, a diferencia de sus congéneres más cercanos, en efecto tiene la muy acendrada costumbre de engendrar a sus crías del mismo modo que los mamíferos, en cuanto a vivíparos se refiere, pues bien: con todo eso va y resulta que en el interior del mismo vientre materno, mucho antes de devenir en parto al uso, es decir, durante el pertinente y correspondiente periodo de gestación, sea como fuere se da la terrible circunstancia del canibalismo puro y duro, ¡TOMA YA!, por lo que sólo viene a nacer el primogénito más fuerte, el heredero más egoísta, el hijo más voraz, el vástago más voluntarioso, yo diría, con la venia, incluso el más humano, demasiado humano… ¡Ahí queda eso! ¡Imagínese la mujer provista de una andorga semejante! ¡La piel de gallina se me pone sólo de pensarlo! En virtud de lo cual, quedamos automáticamente relegados al segundo puesto del escalafonario (sic) limbo que ya dijeran Cela y su hermano, en cuanto a engendros y monstruosidades varias se refiere. Si mal no recuerdo creo que fue el mismísimo Aristóteles quien dijo que la naturaleza es demoníaca, y, aunque un servidor yerre en la supuesta identificación, quédese ad hoc apuntado de todos modos… ¡Y tan demoníaca! Así la voluntad, así la vida; así la naturaleza, así la mujer y, en consecuencia, así el hombre que, quieras que no, es hijo suyo; cuales apetitos, tales necesidades: la depravada cadena de mando no ofrece ninguna duda al respecto: de ahí la religión propiamente dicha, o sea el código de la sexualidad, el manual de la moralidad y el reglamento de la espiritualidad humana (el problema principalmente estriba en la magistral lección que, a propósito de apetitos inconexos, nos da el Doctor Honoris Causa, o séase Dios en persona (?), máxime cuando hay personas cabalmente independientes no pertenecientes a la grey catecúmena y que el propio Estado en potencia esclaviza de por vida con su empaque de tirano: la posible relación existente entre tales conceptos, Religión y Estado, tan sólo la dejo caer de soslayo, toda vez venteada a los cuatro vientos alisios, libre como el viento que pulula al libre albedrío).

    Schopenhauer, devueltas al meollo, pese a ser el agnóstico más capital del mundo, sin embargo enalteció y de qué manera el prístino sentido cristiano, el puro y secular sentimiento cristiano, el verdadero y original cometido cristiano, mas helo aquí, sea como fuere alongado, Schopenhauer alias el Advenedizo, por cuanto olvidó, entre los legajos de un cajón de sastre, el obligado pasaporte, el imprescindible adminículo y el bártulo más importante del viaje hacia el Mas Allá de la razón que, muy a diferencia de aquélla, en cambio se presume cuerda, cabal y límpida, a saber: “El pecado siempre conlleva la penitencia (y viceversa)”. Y quien quiera entender que entienda (ninguna obligación, como su propio nombre indica, al balance puede ser buena, buena de pelar, por muchos y muchos adeptos, fanáticos, creyentes, devotos, seguidores, maniáticos o sátrapas que grosso modo contenga en sus dolientes filas: la libertad espiritual, en efecto anida allende la religión, y más concretamente hablando, aquende el iracundo e inverecundo nacimiento de la religión propiamente dicha, esto tampoco lo dijo Nietzsche y el responso que viene a continuación, aún menos: así, pues, la religión, como quiera que se mire, es temor, miedo, pavor, ignorancia, desequilibro mental, atonía, ataxia, resentimiento, deseo, humanidad, amor, debilidad frente al sibilino y misterioso y trágico devenir de la vida, y, sobre todo, desconfianza ciega ante la prepotente voluntad de los demás congéneres humanos: ninguna Religión, al igual que los Estados, respeta la libertad de expresión, permite la libertad de pensamiento y tolera la libertad propiamente dicha, nunca, jamás: más claro, agua, a ser posible bendita, destilada, mineral, natural, etcétera: el Estado, la Iglesia y la Sociedad, ¡arsá pilili!, comoquiera forman piña de común acuerdo, la cuestión es protegerse de cualesquiera clases de teodiceas propiamente personificadas, como, por ejemplo: un inmune servidor cualquiera).

Devueltas al carnívoro y herbívoro y bípedo concurso Humano, cualquiera que instante nos viera en perspectiva, sin duda diría que nuestra existencia es lo más parecido a una incesante lucha contra el fastuoso fantasma de nuestra propia sombra… ¡Siempre en guerra allende los mares, salvando el fastuoso y nebuloso monte de las ánimas! (Bécquer).

Todo, absolutamente Todo lo relacionado con Dios, en principio clama al cielo, cuanto más que los tiempos de la nigromancia, la peste bubónica y el escorbuto, ya pasaron (crujía) de largo trajín, al menos entre las personas por supuesto coherentes. Atribuir a Dios –siendo una palabra previamente inventada por el ser humano– la majestuosa Creación del mundo todo, en efecto es tanto como suponer que la Tierra se acaba allende el horizonte. Quien columbre diferencias de alcurnia entre judíos, cristianos, islamistas, negros, esquimales, indios, prostitutas, homosexuales, albañiles, condes y marqueses, desde luego no sabe de la misa la media. Gasset, a todo esto, efectivamente tiene un ensayo-literario precioso en virtud del cual nos hablaba acerca de las mentes retrógradas, propias de otro tiempo ya lejano y remoto, propiamente pertenecientes a siglos pretéritos, cuya personificada y encarnada presencia, tan moderna y actual, cuan vigente y contemporánea, en efecto da, además de miedo, pánico y terror, mucho que pensar.

