Perdone Padre, pero usted ha pecado

Uno de las acciones más aberrantes que puede cometer un adulto es el abuso sexual a un menor. No ya porque en prácticamente todos los países del mundo sea considerado un delito sino que además conlleva una carga de daño físico y emocional en la víctima, cuyas secuelas perduran en el tiempo, a veces para toda la vida. Los niños, ven en el adulto a la persona que les cuida y les protege y el abuso rompe la imagen que tienen y se trastoca su mundo, porque dejan de tener un referente donde apoyarse para su desarrollo vital para sentir miedo de forma permanente. ¿Por qué? Pues básicamente porque el niño, al no tener desarrollados todos los recursos psicológicos que precisa para enfrentarse a los diversos problemas que el abuso le ocasiona, puede reaccionar de distintas formas, desde el aislamiento hasta el comportamiento violento o la conducta disruptiva.
curaLos estudios realizados por psicólogos, psiquiatras y médicos en general sobre los efectos en el tiempo de los abusos sexuales en la infancia, muestran atroces cambios en la personalidad que se mantienen hasta la edad adulta y cuyas secuelas se traducen en severos problemas de relación, de baja autoestima, abuso del alcohol o las drogas, violencia familiar o una deficiente actitud hacia las relaciones sexuales posteriores. Sencillamente un niño víctima de abuso sexual no será nunca la persona que hubiera estado predestinada a ser, ya que el hecho en sí, destruirá su personalidad de origen y vivirá una vida completamente distinta de la esperada. Definitivamente será difícil que se sienta una persona feliz o satisfecha de sí misma.

En las últimas décadas, hemos sido testigos de cómo varios miles de hombres y mujeres han denunciado multitud de abusos sexuales por parte de miembros de la iglesia católica o de personas relacionadas con ellos como maestros de escuelas religiosas. Sin embargo, aunque los datos son escalofriantes y no pueden dejar indiferente a nadie que tenga dos dedos de frente, la mayoría de los abusadores son encubiertos por la propia institución para minimizar los daños que tales fechorías puedan causar a las distintas órdenes. Irlanda, España, Italia o EEUU, donde la comunidad católica es muy numerosa debido a los emigrantes europeos, revientan las estadísticas de los abusos a menores en centros religiosos o colegios.

abusoLa iglesia, durante mucho tiempo, siglos incluso, apoyada y subvencionada por los gobiernos de los países tradicionalmente católicos, ha sido la encargada no solo de la educación de los menores sino que también organizaban y gestionaban una parte de la asistencia social, como los orfanatos o instituciones para “chicas descarriadas” como a ellos les ha gustado siempre denominarlas. En dichos centros los niños y las niñas, estaban literalmente en las manos de montones de desalmados que aprovechándose de la especial vulnerabilidad de los jóvenes, cometían todo tipo de abusos, violencias y desmanes con el beneplácito de los superiores religiosos y las instituciones gubernamentales. Miles de niños de todo el mundo han crecido sabiendo que en cualquier momento un cura o un obispo iba a hacer con ellos todo aquello que su sádica y despiadada mente pudiera imaginar.

La especial relación que la iglesia católica mantiene con la cúpula del poder de los países católicos ha sido el caldo de cultivo para que los más depravados sacerdotes saciaran el apetito sexual con unos niños, que llevarán grabado a fuego en su cerebro los daños físicos y psicológicos para el resto de su vida.

Obispos encubridores, que cambiaban al sacerdote de turno de parroquia como si eso fuera a disuadirle para seguir cometiendo uno de los delitos más terribles. Declaraciones de altos mandos de la secta donde se llega a culpar al menor de que el sacerdote le viole o le obligue a realizarle cualquier vicio sexual oculto. Acusar a niños de doce o trece años de “provocar” al pobre cura que no le queda otra opción que sucumbir a la tentación y violar al niño. Pederastia llevada hasta sus más horribles consecuencias.

