Yo, celula

El cuerpo humano es un sistema muy complejo y sorprendente. No ya porque sea el nuestro, el de la especie más evolucionada, al menos intelectualmente, con todo lo que eso supone, sino porque contemplado más de cerca consiste en una serie de colonias de seres vivos que habitan entornos similares en general, pero con notables peculiaridades que los hacen a la vez muy distintos entre sí. Esos seres vivos podrían dividirse entre los foráneos, los llegados de fuera, que se instalaron, lograron ser admitidos por los locales, y se adaptaron sin perder por ello su naturaleza original, y los autóctonos del lugar, como si dijéramos, que “siempre” estuvieron aquí (y entrecomillo el adverbio porque si uno rasca en el pasado de esas criaturas descubrirá con sorpresa que todas ellas fueron en su tiempo, o bien foráneos, o bien variantes de los autóctonos).

A nosotros, como individuos humanos, nos resulta casi imposible imaginar la vida individual de uno solo de esos millones y millones de seres que nos conforman; simplemente vivimos nuestra vida relacionándonos con nuestro entorno natural y social, cuyas acciones y consecuencias podemos percibir normalmente con nuestros sentidos, y sobre los cuales desde antes incluso del parto nos vamos formando una idea, un concepto.

De entre esos conceptos en los que se basa nuestra vida consciente está el transcurso del tiempo, que medimos, como todo lo demás, acorde a nuestro ser perceptible. Así, tras casi medio siglo de existencia, yo por ejemplo advierto que mi cuerpo ha sufrido cambios destacables a lo largo de mi vida, pero considero, erróneamente, que siempre ha sido el mismo, desde antes incluso de nacer. Y a pesar de toda mi capacidad de abstracción sigo sin ser capaz de imaginar cuántos millones de seres microscópicos han nacido y muerto en cada uno de mis miembros, o de mis órganos, o de mis tejidos, soy tan ajeno a su estrés, sus trabajos y sus sufrimientos como lo soy, por más empatía que crea sentir, a los sufrimientos, esfuerzos y estrés de un anónimo habitante humilde del lejano Bangladesh; tan ajeno como lo soy a las de cientos o miles de generaciones que se han ido sucediendo en mi organismo a lo largo de estos casi cincuenta años.

No obstante el sentimiento es recíproco: ni las células que conforman mis tejidos ni los demás microorganismos que interactúan con ellas, ya sea colaborando, ya atacándolas, si tuvieran consciencia del lugar donde viven así como de su propio ser, inmersas en su estresante cotidianidad,  podrían concebir que su cambiante mundo forma parte de un sistema de tal inmensidad y complejidad que les lleva años generar cambios perceptibles, salvo quizá por una leve alteración de forma o de color en las capas más superficiales, así de la piel como de los otros tejidos visibles desde fuera.

De ser conscientes como nosotros, seguramente en su lucha constante se preguntarían cuándo van a lograr habitar un entorno más estable y seguro, que les permita sobrevivir más tiempo sin necesidad de esforzarse tanto a cada instante por cumplir con la función social que se les ha asignado, sin darse cuenta de que, como decía, el entorno que conforman juntamente con el resto de microorganismos goza de una estabilidad que garantiza la existencia durante décadas del complejo mecanismo del que forman parte.

Nosotros, los seres humanos, habitamos entornos sociales en los que nosotros mismos establecemos las normas de funcionamiento y, de una forma más o menos indirecta, configuramos el papel social que se le asigna a cada individuo; somos capaces de modificar nuestro entorno natural en tal grado que hemos consensuado llamarlos “entornos artificiales” por más que estén creados a partir de materias primas perfectamente naturales a las que sometemos a procesos físicos y químicos que invariablemente respetan las leyes naturales. Y no obstante, de la misma forma que las pequeñas células agobiadas con su día a día, suspiramos en los momentos de descanso pensando cuándo lograremos introducir cambios en tal o cual legislación o tal o cual manera de gestionar las cosas de forma que la vida sea más justa, que seamos más solidarios y felices, y que al mismo tiempo se reduzcan nuestros esfuerzos por superar las dificultades diarias.

Sumidos en nuestras pequeñas batallas personales, no somos conscientes de la enorme cantidad de cambios que se han ido introduciendo a lo largo de la historia en el cuerpo social, esto es, en los diferentes tipos de comunidades y en las distintas épocas que han sido testigo de nuestros logros y fracasos. Como diminutas células laboramos incapaces de ver más allá de nuestras despreciables vidas, de nuestro fugaz tiempo. Cada día nos parece igual al anterior en una sucesión que se nos antoja inacabable, salvo por el hecho de ver cómo se nos va pasando la vida, pero generalmente sin cambios significativos en la sociedad, o al menos en sus fundamentos, sujeta siempre a los mismos dolores, a los mismos cansancios y a las mismas injusticias.

Deberíamos detenernos a reflexionar, en primer lugar, para asegurarnos de que cada cual funciona de manera óptima en relación a los demás, y para permitir que toda célula, sea de aquí o venga de fuera, tenga asignado un papel social activo que aporte algo positivo; y en segundo lugar, para reunir fe en la eficacia de nuestro trabajo, en la cantidad necesaria y acorde a nuestras capacidades. Aunque todo ello sin abandonar nunca la vigilancia, con el fin de evitar que un grupo de células mal encaradas, simulando ser células normales ataquen y lesionen un órgano, sea importante o no; y da igual si vienen de fuera o si son de aquí, hay que ser riguroso igualmente con cualquiera que pretenda envenenar nuestro entorno, sabotear infraestructuras, o corromper equipos o células individuales.

Sinelo1968

Sinelo1968

Fan del conocimiento y de la belleza; y de la belleza del conocimiento, y del conocimiento de la belleza. Ya sabes de lo que carezco.
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