Una mirada introspectiva

Cuando el escritor enhorabuena escribe el críptico caletre de su prurito, mejor fuera decir el críptico prurito de su cariz hecho caletre, ora literario, ora filosófico, tal que así pasa el tiempo lo que se dice a toda pastilla, y el constante devenir de la vida, efectivamente corre que se las pela, al tiempo que los adolescentes, los muchachos y los hombres más necesitados, ya sea por defecto, por costumbre o por aburrimiento, entretanto hacen justamente lo contrario, todo lo contrario, o sea, viceversa, tampoco es preciso entrar en detalles repentinamente solventados ad hoc y muy a humo de pajas varias; es entonces cuando las horas se suceden muy deprisa, según lo livianas que resulten, y el día, San Harold Robbins, se marcha cuasi volando.

En efecto, fue “Una lápida para Danny Fisher”, la segunda novela que enhorabuena pude leer de pequeño, de chico, de niño; la primera vino a ser: “Miguel Strogoff”, San Julio Verne, con siete, diez o doce años de edad, siendo la opima consecuencia de un bonito regalo del colegio en el que por entonces militaba de viso, merced a un sorteo que, sobre tocarme, me alegró lo que no está escrito; y la tercera: “La respuesta está en el viento”, de Simmel, siendo una lectura ya considerada seria, propia de adultos que escriben como niños y para niños; después le llegó el turno al novelón “Los misterios de París”, de Sue, menos mal que por casa rondaban los numerosos libros de mi padre, q.e.p.d., amén, pues de lo contrario, yo creo que me hubiera resultado harto difícil descubrir el peliagudo significado de la palabra figón.

También he leído íntegramente, a diferencia de muchos, muchísimos españoles, “El quijote”, así como el “Werther”: acuérdome que ese día en concreto, no sé el porqué, ni tampoco el motivo o la causa que así o asá lo provocó, pero, a la verdad, me puse malo y conforme a ello anduve toda la santa noche yendo y volviendo del retrete, vulgo excusado, prácticamente no hice otra cosa que proveerme e irme por la pata abajo: tal era, pues, la colitis en ciernes que en sazón me descompuso las tripas y, por extensión, me desbarató el mismísimo esfínter, vulgo ano o, más concretamente hablando, el muy socorrido ojete del culo: se conoce que algo me cayó mal, sabe Dios lo que engullí aquel memorable día.

Igualmente tuve ocasión de leer en mis tiempos mozos “Ébano”, de Figueroa, éste (“ejemplar”) me lo prestó una antigua y rellenita novia que, por cierto, me dejó plantado sin haberle dado un solo beso: se conoce que la pobre se cansó de esperar algún que otro achuchón al uso: la verdad es que la muchacha me caía bien y la deseaba, mas, sin embargo, no me apetecía meterme en camisa de once varas, se conoce que tenía otras cosas en mente y así no hay manera de hacer lo que Dios manda, la voluntad requiere y el instinto necesita, después zascandileaba solo durante toda la santa noche y entonces sí hacía el animal tanto cuanto me venía en gana –todo en pos del riesgo, la imprudencia, el filo de la navaja, la temeridad, el peligro, la concentración, el límite, la búsqueda de uno mismo, la calma, el reencuentro, la técnica, la soltura, la personalidad en esencia, la más metafísica parte de nuestra vida, la soledad elevada a la enésima potencia, el viajar, durante años, sin rumbo, sin Norte ni destino, en absoluta soledad–: la inmadurez, por así decir, al fin y al cabo es lo que tiene: se diría que soy un inmaduro sin experiencia alguna; y conste que me callo la mitad de mi existir, medio monacal, medio sandinista.

Si bien es verdad que los libros llaman al lector y la lectura, a lo más tardar, conduce directamente a la escritura, sin embargo, la muy enrarecida calor que hace en el mundo entero, a juzgar por la perentoria menesterosidad del aire, no obstante me parece que pulula sobre la ingente superficie de las llamadas ideas platónicas, cabalmente impregnado con ligeras dosis de radioactividad nuclear en suspensión, fuera por mor de aquellos accidentes varios, cuando no, infestado de señales audiovisuales, radio, televisión y telefonía, por consiguiente, todos estamos más locos que una antena parabólica.