Para mayor honra de los fanáticos y para solaz de sus seguidores, todos acérrimos, presto volveré a repetir mis sabias y aleccionadoras palabras: yo creo que toda vida humana tiene derecho a vivir y morir dignamente, y el gachó que no lo crea así, ya sea clérigo, político o militar, a cuál peor de todos, perfectamente puede poner a su madre de culo al paredón y de cara al pelotón de fusilamiento, a ver qué tal le sienta la nueva consigna, y si eso no le basta, pues entonces, hasta yo estaría dispuesto a prestarles mi libro con el que más tarde encender una buena hoguera a fin de marcarnos todos una buena parrillada, yo me apunto al festín, aunque tenga que sentarme entre asesinos bienquistos que la Sociedad postula y vota de buen grado. La necedad humana es tan engreída, tan exorbitante y tan monumental, ante todo la necedad de índole filosófica, que a la sazón osa atreverse a desgranar incluso el Tiempo en sí, situándolo en medio de la consciencia, es decir, entre el espacio, la causalidad y la madre que parió al cordero de marras –¡aún no sabemos quién puñetas somos y ya andamos, toda vez llevados por nuestro envanecimiento infinito, dilucidando el tiempo en sí mismo!; al metafísico e insurrecto devenir del viento, ahí es nada la premática en ciernes, aún no hemos podido echarle el guante encima, pero todo se andará de hito en hito–. Luego es preciso sentenciar: La religión, junto a la Política, al igual que las drogas de diseño en la luna de Valencia o las nuevas enfermedades de laboratorio creado exprofeso, efectivamente han hecho verdaderos estragos entre la maltrecha Civilización y, consecuentemente, así nos va. Y todavía se atreve a decir algún que otro filósofo de aquéllos, que el ser humano es la más perfecta objetivación de la voluntad… ¡Cuál no sería mi estupor al descubrir que casi todos los libros en liza, de un modo u otro, terminarán engañándome, en tanto en cuanto sean escritos por locos, beocios y advenedizos varios, ora poetas, ora literatos, ora filósofos! ¡Libros aparentemente buenos, pero que hacen, según Quevedo, más locos que diestros, porque los más no los entienden! ¡Ahora te comprendo, Nietzsche, ahora se comprende tu religiosa exaltación del Hombre! ¡Dos personas cuento en lo que va de ayer a hoy, esto es: Schopenhauer y su sombra! La eviterna voluntad de la especie: ¡Voluntad, voluntad por doquier! La sempiterna demencia de la especie: ¡Demencia, demencia por doquier! Basta encender la TV para verla en todo su esplendor.

Cualquier inteligencia cabalmente venida a menos, siempre a favor del instinto, en virtud de la voluntad y a porfía de la razón, para nosotros los espíritus inmunes, es demencia, cuando no neurastenia, apoplejía o, en última instancia, presbicia, ya sea embrutecimiento, envilecimiento, sometimiento o alineamiento, también anillamiento, si bien no en desmedro del polifacético dedo anular o el amoratado tobillo mismo, cual esclavo en ergástula o canario federado, sino de la vida, el anillamiento de la vida, la sapiencia y el ideal, siquiera sea el brutal anillamiento de la sesera que ya no es cubil cognoscitivo, sino mazmorra a contraluz, así como galera que, a la deriva, a sotavento y a merced del instintivo viento, navega –y entiéndase bien– allende la realidad, aquende la libertad, es decir, entre fantasías y grilletes bien sujetos a los carcañares. En fin, agonismo barato, al más puro estilo Hemingway, Kafka o Nietzsche.

—¿Conclusión, fuera de la suprema estolidez humana, siempre rayana en indecencia de género?

—La conclusión, habida cuenta de males perentorios, es que la raza, en su fuero interno, efectivamente está compuesta por ingentes cantidades de fantasía y devoción: normal que la seriedad ande buscando un hueco disponible, siquiera sea ínfimo, donde poder alojarse sin ser perseguida con perros por el monte adelante.

El Mundo Griego, en calidad de fratría filosófica, ya puso en antecedente a todos los dolientes guardianes del amor, Estado, Iglesia y Sociedad, que no es amor platónico, ¡nada más lejos de la realidad!, sino egoísmo puro y duro, egoísmo en esencia, en puridad y en potencia. Lo demás, lo demás Ciencia Ficción, al igual que la metafísica de muchos, muchísimos filósofos en liza. Salvo unos pocos agraciados, todos parecen haber sido paridos por la misma madre.

Ningún terremoto, ningún volcán, ningún maremoto, al trasunto tiene tantas víctimas echadas a su espalda como el demencial ser humano: ¡Miles y miles de años a merced de asesinos practicando sus artes por doquier! ¡Gracias a Dios que somos Monárquicos, Democráticos y Cristianos, pues de lo contrario, desde luego tendríamos que limpiarnos, estropajo en mano, la conciencia, por de tanta sangre acumulada!

Otro día hablaremos más profundamente de Metafísica, tal como hizo Gasset y luenga compañía…, Compañía de Cabaret S.A.

 

Tan lejos venimos estando del brutal encantamiento general…

Que soñamos despiertos…

Mariposas de orden no visceral.

Abejorros de índole no venal. 

Y sembrados piélagos de coral.

 

”El hombre inmune”, artículo nº. 54.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

esplinmartinez

esplinmartinez

Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
0 Comment

Deja un comentario

Si continuas navegando en Alcantarilla Social estas aceptando el uso de cookies. Más información

Las opciones de cookie en este sitio web están configuradas para "permitir cookies" para ofrecerte una mejor experiéncia de navegación. Si sigues utilizando este sitio web sin cambiar tus opciones o haces clic en "Aceptar" estarás consintiendo las cookies de este sitio.

Cerrar

element.style { display: none; } template.css?ver=4.7.5:14802 img { display: none; vertical-align: middle; }