¿Por qué no se han juzgado, castigado y condenado todos esos delitos, todos esos abusos cometidos durante tantísimos años? ¿Por qué se ha permitido y se permite el encubrimiento y la ocultación de tamaño descalabro social? Pues sencillamente porque la iglesia sigue siendo en pleno siglo XXI una de las instituciones con más calado social y más protección gubernamental.

Esta misma semana hemos asistido a la farsa de juicio a un sacerdote que estuvo durante años obligando a una monaguilla de 10 años, a realizarle felaciones, a soportar violaciones por parte del cura, que confesando tranquilamente su crimen, ha visto reducida la petición de condena por parte de la fiscalía de 42 a 6 años. ¡6 años! La joven que hoy tiene 29 años, ha contemplado como el fiscal de Palma de Mallorca, reducía la petición de condena para el exsacerdote, ya que la iglesia le había expulsado (como si eso fuera una condena, hay que joderse) cuando ella lleva soportando un dolor inenarrable durante los últimos 19 años de su vida. El arrepentimiento no es suficiente para cubrir el daño causado. Tal y como está la justicia en este país, no creo que pase más de dos años en prisión y a vivir que son dos días.
Cuando la justicia ordinaria juzgan este tipo de delitos, han de garantizar un juicio justo al acusado. El problema radica en que tanto fiscales como jueces no le dan al crimen la importancia vital que supone. Un asesinato, es una burrada incomprensible, pero el abuso tiene una magnitud tan enorme en la víctima que es como si nunca se acabase de sufrir, siempre queda algo.

El endurecimiento de las penas, el aislamiento social y sobre todo la contundencia con la que la institución eclesiástica debería encarar este problema sería un primer paso para que las víctimas se vieran, al menos, arropadas por una sociedad que cuida más de su agresor que de ellos. Ningún país debería permitir que fuese la propia iglesia la que se ocupase del tema. Sean sacerdotes o no, son hombres que cometen un delito y como tal deben ser juzgados. Y los códigos penales deben ser modificados para que las penas por este tipo de crímenes se juzguen teniendo en cuenta las secuelas que las personas que ha vivido algo tan terrible, mantienen a lo largo de sus vidas.

Hace tiempo escribí un artículo sobre el poder de la iglesia con respecto a los gobiernos de derechas. Como era uno de los pilares donde tradicionalmente se sujetaban. Sin embargo, en cuanto al tema de los abusos y su publicidad y escarmiento social, no hay ninguna diferencia sea del color que sea el gobierno de turno. Gobiernos de tinte izquierdista siguen haciendo la vista gorda sobre una lacra social de magnitudes desproporcionadas, solo porque no hay suficiente valor como para parar los pies a una secta que de alguna manera sigue sujetando las riendas de la sociedad donde viven. La única posibilidad de acabar con este terrible hecho que ha afectado a miles de niños y niñas y que sigue ocurriendo sistemáticamente, es tratarlo como un crimen social. Impedir que la iglesia proteja a sus sacerdotes. Obligar a la institución a someterse a los poderes civiles.

El primer paso sería la condena firme por parte de la justicia civil y de los poderes públicos de las aberraciones que muchos jefes de la iglesia sueltan por la boca. Homófobos, misóginos, antisociales, tercermundistas y sobre todo dañinos. Definitivamente la fe o las creencias de un sector de la sociedad no les otorga el derecho a soltar exabruptos como los que todos los días se leen en la prensa. Cardenales y obispos defienden con sus acusaciones a los suyos para justificar algo que no solo es injustificable sino que si de verdad existiera ese dios del que se creen portavoces, los aniquilaría con una sola mirada. Si su dios quiere gentuza así entre sus fieles servidores es que no merece que nadie en su sano juicio, crea en él.

belentejuelas

Me gusta ser diferente. Feminista, atea, de izquierdas. Baloncesto. Autora de "El Espejo"
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