El escritor, muchas veces se piensa que está pescando truchas a bragas enjutas y, sin embargo, ¡qué huera cantidad de vida recorre el anodino grueso de su yerma existencia!, quizás filosófica, quizás literaria; de tal modo es así, que siente placer e incluso gusto, mientras sentado, tumbado, alongado, decide verla pasar, siempre de largo trajín: tan inmerso y tan profundamente metido en su labor adviene el escritor, que, a la sazón, le nace en lo más hondo del alma, quién sabe si a modo de condena, un esplín indeterminado y, conforme a todo ello, se conoce que vive, mas nunca siente nada, ni tampoco aspira a nada, así que no hace nada de nada, excepto mirar las musarañas, buscar la inspiración, pensar, preconizar, elucubrar, barruntar la frase, la idea, la dicción que, de inmediato, habrá de convertirse en fiable y muy lucubrada palabra maestra: cualquiera diría que se trata de un impresionante alivio existencial que las veces se sostiene merced al inmenso atavío del mundo: ése inmenso andrajo que no cesa de embaucarle siempre al socaire de su traicionera condición.

Y, sin embargo, para ser mucho más sincero todavía, asimismo opina que no hay mayor gozo en la vida que el fútil acto de ir consumiéndola poco a poco, a ser posible despacio y siempre holgadamente, la cuestión no es otra que dejarla pasar de grado, que decía Platón, principalmente para poder dispararle a la vuelta (Cela) y, ante todo, para que no vuelva a repetirse nunca, jamás, siempre y cuando pueda el escritor seguir haciendo su marcha tan ricamente, de por siempre escribiendo todo aquel menester que instante fue columbrado desde los más remotos confines de la chilondra yo diría limpia de polvo y paja y quién sabe si ordenada incluso: más infeliz desde luego no puedo ser, perdón, no puede ser. De ahí que los placeres terrenales le resulten ilusos, un sí es no es apocados, cuando menos flojos y las más veces un tantico vulgares (salvo el gozo de la naturaleza, la música, el acto de leer, la sana alimentación y el deporte bien entendido), de suerte que los demás placeres en liza, o sea, casi todos, por lo pronto se le antojan inverosímiles, así perversos como viciados, juraría que le causan tedio, grima y, algunas veces, incluso animadversión. El amor también aburre sobremanera.

Y por mor de todo esto, precisamente escribo mi vernácula entonación, a veces meliflua, a veces estridente; es entonces cuando devengo feliz, parcialmente evadido, sobremodo concentrado en la persistente actitud que instante me domina de valiente, casi siempre aposentada sobre el cuyo de mi más cautiva voluntad visiblemente renegada, angustiada, alicaída, abúlica, de bote en bote atacada por de imborrable, imperecedera y eviterna atención exclusivamente social, ¡qué clase de alcurnia tan sumamente humana se divisa no a lo lejos, sino en lontananza!, ¡qué pulso tan vital se columbra no en el aire leve de Shakespeare, sino en volandas!, ¡qué cantidad de tiempo perdido he podido, he logrado, he conseguido disfrutar a todo pasto, hasta el punto de poder permitirme gozar sobremanera explícita, usufructuar sobremodo indicado! Que me cuelguen del más perínclito palo mayor si miento, que me zurzan si no digo la verdad, que me den una buena somanta de palos si con todo bien sopeso me atreviera a insinuar que la vida es corta, efímera y fugaz, toda vez llevada en absoluta soledad. Góngora, a todo esto, nos dijo requetebién dicho:

 

…mal te perdonarán a ti las horas:

las horas, que royendo están los días,

los días, que royendo están los años.

 

Tal como escritor de la verdad que uno mismo preconiza en su fuero interno, por de pronto sé que no soy, ni de lejos, la mojigata voz de la conciencia colectiva, esto está claro, mas en compensación me satisface gratamente el no sentirme cual si fuese un periodista a punto de firmar su particular homilía religiosa-política-social que no es informativa, sino habladuría de índole amarilla. La última puñalada en ciernes, de veras que ha sido sin querer, cuasi un acto reflejo antes bien provocado por los hipócritas efluvios de la razón que comoquiera pulula sobre el país y aun por encima del mundo entero, ora periodística, ora cantamañanas, ora veleta; así que no sé escribir de ninguna otra manera, luego es laudable, pero que muy laudable lo que hay aquende los precarios muros de este escritorio, unas veces impúdico, otras bienintencionado y estrepitoso.

—¿Qué se puede esperar de un país, aparentemente democrático, en donde la gentuza más corrupta aparece en televisión cual si fuesen estrellas cinematográficas, un país en donde los mayores casos de corrupción, no obstante sus estrechas y convecinas demarcaciones, efectivamente son destapados por una serie de periódicos al uso corriente y moliente; un país en donde la juarda efectivamente aflora gracias al periodismo de investigación; un país en donde el periodismo de marras tajo parejo descubre y vive de la incesante degeneración política; un país en donde la Agencia Tributaria se atreve a conceder amnistías fiscales a los mayores bribones de la nación; un país en donde los Jueces honrados y decentes y justos, son consecuentemente destituidos de su cargo, un país en donde la Justicia no existe como tal?

—Con su permiso, yo mismo le contesto: nada bueno, nada bueno se puede esperar de un país semejante, y digo país por no decir otra cosa a todas luces distinta, siquiera sea por no repetirme demasiado, fuera mencionando términos hasta la saciedad, como, por ejemplo: zahúrda, zoológico, zarzal, zalamera, zopenco, zanguango, zarrapastroso, zoquete, zarabanda, zorrupia, Zarathustra, Zotal vertido a granel…

—En los países no muy dados a pensar y muy poco acostumbrados a la lectura, suelen pasar cosas extrañas, extravagantes y muy en diente de sierra, punto menos que sibilinas, así como milagros, apariciones y repentinas desapariciones varias, entre las últimas, váyanse de soslayo: la clase, la elegancia y la integridad.

—Debe ser mismamente porque leen los libros más recomendados del foro, llámese azogue, cámara o concurso, nunca ágora, y así no hay manera de aprender nada verdaderamente valioso, a lo sumo digno: antes al contrario entontecen, reblandecen y aborregan al personal, así la televisión, el cine y el Alma Máter.

—Esos tres daguerrotipos que usted menciona, en mi opinión ya pasaron a la Historia, usted está chapado a la antigua, cual si fuese un rosario de azulejos pintados a mano, ahora el marchamo que más impera es la Red  Empírica, a modo de Nuevo Orden Mundial, o sea, la embrutecedora oficial, la trabucadora de la alelada conciencia colectiva y la gran trocadora de voluntades ajenas, quitándole el puesto del escalafón a la mujer por antonomasia, en calidad de Sor Voluntad que todo hombre común ansía bendecir (bien mirado el mundo, se diría que es todo sexualidad); de todos modos, yo creo que el político de marras, en su periplo existencial, en efecto se guía por las encuestas televisivas, por la inmunda clase de televisión que el personal rumia, fagocita y digiere todos los santos días de su vida, durante toda su vida. Ya lo dijo el hombre inmune: fantasía y devoción a espuertas…

—¡Lástima no haber nacido zangolotino perdido!, la cantidad de quebraderos de cabeza que me hubiera ahorrado, ¡cuán feliz sería ahora mismo, en nuestra España ya invertebrada a cercén!

 

”El lirón de las ánimas”, artículo nº. 26.

© José Javier Martínez Rodríguez.

 

esplinmartinez

esplinmartinez

Escritor, filósofo de la vida, soltero, solitario, desempleado, ciclista BTT, ecológico, asqueado hasta la so-saciedad.
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